Tlaxcala, 28 de mayo de 2008

 

MENSAJE DE MONS. FRANCISCO MORENO BARRÓN EN SU TOMA DE POSESIÓN
COMO OBISPO DE TLAXCALA


Saludo a los presbíteros, diáconos, religiosos, religiosas y laicos de mi querida Diócesis de Tlaxcala con las mismas palabras de Jesús resucitado a su naciente Iglesia: “la paz esté con ustedes”(Jn. 20, 26).

Se me ha preguntado en estos días cuáles son los proyectos que voy a impulsar en esta diócesis y yo tengo que decirles que nuestro único programa pastoral será el Evangelio aplicado a esta realidad. El éxito pastoral de una diócesis no depende tan sólo de las capacidades o dotes del obispo, sino ante todo del Espíritu Santo que habita en nosotros y guía y conduce a su Iglesia. Continuamente nos preguntaremos qué es lo que Dios quiere de nosotros y por qué caminos nos quiere conducir su Espíritu Divino. Dispongámonos desde ahora a ser dóciles a sus inspiraciones. Con este presupuesto asumo el proceso de esta diócesis y el actual Plan Pastoral en el que están trabajando.

Vengo a ustedes no como un mero dirigente o promotor social, sino en nombre de Jesucristo, como buen Pastor, para evangelizar, santificar y guiar a esta porción del pueblo de Dios que me ha encomendado el Papa Benedicto XVI.

En primer lugar, vengo como un evangelizador, como el catequista que les trae las buenas noticias del Evangelio. Por la historia sabemos que Tlaxcala es la cuna de la evangelización en México y América, pues a estas tierras llegaron con Hernán Cortés los primeros evangelizadores en el año de 1519. Aquí fueron bautizados los primeros cuatro cristianos en 1520 y aquí también fue erigida la primera diócesis por el Papa Clemente VII, con el nombre de Diócesis Carolense entre los años de 1525 y 1526, teniendo al dominico Fray Julián Garcés como su primer obispo.

A instancia de los canónigos, se concedió el cambio de sede episcopal a Puebla en 1541, pero fue hasta 1543, un mes después de la muerte del obispo, cuando se hizo efectivo dicho cambio, aunque siguió llamándose Diócesis de Tlaxcala (Diocesis Tlaxcalensis) por varios siglos, hasta que en 1903 surgió como Arquidiócesis con el nombre de Puebla de los Ángeles. Durante cincuenta y seis años desapareció el nombre de Tlaxcala y surgió de nuevo como Diócesis en 1959. Dios nos conceda continuar con el proceso que ustedes ya han iniciado y celebrar el año entrante las Bodas de Oro de esta antigua y joven Diócesis de Tlaxcala.

No queremos gloriarnos vanamente de nuestros orígenes ni buscamos títulos o prebendas, pero sí es el momento para reconocer, no sólo el privilegio que conlleva ser la cuna de la evangelización, sino la gran responsabilidad y la oportunidad que tenemos en esta nueva etapa de responder a nuestra vocación evangelizadora. Hemos de mirar serenamente el pasado para vivir con ardor misionero el presente y el futuro de nuestra diócesis, que se ha caracterizado siempre por su solidaridad y preocupación en la misión de la Iglesia Universal.

Nuestro pueblo tlaxcalteca es inmensamente rico por el arraigo de su fe, por eso necesitamos valorarla, profundizarla, actuar coherentemente con ella y proyectarla a nuestra vida diaria para colaborar, como fermento en medio de la masa, en la transformación cristiana de este Estado de Tlaxcala.

El anuncio de la Buena Nueva tenemos que llevarlo a cada persona, a cada familia, a cada ambiente de nuestra sociedad; a los alejados de la Iglesia y aún aquellos que no comparten nuestra fe, con la fuerza de la palabra y, sobre todo, con el testimonio de una vida auténticamente cristiana.

En esta actitud evangelizadora nos uniremos a la gran misión continental a la que nos han llamado los obispos en Aparecida, y que no es una misión al estilo tradicional, sino una profunda conversión pastoral desde un cambio de mentalidad y de corazón, para dar el paso de una pastoral de conservación a una pastoral auténticamente misionera.

En segundo lugar, vengo ante ustedes para alentarles en su vocación a la santidad. El llamado a la santidad no es para unas cuantas personas, ni siquiera para los mejores hombres o mujeres; es vocación de todo bautizado. Urge que cada uno de nosotros tomemos consciencia de que tenemos un llamado especial a ser santos: santos actuales, atractivos y que vivan con alegría evangélica. Con el ejemplo e intercesión de los niños beatos tlaxcaltecas Cristóbal, Juan y Antonio, nosotros también en esta diócesis encontraremos los caminos de la santidad, viviendo en la gracia de Dios, cumpliendo nuestras responsabilidades cotidianas, realizándonos en nuestra vocación particular al amor, y nutridos constantemente por la oración y los Sacramentos. Hoy más que nunca necesitamos campesinos y obreros santos, funcionarios públicos santos, profesionistas y amas de casa santos, sacerdotes y obispos santos. Esta será una tarea prioritaria en nuestra diócesis y una preocupación constante de todo el pueblo de Dios.

En tercer lugar, vengo ante ustedes como guía para conducir y construir en la unidad a esta comunidad eclesial. “Estoy en medio de ustedes como el que sirve” (Lc. 22,27), para vivir mi ser y quehacer episcopal, a ejemplo del Señor Jesús que no vino a ser servido sino a servir y a dar su vida por la salvación de todos (Mt. 20, 28). Concédanme el enorme privilegio de ser padre, hermano y amigo de cada uno de ustedes.

Nuestra diócesis está llamada a ser una comunidad, una verdadera familia: la familia de los Hijos de Dios. Yo me descubro en medio de ustedes como el padre de familia que se ocupa gozoso en promover la unidad y el amor entre sus hijos, construyendo puentes de relación y reconciliando a los hermanos. Este fue el deseo más grande de Jesús para su Iglesia al hablar con su Padre Celestial en la oración: “Padre, que todos sean uno, como tú y yo somos uno, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn. 17, 21).

Preguntémonos si hoy todo el mundo levanta los ojos hacia nosotros los católicos, si con nuestra manera de vivir anunciamos a Cristo resucitado. Él podía haber hecho las cosas de otra manera, pero se ha querido poner en nuestras manos. Su credibilidad como Señor y salvador depende de nosotros; si vivimos en la unidad del amor, Él será reconocido como el enviado del Padre y muchas gentes le abrirán su corazón.

¡Qué tremenda responsabilidad la nuestra! Por eso tenemos que empeñarnos en poner en primer lugar nuestra relación antes que nuestros puntos de vista personales o de grupo. ¡Cómo anhelo ver a todos mis sacerdotes viviendo la íntima fraternidad sacerdotal! ¡Cómo anhelo que todos mis sacerdotes abran su corazón de padre a cada persona de su comunidad, sin excepción! ¡Cómo anhelo un seminario diocesano donde se formen los verdaderos pastores que necesita hoy la Iglesia! ¡Cómo anhelo una relación de hermanos entre todos los movimientos y grupos laicales de esta diócesis! ¡Cómo anhelo que cada parroquia sea una auténtica familia y que en toda nuestra diócesis vayamos construyendo el cuerpo de Cristo, hasta que se diga de nosotros, “miren cómo se aman” (Cfr. Jn. 13, 35. Hch.2, 47) y muchos más crean en el Amor!

Por todo esto, el lema que he elegido en mi nuevo escudo episcopal nos sugiere esta labor esencial de construir la unidad en el amor: “Que todos sean uno”; y ya que la unidad de la Iglesia nace en el bautismo y se nutre en la eucaristía, nosotros haremos posible esta unidad haciendo de la Sagrada Eucaristía el centro de toda nuestra vida. Si logramos que en nuestra diócesis todas las eucaristías sean vivas, significativas y transformadoras, estaremos respondiendo a la gran expectativa de Jesús para nosotros: “Hagan esto en conmemoración mía” (Lc. 22, 19).

Esta triple tarea de evangelizar, santificar y conducir me compromete de un modo especial a vivir en contacto profundo con la Palabra de Dios, ser ejemplo de santidad y el primero que lava los pies a sus hermanos. Por eso les suplico su cercanía y su oración para que me ayuden a ser el pastor que Dios ha soñado para ustedes. Y si hablamos de sueños, permítanme soñar despierto. Quiero decirles algo que me encantó cuando lo escuché: vamos a hacer de Tlaxcala la diócesis más hermosa del mundo, porque aquí viviremos la unidad y el amor.

Por favor, levanten su mano aquellos de ustedes que conocieron al Sr. Obispo Don Luis Munive Escobar… Ahora levanten la mano los que conocieron al Sr. Obispo Don Jacinto Guerrero Torres… Y ahora también levanten su mano aquellos que conocieron al primer Obispo que llegó a estas tierras, Fray Julián Garcés… Estos queridos obispos se alegran y se unen a nosotros desde el cielo. No los dejemos morir, mantengamos vivo su recuerdo en nuestra mente y en nuestro corazón, y que su intercesión y buen ejemplo nos acompañen siempre.

El Sr. Nuncio Apostólico Don Cristophe Pierre está aquí en nombre del Santo Padre Benedicto XVI. Por favor, Excelencia, diga al Papa que en esta diócesis tlaxcalteca se le ama y estamos en comunión con él.

El encuentro de esta mañana con el Sr. Gobernador, Lic. Héctor Israel Ortiz Ortiz y la presencia en esta celebración de los señores Senadores, Diputados, Presidentes Municipales y demás autoridades civiles, refuerza nuestra consciencia de transformar esta entidad, ya que uniendo esfuerzos podremos beneficiar grandemente a la gente que estamos llamados a servir.

El Sr. Arz. Don Alberto Suárez Inda, el Presidente Municipal Lic. Fausto Vallejo Figueroa, los sacerdotes, religiosos y laicos de Morelia hacen presente a esa mi querida Arquidiócesis que me engendró a la vida, al bautismo, al presbiterado y al episcopado, y que me preparó para esta nueva encomienda en Tlaxcala; los llevaré siempre en mi corazón.

Al iniciar esta labor pastoral, alegre me integro a mi nueva Provincia Eclesiástica de Puebla con nuestro Arzobispo Don Rosendo Huesca Pacheco.

Es muy significativo que mis hermanos obispos, en medio de múltiples acciones pastorales, compartan con nosotros este acontecimiento eclesial. Con este gesto expresan la auténtica colegialidad y comunión episcopal que tanto me fortalecen.

Aquí veo a muchos familiares y amigos que han venido de diferentes partes de la República a brindarme su cariño y apoyo. Aprecio enormemente su esfuerzo por estar aquí y les digo que yo también los quiero y los tendré presentes en mi plegaria.

Quienes han organizado esta fiesta tan bonita en nuestro Seminario Diocesano: sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas, seminaristas y demás laicos de Tlaxcala han hecho un trabajo excelente, pero también sacrificado; que este homenaje lo reciba como únicamente suyo Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, ya que ustedes, en la persona del obispo, quieren ver, oír y tocar al mismo Cristo.

A través de mis hermanos Fiscales y Mayordomos y de todos mis hermanos tlaxcaltecas que han venido a esta celebración, descubro el rostro de aquellos que nos escuchan por la radio o que se han unido espiritualmente a nosotros desde sus comunidades. Espero acercarme a ellos muy pronto para saludarlos.

Gracias, muchas gracias a cada uno de ustedes por su presencia, su fe y su cariño.

Queridas hermanas, queridos hermanos, he aceptado libre y gozosamente como esposa a esta Iglesia de Tlaxcala, y quiero exclamar con el salmista: “Me ha tocado en herencia un lote hermoso, me encanta mi heredad” (Sal. 15). A todos ustedes les prometo vivir con fidelidad mi labor pastoral y amarlos siempre a la manera como Cristo ama a su Iglesia.

Que la Santísima Virgen María, nuestra Señora de Ocotlán, interceda por nosotros y camine siempre a nuestro lado. Así sea.

 

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