Tehuacán, Puebla, 27 de marzo de 2008

 

Día de la vida

Hace algunos años, los Obispos de México acordamos declarar el 25 de marzo como Día de la vida. El motivo es que ese día se celebra la fiesta litúrgica de la Anunciación que el Arcángel Gabriel hace a la Virgen María de los planes que Dios tiene para con ella: ser la Madre del Mesías. Ella acepta, poniéndose como esclava del Señor, sujeta a Su voluntad. Por eso también se celebra ese día la Encarnación: El Hijo de Dios asume la condición humana, empezándose a gestar en el vientre de María. La concepción fue sobrenatural, obra del Espíritu Santo; pero el desarrollo del óvulo fecundado fue natural, en todo semejante al ser humano, menos en el pecado.

Este año, al caer el 25 de marzo dentro de la Octava de Pascua, la fiesta de la Anunciación-Encarnación se pasa al 31 de marzo, ya fuera de dicha Octava.

La cercanía de fechas que hay este año entre las fiestas de la Encarnación de Jesús y su Resurrección, quiero verlas no como coincidencia, sino como providencia. Efectivamente, la Encarnación expresa la humillación de Jesús, dejando los privilegios divinos y asumiendo totalmente la condición humana, para gestarse, nacer y crecer como todo ser humano. San Pablo lo sintetiza admirablemente, diciendo que siendo rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cf. 2Cor 8,9). Por su parte, la Resurrección expresa la glorificación de Jesús, entrando a una vida nueva en que ya no puede padecer y morir, sino que vive para siempre. Pero, para resucitar, Jesús tuvo que morir, porque así estaba planeado por Dios Padre para bien de la humanidad. Encarnación y Resurrección son, de esta manera, momentos culminantes del misterio de Cristo Jesús para darnos vida. Él es Camino, Verdad y Vida.

A Cristo Jesús acudimos para agradecerle por el don de la vida y porque nos ha restaurado a imagen y semejanza de Dios, más aún en la dignidad de hijos de Dios; también para pedirle perdón por el mal uso que hemos hecho de nuestra vida, porque hemos sido motivo de mal ejemplo y escándalo; por la degradación en que vamos cayendo, violentando la ciencia y la técnica, desde el extremo de la destrucción de seres humanos que son vistos como tumores que arruinan la propia honra y calidad de vida, hasta el otro extremo de pretender hacerse de una nueva vida humana como si fuera un juguete al gusto del dueño.

A Cristo Jesús acudimos para ofrecerle la entrega de nuestro ser como discípulos y misioneros de Su Evangelio de la Vida, luchando por cada vida humana desde su concepción hasta su muerte natural, de modo que cale hondo en la conciencia de los que nos rodean, especialmente de quienes tienen la responsabilidad de ver por el bien común. La misión es delicada y comprometedora, pero vale la pena. No estamos solos. Jesús resucitado ha prometido estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Pero necesitamos aprender del Maestro a encarnarnos y morir para resucitar.

+ Rodrigo Aguilar Martínez
Obispo de Tehuacán

 

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