Sydney, Australia a 16 de julio del 2008


Catequesis para los jóvenes de la XXIII JMJ en Sydney, Australia

Presentamos la Primera catequesis impartida por Mons. Francisco Moreno Barrón, Obispo de Tlaxcala y Responsable de la Dimensión Juventud de la Comisión Episcopal para Familia, Juventud y Laicos, con motivo de la XXIII Jornada Mundial de la Juventud en Sydney, Australia.

Introducción

Muy queridos jóvenes, nuestras catequesis en esta XXIII Jornada Mundial de la Juventud se refieren ante todo al Espíritu Santo y la misión, a la luz del evento de Pentecostés, y están basadas en el mensaje que este mismo año les dirigió el Papa Benedicto XVI, inspirado en el texto de los Hechos 1, 8: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros y seréis mis testigos”.

¿Quiénes de ustedes conocen y profundizaron este mensaje?

El Espíritu Santo ha sido llamado el “gran desconocido” porque, aunque lleva hoy las riendas de la Iglesia y nada sucede si no es bajo su divino influjo, sin embargo muchos bautizados, muchos católicos, muchos jóvenes no le conocen y, si no le conocen, no le pueden amar, y si no le aman, no le dejan actuar en ellos.

Por eso tendremos tres catequesis en relación al Espíritu Santo: la primera, “Llamados a vivir en el Espíritu Santo”; la segunda, “El Espíritu Santo, alma de la Iglesia”; y la tercera, “Enviados al mundo: el Espíritu Santo, protagonista de la misión”.

Les invito a disponernos a participar gozosamente de esta primera catequesis: “Llamados a vivir en el Espíritu Santo”.

+ Francisco Moreno Barrón
Obispo de Tlaxcala, México

1ª Catequesis

“Llamados a vivir en el espíritu santo”

I.- Nos preguntamos, ¿quién es el Espíritu Santo?


El Espíritu Santo es Dios mismo, es la tercera persona de la Santísima Trinidad, es el espíritu del Padre celestial, el espíritu de Jesucristo. Es, pues, una persona, una persona divina. Es la fuerza del amor que existe entre el Padre y el Hijo. En una palabra el Espíritu Santo es Amor. El Espíritu Santo es el don más grande de Dios al hombre, el testimonio supremo de su amor por nosotros. El Padre celestial envió a su Hijo Jesucristo al mundo para salvarnos, para rescatarnos del pecado y de la muerte, para otorgarnos una vida nueva.

Cristo cumplió su papel en la obra de la Redención, haciéndose hombre en el seno de la Virgen María, muriendo en la cruz por nosotros y resucitando. Después de subir al cielo, junto con el Padre celestial, envió al Espíritu Santo sobre la naciente Iglesia. Este Espíritu Santo es espíritu puro, no tiene figura corporal como nosotros, es solamente espíritu como el Padre Dios. De las tres Divinas Personas, sólamente el Hijo, hecho hombre y a quien llamamos Jesucristo, tiene figura corporal como nosotros sin dejar de ser Dios; por eso, al Espíritu Santo no lo podemos ver, no lo podemos tocar, pero sí lo podemos experimentar en lo más íntimo de nuestro corazón a la luz de la fe que recibimos en el bautismo.

II.- El Espíritu Santo habita en nosotros por el Bautismo y la Confirmación

Todos nosotros fuimos bautizados en el nombre de la Santísima Trinidad: del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Ese día fuimos purificados del pecado original y a cambio recibimos la vida de Dios, la Gracia Santificante. Fuimos también constituidos hijos adoptivos de de Dios y, por lo tanto, hermanos de Jesucristo que es el Hijo Unigénito de Dios. También por el bautismo comenzamos a formar parte del cuerpo de Cristo en su Iglesia, de manera que recibimos el nombre de cristianos y el apellido de católicos. Todo esto fue posible gracias a la acción del Espíritu Santo quien, junto con el Padre y el Hijo, habita en nosotros desde entonces.

Sin embargo, fue en el sacramento de la Confirmación cuando recibimos el don del Espíritu Santo de una manera más plena, de manera semejante a como lo recibieron los apóstoles el día de Pentecostés. En la Confirmación hacemos nuestro el bautismo que nos dieron nuestros papás y padrinos y nos comprometemos a vivir de acuerdo a tan grande dignidad, con la ayuda precisamente del Espíritu de Dios, del Espíritu Santo.

San Pablo afirma: “¿… no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo que habita en ustedes…?”( 1Cor. 6, 19). Efectivamente el Espíritu Santo habita en cada uno de nosotros desde el Bautismo y especialmente desde la Confirmación, como en un templo, como en una casa. ¡Cómo hemos de cuidar nuestros ojos, nuestra boca, nuestras manos, nuestro corazón, nuestra mente, nuestra alma; en una palabra, todo nuestro ser, para ser una morada digna donde habite el Espíritu Santo!

Desde el Bautismo y la Confirmación llevamos dentro de nosotros ese sello del Amor del Padre en Jesucristo que es el Espíritu Santo. Este divino espíritu nos ayuda a dar testimonio público de nuestra fe en la vida cotidiana, de manera que nuestra fe sea una fe dinámica, viva, encarnada, transformadora y muchos glorifiquen por nuestro testimonio al Padre celestial y quieran ser parte de nosotros en la Iglesia.

III.- Cómo profundizar en el conocimiento del Espíritu Santo

Es muy importante invocar al Espíritu Santo para que Él nos oriente en el conocimiento de sí mismo. Otro recurso para este conocimiento es la escucha atenta de la Palabra de Dios en la revelación de la Biblia.

Es el Espíritu Santo quien ha inspirado al hagiógrafo en los distintos libros de la Biblia y por lo tanto es Él mismo el autor de la Sagrada Escritura. Por eso, nos urge estudiar la Palabra de Dios no sólo de una manera académica, intelectual, sino ante todo, en una actitud de escucha de lo que Dios Padre nos quiere comunicar en Cristo a través del Espíritu Santo en cada uno de esos libros, en cada pasaje, en cada palabra. Estamos llamados a ser Palabra viviente para nuestros hermanos y esto supone un conocimiento, una asimilación y una respuesta generosa a la Palabra de Dios.

Otro recurso para profundizar en el conocimiento del Espíritu Santo es la oración misma, a través de la cual pedimos al Padre y al Hijo ese regalo extraordinario de conocer su Divino Espíritu; oración a través de la cual invocamos al mismo Espíritu Santo para que haga su obra, su acción salvadora en cada uno de nosotros.

Hay muchas formas de orar, pero quizá la más completa, la más eclesial es la oración trinitaria en la cual oramos al Padre juntamente con Cristo y es el Espíritu Santo el que nos impulsa, el que nos mueve a hacerla.

Profundizamos también en el conocimiento del Espíritu Santo a través de los sacramentos que Cristo da a su Iglesia como medios de salvación y de santificación: “porque la fe nace y se robustece en nosotros gracias a los sacramentos, sobre todo los de la iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía, que son complementarios e inseparables” (Mens. 08). Gracias a estos sacramentos podemos conocer mejor al Espíritu Santo, dejarnos renovar por Él y crecer en nuestra vida espiritual.

Desgraciadamente hoy estos tres Sacramentos de la iniciación cristiana se han desatendido en la Iglesia y para algunos cristianos han acabado por ser gestos del pasado, pero sin repercusión real en la actualidad, como raíces sin savia vital. Por eso quizá muchos jóvenes, una vez recibida la Confirmación, se alejan de la vida de fe y también hay muchos jóvenes que ni siquiera la han recibido.

Es importante, en medio de los sacramentos, resaltar una palabra sobre la Eucaristía. Para crecer en la vida cristiana es necesario alimentarse del Cuerpo y la Sangre de Cristo. En efecto, hemos sido bautizados y confirmados con vistas a la Eucaristía. Como “fuente y culmen” de la vida eclesial, la Eucaristía es un “Pentecostés perpetuo”, porque cada vez que celebramos la Santa Misa recibimos el Espíritu Santo que nos une más profundamente a Cristo y nos transforma en Él (Mens. 08).

IV.- Acoger, invocar y dejar actuar en nosotros al Espíritu Santo

El Espíritu Santo otorga a su Iglesia y a cada uno de los confirmados sus siete sagrados dones, a saber: el don de Sabiduría, el don de Entendimiento, el don de Ciencia, el don de Consejo, el don de Fortaleza, el don de Piedad y el don del Santo Temor de Dios.

Por el don de Sabiduría, el Espíritu Santo nos ayuda a orientar toda nuestra vida hacia Dios, de quien venimos y a quien tenemos que regresar. La verdadera sabiduría no consiste en tener conocimiento de muchas cosas, sino en saber orientar toda nuestra existencia a Dios, quien es nuestro origen y nuestro último fin. No tiene nuestra vida ningún sentido si la vivimos alejados de Dios, ya que nosotros somos sus criaturas en dependencia total de Él. Bastaría que se olvidara de nosotros para que por ese mismo hecho dejáramos de existir. Pidamos al Espíritu Santo que nos conceda el don de Sabiduría, para vivir siempre en la presencia de Dios y ofrecerle cada momento, cada acto, cada palabra, cada actitud de nuestra vida, a fin de que seamos una ofrenda continua agradable en su presencia.

Por el don de Entendimiento, el Espíritu Santo nos auxilia para comprender la Palabra de Dios escrita en la Biblia, principalmente aquellos pasajes más difíciles de entender y nos ayuda a poner en práctica esas enseñanzas. Siendo el Espíritu Santo el autor principal de la Biblia, Él es el maestro que puede orientar y guiar a cada uno de nosotros en el conocimiento, comprensión y asimilación de los textos sagrados. La Sagrada Escritura es el camino seguro de nuestra felicidad, y nos manifiesta la voluntad de Dios para cada uno de nosotros. Pidamos al Espíritu Santo este don de Entendimiento para hacer nuestra la Palabra revelada y ponerla en práctica.

Por el don de Ciencia, el Espíritu Santo nos permite distinguir entre lo verdadero y lo falso y nos ayuda a adherirnos siempre a la verdad. ¡Cuánta necesidad tenemos en los tiempos actuales de encontrar la verdad: la verdad acerca de la vida, la verdad acerca del amor, del matrimonio y la familia! Porque surgen muchas opiniones a nuestro alrededor que pueden desorientarnos y llevarnos al error. Pidamos hoy al Espíritu Santo que nos obsequie este don de Ciencia para encontrar con su ayuda el camino de la verdad y para adherirnos fielmente a ella.

Mediante el don de Consejo, el Espíritu Santo nos aconseja lo que tenemos que pensar, lo que tenemos que decir, lo que tenemos que hacer. Todos tenemos necesidad de un consejo, de una orientación y el Espíritu Santo es el gran consejero aún en las situaciones y condiciones más adversas. Hoy, pidámosle al Espíritu Santo que sea nuestro consejero, que nos dé su luz en nuestros pensamientos, palabras y decisiones.

A través del don de Fortaleza, el Espíritu Santo nos fortalece en la adversidad. Nosotros somos frágiles, débiles por naturaleza pero, con la fuerza del Espíritu de Dios, podemos realizar grandes proezas, grandes hazañas, vivir plenamente nuestra vida como hombres y como cristianos. Hemos de invocar al Espíritu Santo sobre todo en los momentos de desaliento, en los momentos de aridez, cuando la vida y las obligaciones cotidianas nos resultan una carga muy pesada, cuando queremos tirar la toalla y dejar de esforzarnos; cuando la cruz resulta muy pesada para cada uno de nosotros. Hoy digámosle: Espíritu Santo, dame el don de Fortaleza que me permita vivir de acuerdo a mi dignidad, ser constante en mis propósitos, en la búsqueda de mi realización y en la conquista de la santidad.

Mediante el don de Piedad, el Espíritu Santo nos da un gusto especial por las cosas de Dios: nos gusta rezar, nos gusta ir a misa, nos gusta escuchar la Palabra de Dios; nos gusta cantar himnos, salmos y cánticos espirituales. Mediante este don tenemos un gusto grande por la oración, disfrutamos los sacramentos, especialmente el sacramento de la Eucaristía. Con la ayuda del Espíritu Santo los actos de piedad nunca resultan tediosos ni estériles en nosotros. Digamos hoy al Espíritu Santo: Espíritu Santo, dame el don de Piedad para que tenga un gusto grande por todas las cosas que se refieren a Dios.

Y a través del don del Santo Temor de Dios, el Espíritu Santo nos da un gran miedo, un gran temor de ofender a Dios. El Espíritu Santo nos ayuda, si se lo pedimos, a vencer el pecado, a vencer a Satanás. El espíritu del mal, el diablo, es superior a nosotros, porque también es espíritu puro y no lo podemos vencer solos, pero con la ayuda del Espíritu Santo sí podemos rechazarlo y vencerlo definitivamente. Pidamos al Espíritu Santo: dame el don del Santo Temor de Dios para huir del pecado, para que viva en la Gracia Santificante y toda mi existencia esté llena de Dios.

Queridos jóvenes, de ahora en adelante, conscientes de la acción del Espíritu Santo en nosotros, hemos de invocarlo con frecuencia, con la certeza de que nos escucha y acude en nuestro auxilio, siempre que lo que pidamos sea para la gloria de Dios y para nuestro bien. Tengamos una gran confianza en su acción salvadora en cada uno de nosotros y aprendamos a vivir en familiaridad con Él, como el Espíritu Divino que inunda totalmente nuestra vida, y nos llena de sus dones y de su amor.

V.- Hombres nuevos transformados por el Espíritu Santo

Queridos jóvenes, les invito a valorar nuestra fe en el Espíritu Santo, a preguntarnos de qué calidad y profundidad es nuestra relación con Él. Algunos tendrán que reconocer que su fe en el Espíritu Santo es casi nula, que se ha extraviado, que se ha descuidado. Otros, quizá, reconocerán que su fe en el Espíritu Santo se encuentra debilitada y necesitan afianzarla. Otros más descubrirán que disfrutan y viven de manera más consciente su fe en el Espíritu Santo, lo cual les permite llevar una relación más personal con cada una de las Divinas Personas.

También los invito, queridos jóvenes, a redescubrir el sacramento de la Confirmación, a reencontrar su valor para nuestro crecimiento espiritual.

El Papa Benedicto XVI nos ha escrito: Quien ha recibido los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación, recuerde que se ha convertido en “templo del Espíritu”: Dios habita en él. Por tanto, que sea siempre consciente de ello y haga que el tesoro que lleva dentro produzca frutos de santidad. Quien está bautizado, pero no ha recibido aún el sacramento de la Confirmación, que se prepare para recibirlo sabiendo que así se convertirá en un cristiano “pleno”, porque la Confirmación perfecciona la gracia bautismal (Mens. 08).

Queridos jóvenes, para reconocer la acción del Espíritu Santo en nosotros, sepamos que, cuando Él actúa, produce en el alma sus frutos que son “amor, alegría, paz, paciencia, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí” (Mens. 08).

VI.- El encuentro con Cristo por el Espíritu Santo

Muchos jóvenes son muy sensibles a una relación con Cristo como hermano y amigo y ésta es obra precisamente del Espíritu Santo.

Nos dice el Papa Benedicto XVI en su mensaje: “Sé bien que vosotros, jóvenes, lleváis en el corazón una gran estima y amor hacia Jesús, cómo deseáis encontrarlo y hablar con Él. Pues bien, recordad que precisamente la presencia del Espíritu en nosotros atestigua, constituye y construye nuestra persona sobre la Persona misma de Jesús crucificado y resucitado. Por tanto, tengamos familiaridad con el Espíritu Santo, para tenerla con Jesús” (Mens. 08).

Y más adelante, también el mismo Papa dice: “Sólo Cristo puede colmar las aspiraciones más íntimas del corazón del hombre; sólo Él es capaz de humanizar la humanidad y conducirla a su ‘divinización. Con la fuerza de su Espíritu, Él infunde en nosotros la caridad divina, que nos hace capaces de amar al prójimo y prontos para ponernos a su servicio. El Espíritu Santo ilumina, revelando a Cristo crucificado y resucitado, y nos indica el camino para asemejarnos más a él, para ser precisamente ‘expresión e instrumento del amor que de Él emana’”(Mens.08).

Qué importante es entonces, si queremos una relación fuerte con Jesús amigo, hermano, compañero de camino, profundizar también nuestra relación con el Espíritu Santo y pedirle esta gracia: que nos revele a Jesús, que nos conduzca a Jesús, que nos ayude a ser sus discípulos y que nos identifique cada día más con Él.

 

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