Ciudad de México, 25 de mayo de 2008

 

Peregrinación de Chiapas

HOMILIA EN LA BASILICA DE GUADALUPE

Después de haber concluido, hace quince días, las celebraciones de la Pascua, estamos gozando las grandes síntesis del amor misericordioso del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en las solemnidades de la Santísima Trinidad, del Corpus Christi, del Sagrado Corazón de Jesús (próximo viernes), concluyendo con la fiesta del Corazón Inmaculado de María, pues élla es el reflejo más fiel –después de Jesús- del amor de Dios. Este año, la fiesta del Corazón de María coincide con la Visitación, signo elocuente de su amor. Hoy retomamos las celebraciones dominicales del Tiempo Ordinario, que nos ayudan a profundizar el misterio trinitario y a crecer en nuestra vida cristiana. Estamos en el Domingo VIII.

Venimos de las tres diócesis de Chiapas, trayendo con nosotros los gozos y las esperanzas, los dolores y los sufrimientos de los chiapanecos, creyentes y no creyentes, católicos y de otras denominaciones, y también de los centroamericanos que pasan por nuestras tierras, pues Dios es Padre de todos, como dice el Evangelio. Nos unimos a quienes expresan hoy su rechazo al aborto y seguiremos luchando por los no nacidos, para que se respete su derecho fundamental a la vida, como seres humanos que son.

Ante las situaciones de pobreza y marginación de muchos compatriotas, en particular de centenares de miles de indígenas y campesinos; ante la angustia de tantos migrantes, que abandonan su familia y su tierra, exponiéndose a peligros, a vejaciones y a la muerte; ante las persistentes injusticias contra los detenidos en las cárceles; ante la soledad de muchos jóvenes que no le encuentran sentido a su vida y se suicidan; ante los que caen en las garras del narcotráfico para intentar salir de su miseria; ante tantas mujeres oprimidas por los varones y por las costumbres ancestrales; ante los ancianos que sufren el abandono incluso de los suyos; ante este panorama desolador, podríamos hacer nuestras las palabras del pueblo israelita, y que nos transmite el profeta Isaías en la primera lectura: “El Señor me ha abandonado; el Señor me tiene en el olvido”.

A primera vista, nos parecen desconcertantes las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy: “No se preocupen por su vida, pensando qué comerán o con qué se vestirán… ¿Por qué se preocupan del vestido? … No se inquieten pensando: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o con qué nos vestiremos? … No se preocupen por el día de mañana”. ¿No suenan, acaso, estas palabras, a una evasión de la realidad? ¿No se convierte, así, la religión en una enajenación, en una droga adormecedora? ¿A eso venimos en esta peregrinación: a olvidarnos de los problemas de la vida diaria, a encontrar un consuelo pasajero en la Virgen de Guadalupe, y que a nuestro regreso la vida siga igual?

Todo lo contrario. Nuestra querida Madre, Santa María de Guadalupe, Madre del verdaderísimo Dios por quien se vive, no se olvida de nuestra realidad. Nos dice en la persona de Juan Diego: “Es nada lo que te asusta y aflige. No se turbe tu corazón, no temas esa enfermedad, ni otra alguna enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo?” Estas no son palabras vacías, ni un consuelo inoperante. Por la intercesión de María, Dios Padre concede la salud al tío Juan Bernardino y devuelve la esperanza a un pueblo conquistado, destrozado, a punto de morir y desaparecer.

Hoy también esta Madre bendita nos atrae al altar, a la Palabra de Dios, a Jesús su hijo, para que nuestros pueblos en El tengan vida. Ella no quiere ser el centro, sino acercarnos al “verdaderísimo Dios por quien se vive, al Creador de las personas, al Dueño de la cercanía y de la inmediación, al Dueño del cielo y de la tierra”. Ella es ejemplo de fe y de confianza en Dios Padre, quien cuida no sólo de las aves y de las flores, sino en particular de nosotros, que somos sus hijos. Ella nos alienta en la certeza de que, aunque todos nos abandonen, nuestro Padre Dios nunca se olvidará de nosotros.

Sostenidos en nuestra fe por María, nuestra Madre; en nombre propio, de nuestras familias y comunidades parroquiales, en nombre de todos los chiapanecos, hemos dicho el Salmo 61: “Sólo en Dios he puesto mi confianza, porque de él vendrá el bien que espero. El es mi refugio y mi defensa, ya nada me inquietará. Sólo Dios es mi esperanza, mi confianza es el Señor: es mi baluarte y firmeza, es mi Dios y salvador. De Dios viene mi salvación y mi gloria; él es mi roca firme y mi refugio. Confía siempre en él, pueblo mío, y desahoga tu corazón en su presencia”.

Madre: tú nos comprendes, pues tus entrañas maternales son un reflejo del amor entrañable de nuestro Dios. Desahogamos ante ti nuestro corazón, para que, por tus manos maternales, lleguen nuestras historias hasta el corazón del Padre Dios. Mira a los que pasan hambre, y que van a sufrir más por la creciente carestía de los alimentos. Mira a los migrantes angustiados, a los jóvenes sin esperanza, a los ancianos sumidos en su tristeza, a las mujeres menospreciadas. Mira a los que han sido despojados de su dignidad, a los que carecen de servicios básicos de agua, caminos, luz, salud y escuela. Arrópalos con tu ternura materna, para que no desesperen y no recurran a la violencia. Pero ruega también, como lo hiciste antes de Pentecostés, para que se nos conceda el don del Espíritu Santo, y nos convirtamos al Reino de Dios y a su justicia; que no esperemos que todo lo resuelvan el destino y el gobierno, sino que asumamos la responsabilidad que nos corresponde.

Enséñanos a estar cerca de los ancianos, de los presos, de los enfermos, de las personas que viven en las calles, de los migrantes, de los adictos a las drogas y al alcohol, de los infectados por el VIH y el Sida, de los que sufren discriminación e intolerancia. Que les hagamos visible y palpable el Reino de Dios, que es amor y justicia, que es solidaridad, dándoles nuestro apoyo, como tú lo hiciste con tu prima Isabel, y como lo expresaste con Juan Diego, indígena que se sentía hombrecillo, cordel, escalerilla de tablas, cola, hoja, gente menuda. Que cada quien y nuestras Iglesias vivamos realmente la opción preferencial por los pobres, como nos lo exige el Espíritu Santo en el documento de Aparecida. Que volvamos fortalecidos en fe y amor.

Finalmente, San Pablo nos dice hoy en la segunda lectura: “Procuren que todos nos consideren como servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, lo que se busca en un administrador es que sea fiel”. Que el Espíritu Santo, por intercesión de María, la Virgen fiel, nos ayude a todos a ser fieles servidores de Cristo, del Reino de Dios, de la Iglesia, de nuestro pueblo. Que bebamos de esta Eucaristía el amor de Cristo, para que lo hagamos extensivo a nuestros hermanos, y seamos una encarnación de la providencia misericordiosa del Padre. Así sea.

 

+ Felipe Arizmendi Esquivel
Obispo de San Cristóbal de Las Casas


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