Celaya, 16 de julio del 2008


“Ustedes serán mis testigos”

Estas palabras tomadas del libro de los Hechos, capítulo primero, versículo ocho, las ofrece el Santo Padre Benedicto XVI como tema de reflexión a los jóvenes que se reunirán en la ciudad de Sydney, Australia, los días del 17 al 20 del mes en curso con el fin de participar en la XXIII Jornada Mundial de la Juventud convocada y presidida por el mismo Papa. De inmediato se percibe lo que Benedicto XVI quiere que sea el motivo de la reflexión y la oración, es decir, que el joven católico se convenza que en las circunstancias actuales, él está llamado a ser testigo de Jesucristo dejándose llevar por la fuerza de su Espíritu. Si el texto bíblico tiene una dimensión universal, ya que todo bautizado recibe la vocación a la misión, El Santo Padre ha señalado que ahora se aborde desde la perspectiva del joven creyente que se ve llamado y, en ocasiones presionado, a dar razón de su fe y de su esperanza en Cristo.

Conviene recordar que las Jornadas Mundiales de la Juventud surgieron como inspiración del querido y siempre bien recordado Juan Pablo II que a partir del año de 1984 convocó la primera y a partir de ese entonces hasta ahora se han llevado ya veintidós siendo ésta la número veintitrés. Las Jornadas han tenido la característica que cada año se celebran en las diócesis el Domingo de Ramos y cada tres años se realizan en una ciudad designada por el Papa y acuden a ella cientos de miles de jóvenes venidos de los cinco Continentes. El Santo Padre, antes Juan Pablo y ahora Benedicto, aprovechan la ocasión para hablar a la juventud de Jesucristo, el eterno joven, y que sólo Él sabe llenar con su presencia y su gracia la aspiración del joven de cualquier edad y cultura. En Roma ha sido el Papa quien año tras año preside la Jornada en la Plaza de San Pedro ante miles de jóvenes, especialmente de la ciudad.

Algo que siempre ha llamado fuertemente la atención del mundo es la respuesta masiva de los jóvenes, algunos de ellos de clase media y pobre, que buscan por medios legítimos contar con lo necesario y participar en el evento único en su género, entre otras razones, por la experiencia de vivir la comunión eclesial en sus diferentes niveles. Quienes han estado ahí alguna vez afirman que ha sido lo mejor que les ha podido suceder y viven siempre agradecidos con Dios.

No han faltado Jornadas que han superado las expectativas en número y participación. No puedo olvidar, por ejemplo, la que tuvo lugar en la ciudad de París, Francia, por la sorpresa que recibieron, en especial, algunos medios de comunicación social, que en vísperas de la llegada del Santo Padre habían anunciado un posible fracaso de la misma Jornada aduciendo como razón que la sede era demasiado costosa y, por lo demás, la juventud francesa hacía tiempo atrás que había vuelto su mirada hacia otros horizontes, menos a Dios y, mucho menos a la Iglesia católica. Al constatar que los jóvenes superaron los dos millones, no tuvieron otra cosa sino reconocer que sus pronósticos habían sido erráticos y, en algunos medios, con mala intención.

Hay que reconocer que tanto Juan Pablo II como Benedicto XVI han sido enriquecidos por un carisma especial que hace que su misma persona se haga atractiva a todos. Lo vimos recientemente en la visita de Benedicto XVI a los Estados Unidos y por más veinte años dimos fe de lo mismo en la persona de Juan Pablo II. No obstante, una encuesta llevada a cabo hace aproximadamente seis años, a la pregunta que le fue hecha a varios jóvenes sobre la razón que les impulsaba a participar en Jornada, su respuesta fue elocuente: anhelaban mirar y escuchar al Papa. Otra gran sorpresa, querían aprender del Papa la verdad que proponía sin acomodaciones y acompañada de retos para la vida.

Sin duda alguna, nos vemos obligados a reconocer que en el momento actual, la gran autoridad moral es el Papa por su ciencia, santidad y su libertad para expresarse. Muchos, aun no católicos, aceptan que Benedicto XVI se caracteriza por la claridad meridiana con la que expone su pensamiento. Es un intelectual que habla a la inteligencia y al corazón. Su palabra despeja cualquier duda.

Estamos hablando de los últimos Papas, uno, Juan Pablo II, aunque inició joven su ministerio pontificio, al final de sus años seguía interesando a la juventud. Prueba de ello fue la presencia incalculable de jóvenes que optaron por estar cerca de él en el momento de su partida a la casa del Padre. Se les miraba emocionados y aguardaban el final irreversible con fortaleza y esperanza. El Papa les había ganado el corazón y los jóvenes habían sido seducidos por el testimonio de vida un santo de nuestro tiempo. El otro, Benedicto XVI, a sus ochenta y tres años, sintoniza de inmediato con el joven que le escucha con interés cada palabra que de su boca.

Quiero leer lo anterior como una gran lección para nosotros los ministros ordenados que, por inercia, estamos convencidos que la labor pastoral entre los jóvenes debe estar reservada exclusivamente a los recién ordenados. No descarto que sacerdotes jóvenes tengan aptitudes propias y mucha paciencia para ejercer su ministerio con la juventud. En particular, creo que la pastoral juvenil corresponde a todo sacerdote independiente de su edad o años de ordenación. Me parece que, contemplando el ejemplo de los últimos Papas, cualquier sacerdote posee la gracia de llegar al corazón del joven y, si su experiencia ministerial es grande, mayores frutos habrán de esperarse.

Tengo presente hasta el día de hoy un encuentro con jóvenes al que fui invitado en una ocasión en la Arquidiócesis de Chicago. Fue ejemplar para mí el saber que dichos jóvenes pertenecían a un grupo llamado “El amor Espera” y se trataba de hombres y mujeres que valoraban la virtud de la castidad y habían hecho ante el Santísimo el compromiso de llegar al matrimonio sin relación genital alguna. Comprometidos a esperar hasta el día del matrimonio. ¿Quién asesoraba el grupo? Un salesiano de ochenta y tres años.

Pidamos al Señor porque los cientos de miles de jóvenes que se encontrarán con Benedicto XVI, en Australia, se dejen tocar por el Espíritu de Dios y sean testigos creíbles de Jesús a donde sea que vayan.

 

+ Lázaro Pérez Jiménez
Obispo de Celaya

 

© 2008 CEM :: CONFERENCIA DEL EPISCOPADO MEXICANO