Tehuacán, Puebla, 20 de marzo de 2008

 

El Triduo Pascual

Estamos en la Semana Santa, que tradicionalmente se ha llamado también “Semana Mayor”, porque es la más importante de todo el año para los discípulos de Cristo Jesús.
La penitencia cuaresmal nos sostiene para saber permanecer con Jesús en la vivencia de su pasión, de su muerte en cruz y de su resurrección, que constituyen nuestro supremo dolor y nuestra suprema alegría.

El día de hoy, Jueves Santo, la Iglesia conmemora la Última Cena, en la que Cristo Jesús instituyó el Sacramento de la Eucaristía –que es fuente y cumbre de toda nuestra vida- y el del Sacerdocio Ministerial, para celebrar la Eucaristía a lo largo de los siglos. Se renueva también el mandamiento del amor fraterno. El rito del lavatorio de los pies expresa el amor que se hace servicio, aprendiendo de Jesús, quien dijo: “Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros.” (Juan 13, 13-14).

Siguiendo una antigua y hermosa tradición, el Santísimo Sacramento queda reservado de manera solemne en los Monumentos, para la adoración eucarística, lo que ha dado pie a la visita de las 7 casas; pero lo importante no es visitar matemáticamente 7 Monumentos, sino una visita prolongada al mismo y único Cristo Jesús presente en cualquiera de los Monumentos.

En el Viernes Santo conmemoramos la pasión y la muerte de Jesús en la cruz. La jornada está llena de diversas celebraciones: por ejemplo el Via Crucis, la meditación de las Siete Palabras, la Procesión del silencio, el Rosario y Pésame a la Virgen de los Dolores; pero en la celebración más importante del día, que no es la más vistosa o espectacular, contemplamos el misterio de la pasión y muerte del Señor con la escucha atenta de la Palabra de Dios, con la adoración de la Santa Cruz y con la sagrada comunión. Al igual que el Domingo de Ramos, también este día se escucha la proclamación de la Pasión del Señor. Cristo muere para vencer el dominio del pecado, para darnos vida. En la Oración Universal, tenemos en cuenta las necesidades de la Iglesia y del mundo. La vida que recibimos de Cristo Jesús, anhelamos que llegue a toda la humanidad.

Participar en el sufrimiento de Cristo Jesús en la pasión y en la cruz, nos lleva a asumir también lo que dice el autor de la Carta a los Hebreos acerca de Jesús: “Convenía ciertamente que [Dios] perfeccionase por medio del sufrimiento al que iba a guiarlos a la salvación” (Heb 2, 10). En efecto, el sufrimiento puede amargar la vida, pero también puede perfeccionarla, si se une a la cruz del Señor.

El Sábado Santo no es sábado de gloria, de bullicio, como si todo volviera a la normalidad; por el contrario, es día de silenciosa espera, ciertamente no en la congoja por la muerte del Señor, sino en la expectación porque está a punto de resucitar, venciendo el poder de la muerte. Como dice el Papa Benedicto XVI, “hace falta un día de silencio para meditar en la realidad de la vida humana, en las fuerzas del mal y en la gran fuerza del bien que surge de la Pasión y de la Resurrección del Señor… Al menos una vez al año, tenemos necesidad de esta purificación interior, de esta renovación de nosotros mismos. Este Sábado de silencio, de meditación, de perdón, de reconciliación desemboca en la Vigilia Pascual, [que se celebra en la noche del Sábado] y que introduce el domingo más importante de la historia, el domingo de la Pascua de Cristo. La Iglesia vela junto al fuego nuevo bendito y medita en la gran promesa, contenida en el Antiguo y en el Nuevo Testamento: la liberación definitiva de la antigua esclavitud del pecado y de la muerte. En la oscuridad de la noche, a partir del fuego nuevo se enciende el cirio pascual, símbolo de Cristo que resucita glorioso. Cristo, luz de la humanidad, despeja las tinieblas del corazón y del espíritu e ilumina a cada hombre que viene al mundo. Junto al cirio pascual, resuena en la Iglesia el gran anuncio pascual: Cristo ha resucitado verdaderamente, la muerte ya no tiene poder sobre Él. Con su muerte, ha derrotado el mal para siempre y ha donado a todos los hombres la vida misma de Dios.”

En estos días santos no celebramos sólo el recuerdo de acontecimientos pasados, sino la realidad profunda e intensa de Cristo que, habiendo muerto, ha resucitado y vive para siempre. Aunque en nuestro corazón y en nuestras acciones sigue habiendo violencia, odio y muerte, la victoria de Cristo alienta nuestra esperanza, la cual nos sostiene para seguir a Cristo y anunciarlo como discípulos perseverantes y misioneros apasionados; actitudes en las que nos da ejemplo la Virgen María, modelo de discípula y misionera.

Que tenga usted una santa y fructuosa celebración de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor Jesús.

+ Rodrigo Aguilar Martínez
Obispo de Tehuacán

 

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