Morelia, Mich. a 2 de marzo de 2008

 

Palabra del Obispo:
La Eucaristía nos hace portadores de Cristo: San Cirilo de Jerusalén

DESDE YAKIMA, CIUDAD HERMANA DE MORELIA, EN EL Estado de Washington (EE UU), a donde he sido invitado por el Sr. Obispo Don Carlos Sevilla, escribo este comentario semanal continuando con el tema de la Eucaristía en los escritos de los Santos Padres.

Corresponde hoy recordar a San Cirilo de Jerusalén, quien nació alrededor del año 315, y en 350 fue ordenado Obispo de su ciudad. Son notables sus catequesis catecumenales para los que iban a bautizarse y las catequesis mistagógicas para la instrucción de los ya bautizados.

Con fuerza y claridad, confiesa la fe de la Iglesia en la transformación del pan y del vino: “No los consideres simple pan y vino, pues, según la afirmación del Señor, son el Cuerpo y la Sangre de Cristo”. Quien recibe la comunión se hace “concorpóreo y consanguíneo de Cristo, llega a ser portador de Cristo”.

Lo que se llamará más tarde la presencia real de Cristo en las sagradas especies lo expresa cuando dice: “Toma el santo Cuerpo teniendo cuidado de no perder nada de él. Pues, si algo perdieres, es como si perdieras alguno de tus propios miembros... si alguien te diera pedazos de oro, ¿no los cuidarías con la mayor diligencia? ¿No tratarás, pues, con mayor empeño lo que es más precioso que el oro para que no se pierda, ni siquiera una migaja?” Se refiere al significado profundo que tiene el saludo de la paz en la celebración. “El Diácono dice: “Abrácense mutuamente y dense el beso de la paz... no imagines que ese saludo es igual al que se dan en la plaza los amigos comunes. Éste no es así, sino que este beso reúne las almas entre sí y deja en el olvido todo recuerdo del mal. El saludo es, pues, de reconciliación y por eso es santo”.

Le da gran importancia al memento, es decir, al recuerdo de los vivos y los difuntos: “Luego oramos por la paz de todas las Iglesias, por la estabilidad del mundo, por los reyes, por los soldados, por los enfermos y los que sufren, y en general elevamos plegarias por todos y ofrecemos el sacrificio”. Al hablar de los difuntos, los designa como lo hizo el mismo Cristo, como aquellos “que se durmieron”, indicando así que no vemos la muerte como los paganos, sino con la esperanza de la resurrección. Y no sólo oramos por ellos, sino que confiamos en que intercedan por noso¬tros juntos con todos los santos.

Finalmente, hace un amplio y precioso comentario al Padrenuestro, “oración que el Señor entregó a sus discípulos”. Hace notar que la paternidad de Dios se manifiesta en su misericordia que no sólo perdona los pecados, sino que nos concede la gracia de ser sus hijos y así tener el derecho de llamarlo Padre. La petición del “pan de cada día” la interpreta como el pan “sobresubstancial”, es decir, el pan de vida de la Eucaristía.


+ Alberto Suárez Inda
Arzobispo de Morelia


 

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