Morelia, Mich. 13 de julio de 2008

 

Palabra del Obispo:
Necesitamos a María para que la Iglesia sea escuela de comunión

Una vez más, el Señor nos concede congregarnos como Presbiterio en esta Basílica de María Inmaculada de la Salud. Estamos acompañados por tantos peregrinos que han llegado de las Parroquias de la Arquidiócesis y de otros lugares. Disfrutamos de la hospitalidad de esta ciudad de Pátzcuaro, antigua cabecera del Obispado, lugar entrañable en donde se ha quedado –al decir de Mons. José Ignacio Árciga– el corazón de la Arquidiócesis.

Venimos con alegría y confianza a contemplar y a venerar a Nuestra Señora en esta bellísima imagen que nos legó el Siervo de Dios Tata Vasco. Y en esta pausa de meditación consideremos lo que nos sugiere el Evangelio de las Bodas de Caná que se ha proclamado.

Comienza el relato diciendo que “la Madre de Jesús estaba allí”. Es muy significativa su presencia en esa ocasión. Y llama la atención que en lugar de mencionar su nombre, San Juan se refiera a Ella con el título de la Madre. Donde está María, hay calor de hogar, palpita un corazón que ama y que sufre, sentimos que estamos en casa, vivimos la comunión.

Para que la Iglesia sea “casa y escuela de comunión”, la necesitamos a Ella. Siendo Madre, es también educadora, nos enseña a ser verdaderos discípulos, nos toma de la mano para que aprendamos a caminar con Jesús y a formar una familia.

Continúa el Evangelista afirmando que “Jesús también fue invitado con sus discípulos”. La Madre y el Hijo son inseparables, desde el nacimiento hasta la muerte los encontramos juntos. Aunque en un momento Jesús deja Nazareth para recorrer los caminos de Galilea y para dirigirse a Jesusalén, siempre la tendrá presente en su predicación al ponerla como modelo de fe y obediencia: “Bienaventurados los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen”; las mismas Bienaventuranzas no son más que el retrato hablado del alma de María.

Pero volvamos a Caná. “Como faltaba vino, la Madre de Jesús le dijo: ‘Ya no tienen vino’”. Es Ella la persona siempre atenta y delicada que descubre las necesidades. No se trataba de algo secundario; en una fiesta de bodas, el vino para aquella gente era muy importante. Pero más que la materialidad del vino, en la mentalidad judía “un festín con platillos suculentos y un banquete con vinos exquisitos” (Is 25, 6) era el símbolo y la profecía de la llegada del Salvador.

Cuando Jesús le responde a María: “No ha llegado mi hora”, claramente alude a su manifestación como Mesías, cuando se establezca la nueva y eterna Alianza por el vino de su Sangre derramada.

Hoy que estamos aquí, bajo la mirada de María, Ella descubre y conoce nuestras carencias, sabe lo que verdaderamente nos hace falta. En los hogares, más que la pobreza material que está tan extendida --y llega a ser muchas veces pobreza extrema--, cuánta miseria moral y espiritual encontramos: faltas de amor y de fidelidad, faltas de respeto y en el fondo ausencia de fe y de temor de Dios.

En nuestras Parroquias y en nuestra Diócesis, ¡cuántas deficiencias tenemos!; debemos confesar con humildad que necesitamos ardor apostólico, que nuestra fe, esperanza y caridad son muy débiles.

Y como Sacerdotes y personas consagradas, ¡qué lejos estamos del ideal de santidad al que hemos sido llamados!

Madre y Señora Nuestra, dile a tu Hijo todo lo que Tú sabes que necesitamos. Estamos seguros de tu intercesión poderosa. Pero igual que en aquella fiesta, es preciso que recojamos tu recomendación y tu mandato: “Hagan todo lo que Él les diga”.

Tomemos conciencia, hermanos, de la gran exigencia que encierran estas palabras de María: “Hagan todo lo que Él les diga”. Eso basta; no nos hagamos sordos a la voz del Señor. No nos pedirá nada que esté fuera de nuestro alcance, en todo caso nos dará la fuerza necesaria para realizar lo que de momento nos parece extraordinario o casi imposible.

Por lo pronto, lo mismo que a los sirvientes, Jesús nos pide un cierto esfuerzo inicial: “Llenen de agua esas tinajas”. El agua simple de nuestra voluntad, de nuestra colaboración, es suficiente para que Él realice el milagro. Las pequeñas ofrendas que traemos al altar bastan para que el Señor nos regale el Don incomparable de su presencia eucarística. No dejemos de presentarle lo que somos para que Él haga de nosotros “hostias vivas”, y “ofrenda permanente”.

Gracias, María, porque así como, en aquel pueblo de Galilea, tu Hijo “realizó la primera señal milagrosa”, respondiendo a tu súplica maternal, hoy por el poder de su Palabra nos ayuda a ser discípulos creyentes.

Ser discípulos-misioneros es la consigna que Nuestra Señora Aparecida inspiró a los Obispos de América Latina en la V Conferencia General. El mes próximo, en la Clausura del Congreso de América en Quito, se lanzará la voz de arranque para una gran movilización espiritual en nuestro Continente. Pidamos que sea una realidad la gran Misión Continental, que nos ilusionemos y comprometamos todos para que Jesús sea conocido, amado y servido y su Reino venga a nosotros.


+ Alberto Suárez Inda
Arzobispo de Morelia


* Homilía en la Peregrinación del Presbiterio a Pátzcuaro, 8 de julio de 2008.

© 2008 CEM :: CONFERENCIA DEL EPISCOPADO MEXICANO