Celaya. 21 de mayo del 2008


Aceptemos la lucha por el bien de los demás
Dios imprevisible

Recientemente hemos sabido a través de algunos medios de comunicación social que una artista de renombre en su ambiente, un luchador destacado en los cuadriláteros y uno de los empresarios más ricos del mundo, mexicano, decidieron emprender una serie de iniciativas con el objeto de recaudar fondos que permanentemente se habrán de invertir en la lucha por salvar a los niños con cáncer, enfermedad que ocupa el segundo lugar en el país de muertes de pequeños.

He tenido la oportunidad de seguir con atención las invitaciones que se le hace a la población para participar en eventos, con los que se da la oportunidad a muchas personas de sumarse a la causa y así agrandar el número de quienes podrían aportar recursos y de este modo emprender una verdadera lucha por algo noble, sin duda alguna bendecido por Dios. Iniciativas de esta índole hacen falta en México; son pequeños granos de arena, insignificantes a primera vista e insuficientes ante los grandes desafíos que están a la vista, pero que deben ser respaldados porque aportan en lo económico pero, más todavía, son un ejemplo de cómo la sociedad civil puede involucrarse en áreas difíciles en un país que, con todo y lo que se dice de su potencial económico, sigue siendo pobre debido a la injusta distribución de la riqueza que deja fuera del desarrollo social a más de veintiséis millones de hombres y mujeres.

Es evidente que acciones como éstas no son la solución para sacar al país del estado de postración en el que se encuentra. La solución al problema de la pobreza en México es complejo y hay que reconocer que las políticas internacionales, los malos gobiernos y el sistema neoliberal vigente han causado el peor de los desastres, la extrema miseria de hermanos nuestros que continúan esperando un nuevo amanecer, que un día el sol alumbre igual para todos y que no haya más gente excluida porque cada uno goza de la dignidad de ser persona humana, creado a imagen y semejanza de Dios. ¡Cuantos políticos y después gobernantes han defraudado al pueblo pobre con promesas incumplidas que se tradujeron en corrupción! Quienes mejoraron fueron ellos.

La lucha por abatir la muerte de niños con cáncer representa la toma de conciencia de que el Gobierno no puede asumir él solo las soluciones a los problemas que son inmensos y que, en la mayoría de los casos, lo rebasan ampliamente. Me parece paradójico y a la vez significativo el que mientras los políticos e intelectuales se enfrascan en discusiones acerca de una reforma energética que sólo refleja una lucha por el poder, surge de parte de algunos miembros de la sociedad civil el deseo y el compromiso de tender la mano al hermano en desgracia. ¡Qué contraste!

No dudo que surjan dudas sobre las intenciones de quienes integran este grupo un tanto plural. Tampoco faltará el piadoso que le extrañe que tal iniciativa no la tome la Iglesia católica que por siglos se ha caracterizado por testimoniar el amor preferencial por los más pobres. Sin olvidar este hecho histórico de la caridad impulsada por los católicos e inspirada en la doctrina social de la Iglesia, no existen motivos válidos para encadenar la acción del espíritu de Dios que sopla donde quiere y actúa a través de personas a las que misteriosamente llama a colaborar en la construcción de un mundo mejor independientemente de su creencia o condición social. Es el momento de contemplar la bondad de un proyecto y no perder el tiempo juzgando a sus impulsores. En todo caso, el futuro dará la razón al que la tiene y esclarecerá la verdad objetiva.

La libertad del espíritu de Dios para actuar y moverse donde quiere permite observar con atención tantos proyectos e iniciativas surgidos de la base o de personas no católicas que, de hecho, colaboran en la construcción del reino de Dios. Recientemente me informaron que en ciudad de S. Miguel Allende, que pertenece a esta Diócesis de Celaya, los protestantes americanos que ahí residen de años atrás se han ocupado de distribuir una buena cantidad de desayunos entre los niños más vulnerables de la población y con excelentes resultados para su salud integral. La noticia no me da celos ni, mucho menos, envidia; me alegra sobremanera. Me consta que los involucrados no buscan proselitismo religioso, no es su intención ganar gente para sus comunidades; son personas que, sensibles a las necesidades de otros, sienten el llamado del espíritu de Dios para actuar la solidaridad.

Me consta que en la Iglesia contamos con feligreses comprometidos con la causa de los pobres que es la causa de Jesucristo y no es mi deseo referirme a los de religiosos y religiosas que, por carisma propio, entienden su vocación como servicio y cercanía a los más necesitados. La Iglesia estará siempre agradecida con quienes, fieles a su llamado específico, han optado por contemplar el rostro de Cristo sufriente en los pobres y enfermos. Pero no podemos olvidar a los cientos de católicos que con profundo amor y respeto se entregan a quienes los necesitan en situaciones críticas. ¿Quién no ha conocido a mujeres, especialmente, que sin protagonismo ni cobro alguno pero con un amor exquisito se pasan horas enteras aliviando el dolor ajeno? Su testimonio transparenta el amor misericordioso de Dios que siempre está presente en la vida de sus hijos.

Juan Pablo II, en su Exhortación sobre el inicio del Nuevo Milenio, pide a los católicos reinventar la caridad con acciones trascendentes, que impacten en las personas e, incluso, en las mismas estructuras que, en ocasiones, son las generadoras de injusticia. La caridad urge hoy más que nunca y es por esto que al conocer iniciativas a favor de los marginados, como las que he mencionado, deben ser miradas con respeto y Dios quiera que se multipliquen porque podemos estar ciertos que lo gobernantes, con todas sus buenas intenciones, no podrán cubrir los requerimientos urgentes del pueblo pobre. Aceptemos la lucha por el bien de los demás sin falsos prejuicios que al fin y al cabo nuestro Dios nos sorprende por ser imprevisible.

 

+ Lázaro Pérez Jiménez
Obispo de Celaya

 

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