Celaya, Guanajuato, 27 de febrero de 2008


Opción radical por los pobres

Quiero confesar, de entrada, mi admiración, respeto y cariño por los sacerdotes de la Compañía de Jesús conocidos en todo el mundo con el nombre de jesuitas. Muchos obispos y presbíteros tuvimos el honor y la gracia de haber sido formados por ellos sea en lo intelectual, como en nuestro desarrollo integral camino al sacerdocio. A los jesuitas se les mira trabajando por la construcción del Reino de Dios en diferentes tareas y ministerios; lo mismo en universidades prestigiadas por su alta calidad académica, como insertos en centros de trabajo con obreros como, también, en territorios de misión con los indígenas que llevan el rostro de la pobreza y la marginación. Toda la variedad de actividades apostólicas les es permitida por la sencillez de su carisma, “buscar en todo la gloria de Dios”.

De todos son conocidos los ejercicios espirituales que, no obstante la variedad de experiencias en la actualidad, es un hecho histórico que quien recibió de Dios la iluminación y la inspiración para echarlos a andar fue S. Ignacio de Loyola. Quizá sea ésta la mayor aportación que el santo ha dejado a todos pero, en especial, a quienes con sinceridad buscan hacer la voluntad divina y someterse a ella conscientes de que sólo sintonizando con lo que Dios pide se encuentra el camino de la plena realización integral. La experiencia de los Ejercicios, en mi vivencia personal, me han ayudado a purificar el alma y a descubrir la inmensa riqueza del discernimiento, es decir, de la gracia de descubrir la voluntad de Dios en mi vida.

¡Cuántas personas han vivido el encuentro personal con Cristo vivo en una tanda de Ejercicios espirituales asumidos, como debe ser, en un clima de silencio y oración! ¡Cuántas vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada, a la vida laical comprometida con la comunidad cristiana emergieron de estos momentos de gracia que aparecen a cada instante durante los Ejercicios! Si los santos del cielo pudieran hablar, muchos de ellos confesarían que todo el sendero de la santidad hacia donde el Señor los llevó tuvo su origen en la vivencia de unos Ejercicios espirituales.

Hoy hay que reconocer que la Iglesia católica, iluminada y guiada por el Espíritu Santo ha discernido los signos de los tiempos para encontrar la voluntad de su Señor y ha tenido que reconocer que, de cara al evangelio, no puede cumplir la misión a ella encomendada si olvida el amor preferencial y su compromiso de servir en todo a los más pobres. Esto ha aparecido con más fuerza en la V Conferencia Latinoamericana celebrada el mes de mayo del año pasado. La Iglesia de nuestro Continente renovó el compromiso de estar con ellos y apreciar su cultura y valores. Quien se dice cristiano católico practicante y no sabe encontrar el rostro de Jesucristo en los marginados vive una fe inmadura. Quien recibe a Jesús Eucaristía, está obligado a servirlo en los miembros más débiles del Cuerpo Místico.

¿Por qué he mencionado a los jesuitas? ¿Acaso serán los únicos en vivir la pobreza y estar comprometidos con los pobres? De ninguna manera; contamos con innumerables ejemplos de personas, incluso gente sencilla, que en la opción por los pobres han encontrado el sendero de felicidad. No es preciso poner como ejemplo a Madre Teresa de Calcuta para saber que existe la caridad para con los excluidos. Hay que reconocer que su testimonio ha venido a reforzar la vocación de quienes han decidido servir a Jesús en los marginados. Y son multitud.

Si hablo de los jesuitas es porque recientemente me enteré que quienes están en la etapa de formación en el noviciado, tienen el deber de suspender por un tiempo el proceso para trabajar insertos en lo que ellos llaman los “campos de frontera”. ¿Y qué hacen? Se les pide la experiencia del emigrante, es decir, ser verdaderamente emigrantes. Tienen que caminar sin recursos hacia los Estados Unidos y experimentar en carne propia los sufrimientos y pruebas de quienes por la extrema necesidad se ven obligados a dejar su tierra y familia en busca de un bienestar que sus países les negaron.

A esta experiencia hay que mirarla con admiración. Estos jóvenes jesuitas que arriesgan todo, no sólo trabajan con los emigrantes; se vuelven emigrantes para sentir la pobreza y la marginación de los Cristos presentes en una sociedad que vive como si éstos no existieran. Así se vive la opción radical por los pobres.

+Lázaro Pérez Jiménez
Obispo de Celaya

 

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