Morelia, Mich. a 17 de febrero de 2008

 

Palabra del Obispo:
San Hipólito

POCO SE SABE DE LA VIDA DE SAN HIPÓLITO. NACIÓ POR EL AÑO 180 y murió Mártir en Roma en el 235. Él recogió muchas normas antiguas de la Iglesia que se pasaban de viva voz y las puso en orden en una obra llamada “Tradición apostólica”. En relación con el tema de la Eucaristía, tiene algunas referencias interesantes.

Según este valioso testimonio, la liturgia iniciaba desde entonces con la celebración de la Palabra, a la que seguía el saludo de la paz. Posteriormente se presentaban los dones por parte del Diácono al Obispo, y éste, junto con todo el Clero, imponía las manos sobre ellos y pronunciaba las palabras consecratorias, tomadas del relato evangélico de la institución en la Última Cena.

Vemos pues que ya se delinea perfectamente la estructura de la Misa que conservamos hasta ahora. Se distinguía también claramente la presidencia del Obispo, “elegido para desempeñar la primacía sacerdotal”, del ministerio de los Diáconos que lo asisten y de la participación de los Presbíteros.

Se daba pues desde el principio la Concelebración Eucarística que después durante mucho tiempo no se acostumbró y que vino a restaurar el Concilio Vaticano II. En la concelebración se manifiesta el orden jerárquico de los ministerios y la comunión de la Iglesia en torno a la Eucaristía.

Nos transmite San Hipólito el diálogo introductorio de la plegaria central que se conserva hasta hoy: “El Señor esté con ustedes... Levantemos el corazón... Demos gracias al Señor Nuestro Dios...”, y sigue con el prefacio. Se da mucha importancia a la respuesta que han de decir los fieles al recibir la Comunión, cuando “el Obispo mostrando a los fieles cada uno de los fragmentos dice Pan del cielo en Cristo Jesús, el que lo recibe diga Amén”.

Se nos habla ya de la reserva de las especies eucarísticas que hay que guardar con sumo cuidado, pues “es el Cuerpo de Cristo destinado a ser comido por los fieles y no a ser menospreciado”. Igualmente se hace alusión al ayuno eucarístico: “Cada uno de los fieles tenga cuidado de recibir la Eucaristía antes de comer algún otro alimento”.

Algo muy hermoso es lo que afirma acerca del “cumplimiento de la promesa hecha a nuestros padres, según la cual, la tierra manaría leche y miel. Según esta promesa, también dio Cristo su Carne, con la cual se nutren los pequeños que creen, endulzando las amarguras del corazón con la suavidad de su Palabras”. Y de gran importancia es la advertencia final: “Una vez que todo hubiese concluido, cada uno apresúrese a hacer obras buenas”.


+ Alberto Suárez Inda
Arzobispo de Morelia


 

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