Celaya. 8 de mayo del 2008

 


Pentecostés

En estos días nos disponemos a celebrar la fiesta de Pentecostés que recuerda el regalo de Jesucristo resucitado al donar su Espíritu a la Iglesia y al mundo como garantía de la continuidad de la obra salvadora que, por voluntad del mismo Jesús, continuará a los largo de todo los siglos hasta su segunda venida al final de los tiempos. Pentecostés es la respuesta a la pregunta sobre cómo el Señor continuará su acción en su pueblo. En la fiesta de la Ascensión, celebrada el domingo anterior, el evangelio proclamado en la liturgia ponía en boca de Jesús el anuncio lleno de esperanza de que, no obstante su partida al Padre, estaría con los suyos hasta el fin del mundo. Una alegre noticia nos dejaba al saber que no abandonaba a sus discípulos aÚn cuando ya no lo vieran como sucedió a lo largo de su ministerio público.

Al ofrecer su presencia permanente aseguraba que la misión emprendida en su persona perduraría siempre sin interrupción alguna, es decir, que todo cuanto llevó a cabo en orden a la salvación del mundo tendría continuidad y los hombres podían seguir siendo salvados por el ministerio de la Iglesia fundada por él. La Ascensión al cielo que implicaba una separación física entre Jesús y sus discípulos, no sería motivo de tristeza por la certeza de que estaría siempre presente. Nadie podría ponerle límites a su acción salvadora que seguiría igual.

Su palabra sería predicada hasta los confines del universo, la reconciliación y el perdón de los pecados, junto con la posibilidad de recibir su cuerpo como alimento de vida eterna, se mantendría inalterable; y el servicio a los demás, en especial a los más pobres, quedaría el mismo por el ministerio de los pastores y de los demás discípulos.

Pentecostés es la clave para comprender el misterio de la presencia de Jesús a los largo de la historia con la certeza de no sentirnos abandonados, de no estar solos. Será el Espíritu Santo quien actuará en su nombre, quien fortalecerá a su Iglesia para cumplir su misión y quien llevará a cabo la liberación de toda esclavitud.

El libro de los Hechos de los Apóstoles en el capítulo dos, versículos del uno al cuatro, describe la venida del Espíritu Santo con estos términos: “Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido semejante a una ráfaga de viento impetuoso, y llenó toda la casa donde se encontraban, Entonces aparecieron lenguas como de fuego, que se repartían y se posaban sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según el Espíritu los movía a expresarse”. Y más adelante se dice que los judíos piadosos venidos de todas las naciones de la tierra quedaron desconcertados porque cada uno los oía hablar en su propia lengua.

Cabe señalar que, según el texto bíblico, el Espíritu Santo vino el día de Pentecostés, fiesta que pertenecía desde muy antiguo al calendario litúrgico judío. Su nombre, que significa cincuenta, se celebraba precisamente cincuenta días después de la Pascua. Aunque al principio, era una conmemoración de la cosecha del trigo, después se vinculó a la renovación de la Alianza. Desde el punto de vista cristiano, Pentecostés representa el cumplimiento de la promesa de parte de Jesús de enviar su Espíritu a su Iglesia. Con la fiesta de Pentecostés surge la Iglesia fecundada por el poder de lo alto y, fortalecida por el Espíritu, comienza su misión de llevar, sin temor alguno, el anuncio de Jesucristo muerto y resucitado fuente de salvación para todos.

El texto bíblico antes mencionado contiene una gran riqueza de significados que vale la pena tener presente para no quedarnos con la sola descripción literal; son hechos que necesitan de explicación y sólo así comprendemos que Pentecostés nos algo que pertenece al pasado, sino que invita a vivirlo ahora, en las actuales circunstancias.

En primer lugar, la venida del Espíritu Santo provoca un cambio radical en los discípulos quienes hasta ese momento no se atrevían a cumplir el mandato pedido por Jesús de llevar la buena noticia a todas partes. El miedo a los judíos los tenía paralizados y encerrados en lugares en donde podían sentirse seguros. Ahí nadie se metería con ellos, no tendrían persecución, no arriesgarían gran cosa, pero el evangelio quedaría sin ser anunciado. Gracias al Espíritu Santo los apóstoles entendieron que había de abandonar los miedos para comunicar el mensaje de Jesucristo frente a situaciones adversas. Con el Espíritu Santo se inicia la verdadera misión en la Iglesia.

Los católicos actuales hemos tenido el privilegio de recibir el Espíritu Santo en diversas ocasiones por la vía sacramental y nos enfrentamos a un mundo que no siente necesidad de Dios, a quien considera irrelevante. Y sabe de Jesucristo como un personaje interesante, pero que no le abre el corazón como el que es, el único salvador que se ha entregado por amor a todos hasta morir en la cruz. ¿No es verdad que muchos de nosotros parecemos mudos y que por falta de valentía no somos capaces de dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza? ¡Cómo urge un nuevo Pentecostés!

Otro hecho interesante es el de los apóstoles hablando en su propia lengua y cada uno de los presentes los entendía en la suya. En la construcción de la torre de Babel, Dios confundió a los suyos que se vieron impedidos de entenderse entre ellos por la diversidad de lenguas que en ese momento aparecieron. Así los castigó por su soberbia. Pentecostés rompe la barrera de la diferencia de lenguas porque todos entienden lo predicado por los apóstoles cada quien en su propia lengua.

No cabe duda de que Pentecostés es la gran fiesta de la misión y la que nos une en una sola lengua, la lengua del amor.

 

+ Lázaro Pérez Jiménez
Obispo de Celaya

 

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