Celaya, Guanajuato, 14 de febrero de 2008


Misión específica del laico

Todos los documentos del Magisterio de la Iglesia católica, desde el Concilio Vaticano II, hasta el documento de Aparecida, fruto de una experiencia intensa de oración y reflexión por parte de los obispos latinoamericanos, han abordado el tema de la misión específica del laico en la Iglesia y en el mundo. A la par, y para evitar confusiones innecesarias, se ha dejado claro el papel del ministro ordenado, tema que se ha profundizado al hablar sobre la identidad sacerdotal. Laicos y presbíteros están en la misma Iglesia, participan de la misión encomendada por Jesús a sus discípulos pero en diferentes niveles dependiendo la vocación propia de cada quien.

Leemos en la Constitución sobre la Iglesia que refiriéndose a los laicos afirma: “A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios...En el mundo los laicos están llamados por Dios para que, desempeñando la propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento” (L.G.31). Por su parte, el documento de Aparecida reconoce que “el ámbito propio de la actividad evangelizadora del laico es el mismo mundo vasto y complejo de la política, de la realidad social y de la economía...”(Aparecida 210)

Por lo que corresponde al sacerdote, éste ha sido ungido por la imposición de las manos del obispo en el sacramento del orden por el que recibe la gracia especial de Jesús de ser configurado con El y le confiere el poder de representarlo como cabeza de la comunidad, prolongando su presencia salvadora a través del triple ministerio de la predicación, de la santificación y del servicio pastoral a todos, especialmente a los más necesitados. El presbítero, a imagen del Buen Pastor, está llamado a ser el hombre de la misericordia y de la compasión.

He querido traer a colación estos principios doctrinales en virtud de que la Revista española Nueva Vida, fundada y dirigida por reconocido escritor José Luis Martín Descalzo, en su edición del 19 de enero da a conocer un interesante reportaje de la actividad de un sacerdote salesiano, Jean Marie Petitclerec, que ha sido invitado por la ministra francesa Cristine Bouton, del ministerio de la Vivienda y de la Ciudad, con el fin de colaborar con ella como su asesor en este campo. Su elección surgió porque al sacerdote se le reconoció la labor que desarrolló por vario años en la periferia de París. Es el mismo sacerdote, hijo de Don Bosco, quien informa que su respuesta positiva la tomó después de un serio discernimiento y después haber solicitado el permiso a sus respectivos superiores, incluido el obispo.

Esta noticia no puede pasar desapercibida por novedosa e inédita; son excepcionales los casos que se han conocido hasta el día de hoy porque la Iglesia, y a modo de excepción, concede este permiso a un ministro ordenado cuando se trata de casos de extrema necesidad y en donde la caridad evangélica así lo exige dadas las circunstancias del momento, pero con la condición de que una vez superada la emergencia, el cargo político pase de nueva cuenta a quien corresponde, es decir, al laico. Es evidente que la Iglesia otorgó la autorización al padre Jean Marie porque ponderó los motivos de caridad que encerraba la solicitud.

Personalmente me llama la atención que este caso suceda en Francia, la cuna del laicismo liberal y jacobino, precisamente aquel en el que se han inspirado muchos de nuestros pensadores y políticos que en nombre de la laicidad del Estado toman actitudes intolerantes para con todo aquello que sabe a religión y, más en concreto, para con la Iglesia católica. Hemos sido testigos de las veces que los defensores de la laicidad del Estado han reaccionado con virulencia contra las posiciones de la Iglesia con respecto a la propuesta de su doctrina. Ahora en México, no faltan quienes por asegurar la absoluta laicidad del Estado llegan, incluso, a decisiones ridículas como la que tuve que sufrir un día cuando un político impidió que tuviera acercamiento con todo un Cabildo alegando que mi entrada física al lugar de sus reuniones causaría un grave falta a la sagrada laicidad consignada en la Constitución Política. Después de lo acontecido en aquel día me he seguido preguntando de qué lado está la intolerancia.

El padre Jean Marie continúa su labor de asesor y al ser interrogado sobre su presencia en el campo laico dio la siguiente respuesta que transcribo tal cual: Hay dos acepciones del término laicidad. La política, que existe donde el Estado garantiza la libertad de expresión y la práctica religiosa, que es la verdadera laicidad republicana, y la que tiene que ver con el término “laicismo” que rechaza la posibilidad de que se haga cualquier mención referente a la convicción religiosa o a su práctica en las instituciones”. Sabias palabras que reflejan el cambio que se está dando en un país que sirvió de inspiración para arraigar el laicismo recalcitrante como el nos ha tocado vivir en nuestro País. ¿Hasta cuando viviremos así creyendo que toda presencia de Iglesia es una amenaza para el Estado y peor aún cuando se vive en la falsa idea que la Iglesia jerárquica pretende apoderarse del poder civil? ¿Cuándo llegará el día en que la Iglesia goce de la libertad necesaria para llevar adelante su misión evangelizadora sin el riesgo de ser arrinconada en las sacristías de los templos?

Estoy cierto de que el cargo que desempeña el padre Jean Marie en Francia pronto podrá y deberá pasar a las manos de un laico competente para ejercer la función que se le ha encomendado. Mientras llega el momento, su caso en particular a mí me ha dejado la siguiente lección: urge revisar la historia sin prejuicios pero, en especial, es más apremiante descubrir las riquezas de la verdadera laicidad. Ya llegó la hora de abandonar el laicismo a ultranza y oscurantista. Nos permitiría crecer en la democracia.

+Lázaro Pérez Jiménez
Obispo de Celaya

 

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