Morelia, Mich. a 9 de marzo de 2008

 

Palabra del Obispo:
“El Doctor de la Eucaristía”

SAN JUAN CRISÓSTOMO NACIÓ EN ANTIOQUÍA POR EL AÑO 344, de joven entró en un monasterio y a los 42 años de edad fue ordenado Presbítero. El Obispo le encomendó el ministerio de la predicación, en el que se distinguió de modo extraordinario, por lo que recibió precisamente el sobrenombre de Crisóstomo (“Boca de oro”). Se le reconoce como “el Doctor de la Eucaristía” por la frecuencia con que hablaba de este Sacramento. En el año 398 fue ordenado Obispo de Constantinopla. Su predicación vigorosa a favor de la justicia y de los pobres molestó de tal modo a la Emperatriz y a sus ministros, que fue desterrado en el año 402, y murió un año después.

En sus sermones dirigidos al pueblo insiste en la disposición interior para recibir la Comunión: “¿Acaso te atreves a tocar la Oblación sagrada con las manos sucias? Entonces tampoco te acerques con el alma impura, porque esto es mucho más grave. Y nada hay que llene tanto de suciedad el alma como llevar constantemente la ira dentro... Todos acerquémonos, pues, con una conciencia pura. No haya aquí ningún Judas que engañe a su prójimo, ningún malvado, ninguno que oculte veneno en su corazón”.

Le gusta recurrir al Antiguo Testamento para resaltar el cumplimiento de lo que eran figuras y promesas: “Con la Sangre del Cordero ungieron los umbrales de las puertas y escaparon de la muerte que el Exterminador llevó a todos los primogénitos de Egipto... Aquello era figura de lo espiritual; aquel cordero era irracional y éste, racional; aquella oveja era la sombra, ésta la realidad; pues se manifestó el Sol de Justicia y la sombra desapareció. Una vez llegado el sol, ya no brilla la lámpara, pues era figura de lo que había de venir”.

Señala la desproporción entre la pequeñez del ministro y la grandeza de la obra que el Señor realiza: “Pues, aunque sea un hombre el que preside, es Dios, sin embargo, quien obra por su medio. No atiendas, por tanto, a la naturaleza de lo que ves, sino piensa en la gracia invisible. Nada humano hay en lo que se realiza en este altar sagrado”.

Enseña que no por multiplicarse las celebraciones hay muchos sacrificios: es el mismo que Cristo ofreció un día y que la Iglesia celebra hoy como memorial en todos los lugares de la tierra. “¿Acaso no ofrecemos el Sacrificio todos los días? Sí, ciertamente, pero es un solo Sacrificio, no muchos... Siempre ofrecemos el mismo Cordero, no un día un cordero y otro día otro. Por ello el Sacrificio es siempre uno... En todas partes se ofrece el único Cristo: aquí entero y allá completo, siendo un solo Cuerpo y un solo Sacrificio”.
Para subrayar el realismo de la presencia del Cuerpo y Sangre de Cristo en el altar, lo relaciona con la humanidad del Señor cuando vivía en nuestra historia. “Éste es el Cuerpo que los clavos perforaron, que los látigos azotaron y que sin embargo no fue aprisionado por la muerte”.

El gran valor que le da a la Eucaristía se expresa cuando dice, en nombre del mismo Cristo: “No te pido que dejes de trabajar durante siete días, sino solamente que me dediques una hora al día, quedándote tú con todas las restantes, y ni siquiera esto poco me concedes. Más aún, ni siquiera te pido que me prestes esta hora, sino que te la des a ti mismo para que puedas recibir algún consuelo, salgas lleno de bendiciones, te marches seguro y armado con las armas espirituales te hagas invencible al demonio.


+ Alberto Suárez Inda
Arzobispo de Morelia

 

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