Morelia, Mich. 3 de mayo de 2008

 


HOMILIA DE S.E.MONS. CHRISTOPHE PIERRE
CONGRESO EUCARÍSTICO NACIONAL
FIESTA DE LA SANTA CRUZ
MORELIA, MICH.

1. Nos encontremos esta noche para celebrar la Eucarístia y prolongarla con un momento de procesión y de adoración del Santísimo Sacramento, en modo de expresar, como Pueblo de Dios, nuestra fe en su presencia real en medio de nosotros.

No es una coincidencia tampoco que hoy haya sido beatificada, en Roma, la M. María Magdalena de la Encarnación, Fundadora de las Adoratrices Perpetuas del Santísimo Sacramento, que cuenta con decenas de Monasterios en México. Nos alegramos con ellas y les agradecemos el don del carisma de adoración que ellas viven permanentemente para ayudarnos a vivir nuestra fe y para hacer crecer nuestra Iglesia.

Un Congreso Eucarístico, es un momento fuerte para ayudar a toda la Iglesia a tomar conciencia de la presencia de Dios en nuestro mundo.

El hombre tiene para Dios un valor tan grande, que se hizo hombre para poder com-padecer Él mismo con el hombre, de modo muy real, en Carne y Sangre, como nos manifiesta el relato de la Pasión de Jesús. El proyecto de Dios es aquel de enviar a su Hija para que, con su Encarnación, se quede con nosotros. Jesús vive con sus discípulos, los inicia en su proyecto de salvación que Él realizará sufriendo y muriendo para que ellos tengan la vida. Cristo Resucitado se ofrece a ellos y a nosotros con el don de su propio Cuerpo y Sangre; así tenemos la posibilidad de vivir de la Vida misma del Resucitado compartiendo su Cuerpo y su Sangre. Así podemos crecer con Él, en Él y por Él.

Esta noche, en este día en el cual la Iglesia celebra la Santa Cruz, hemos venido precisamente para venerar y adorar este Misterio. Como los discípulos al final del camino de Jerusalén a Emaús, cuando ellos sintieron arder sus corazones por la presencia de este Compañero que les explicaba el sentido de su vida a la luz de las Escrituras, como esos discípulos le decimos al Señor: “Quédate con nosotros, Señor”. Él se queda, rompe el Pan, desaparece, pero en ese momento, ellos abren sus ojos: ¡en la Eucaristía reconocen al Resucitado!

2. Toda la vida de Jesús, como la podemos contemplar en el Evangelio, es de hecho una preparación de sus discípulos a entender a vivir el Misterio Eucarístico.

Podríamos decir que ya desde las Bodas de Caná en Galilea, se entrevé el lejano acontecimiento Eucarístico.

En Caná de Galilea, Jesús fue invitado con sus discípulos y su Madre, María, a una fiesta muy humana, a una boda, tal vez el símbolo más perfecto de todas las fiestas. Jesús ha venido para compartir todo lo que vivimos. Sin embargo, como todas las fiestas humanas, hay límites, la alegría nunca es perfecta. También ahí es María quien observa que falta el vino, que es, como sabemos, símbolo de la alegría compartida. El banquete, sin vino, no es banquete. María, atenta a todo lo que para nosotros es importante, advierte que esa gente y ella misma, no pueden compartir la alegría de la fiesta. Por ello no teme de señalarlo a su Hijo: “No tienen vino”.

Jesús comparte la fiesta humana. Pero, al mismo tiempo, Él sabe el para que ha venido a este mundo. De ahí su respuesta sorprendentemente: “Mujer, no ha llegado mi hora”. Sabemos que esta “hora” será aquella que se cumplirá cuando celebrará las bodas de la Alianza entre Dios y el hombre para restablecer la humanidad en comunión perfecta con Dios.

Jesús invita y a su Madre también, a ponerse en espera de esta “hora”, indicándole que esta es la razón por la cual Él ha venido. No tanto para resolver un problema inmediato (así lo quería también Martha cuando murió su hermano Lázaro), cuanto para abrir, a nosotros que vivimos en este mundo, una perspectiva de salvación eterna. Sí, María debe aprender a esperar y a prepararse para esta “hora”.

María, que medita todas estas cosas conservándolas en su corazón, lo entiende y a su vez invita a los servidores a hacer “lo que Él les diga”. María nos invita a prestar atención a Cristo, a su presencia en este mundo, a su palabra y en particular a los signos que Él nos dará. María nos invita a la obediencia.

La palabra que pronuncia Jesús desde ese día, es la de llenar de agua las seis tinajas, haciendo notar que nada podía hacer sin nuestra colaboración.

Esas tinajas vacías pueden ser símbolos de nuestra vida; símbolos del mundo en el cual vivimos; símbolos de nuestra cultura. Una vida, un mundo, una cultura, muchas veces sin sentido, aparentemente vacías. Jesús nos invita a llenar ese vació.

a) El mundo en el cual vivimos, nuestras vidas, muchas veces han perdido el sentido de la fiesta. Cuánta tristeza, cuánta desarmonía, cuánta falta de coherencia, con una voluntad limitada para hacer solamente cosas útiles e inmediatas. Soñamos ser eficientes y nos olvidamos del gratuito; nos olvidamos de la fiesta. No tenemos tiempo para compartir, para acoger, para ofrecer, para adornar. No tenemos tiempo para perder y al final nuestra vida se queda vacía.

b) Vivimos en un mundo que tiende a perder el sentido del compartir, del dar. ¿Cuánta pobreza y exclusión en nuestras sociedades, en nuestras familias, en nuestros países, en nuestro mundo? ¿Cuánta miseria que degrada a millones de personas? ¿Cuántos niños maltratados? ¿Cuántas injusticias? ¿Cuánta incapacidad para compartir la riqueza, con diferencias escandalosas entre ricos y pobres? Pretendemos poseer las técnicas para organizar mejor nuestra sociedad, en modo de poder ofrecer, a todos, los medios para una vida feliz. Lamentablemente, muchas veces estas intenciones esconden una incapacidad para dar, un egoísmo. Nuestro mundo, nuestras vidas, nuestra cultura, parecen haber olvidado lo que es el don.

c) Nuestro mundo y hasta nosotros mismos, hemos perdido o dejamos perder la memoria tan importante para poder dar sentido a nuestro presente. Cuántos, especialmente entre nuestros hijos, no reciben de sus padres, de sus maestros, de sus dirigentes, este patrimonio de positiva tradición para poder hacerles vivir con raíces. Nuestra cultura exalta el fragmento de vida de hoy, idealiza el presente; propone como ideal el estar bien hoy. No hay nadie para relacionarnos con el pasado y con sus valores, con su cultura. Sin memoria, los hombres de hoy se encuentran incapacitados para construir el edificio de su vida sobre bases sólidas.

d) Nuestro mundo en consecuencia, tiene dificultad para abrirse a un futuro verdadero. Tenemos, cierto, la memoria de la computadora, podemos acumular datos. Tenemos, también, el futuro de la computadora. Pero ¿eso será fuente de esperanza en un futuro que pueda llenar nuestra vida y entusiasmarnos, dando sentido a nuestra vida? ¿Quién se atreve hoy a anunciar un futuro para la humanidad que no sea solamente utopía o sueño?

e) Nuestro mundo parece olvidarse de lo que es bello. Tantas situaciones humanas, espirituales, culturales parecen, hoy, más bien feas a causa de tantas fracturas producidas por nuestra cultura. Fracturas entre pasado, presente y futuro. Cuántos de nosotros recorremos nuestra vida sin percibir un horizonte, preocupados por resolver los problemas inmediatos y sin tener nunca el tiempo para preguntarnos por qué lo hacemos. Nuestros días están llenos de cosas por hacer y vacíos de contemplación. Enseñamos a nuestros hijos en la familia y en la escuela a ser útiles y nos olvidamos de ayudarlos a desarrollar su humanidad. Nos hemos olvidado de que no hay amor si no hay amor si no hay respeto a la vida y de que no hay vida, sin verdadero amor. Hemos olvidado el papel esencial de la familia como lugar de nacimiento y crecimiento de personas humanas, libres y responsables. Sobre todo, hemos olvidado que el ser humano es sagrado y no puede ser, de ninguna manera, manipulado como si fuera un simple objeto.

f) Nuestro mundo carece de silencio. Cuántas vidas parecen vacías porque no hay contemplación, escucha, diálogo. El mundo en el cual vivimos se parece, a veces, a Babel, donde nadie escucha a nadie; donde tantos viven profundas crisis de relación, falta de afectividad, falta de ternura.

Estas son algunas de nuestras tinajas vacías que el Señor nos pide llenar; Él nos invita a rescatar nuestra existencia para que nuestras vidas sean más humanas. Él nos invita a tomar nuevos caminos para reencontrar el sentido de la fiesta, del don y del compartir, de una sana tradición para vivir según los verdaderos valores que a lo largo de los siglos han construido nuestra humanidad; para ofrecer al mundo de hoy una verdadera esperanza, luchando contra todas las fracturas y desarmonías, y finalmente para ofrecer a todos la alegría del silencio y de la contemplación. Eso será posible si no nos dejamos desanimar por un mundo que se aleja de Dios, que no cree en Él y que no escucha sus palabras. Por ello precisamente María dijo a los servidores y nos dice a nosotros: “Hagan lo que Él les diga”. No tengan miedo de obedecerle. La fe en Él nos da también la fuerza de cambiar la realidad, nuestra realidad, a veces tan vacía, para llenarla de sentido humano.

3. Esta realidad será el agua con la cual llenaremos nuestras tinajas vacías que Cristo, cambiará en vino. Gracias a este vino nuevo, las Bodas de Caná reencuentran el sentido de fiesta y de construcción de una comunidad humana, con su dimensión de compartir, de don y de alegría. Cambiando nuestra agua en vino, como en Caná, Cristo nos manifiesta un signo de su presencia, acompañándonos en nuestros esfuerzos y trabajos por cambiar el mundo y nuestras vidas, haciéndolas más conformes a su plan de armonía y de amor. Él ha venido para revelarnos lo que es la verdadera humanidad, cuando se encuentra en comunión con Dios. Él ha venido para estar, en nombre de Dios, en comunión con nosotros.

4. Sin embargo, Cristo no solamente nos acompaña en nuestros esfuerzos por rehacer nuestra humanidad para que sea más bella. Lo que pasó en Caná de Galilea era solamente un signo, una preparación. Jesús fue enviado por su Padre porque somos incapaces de liberarnos con nuestras propias fuerzas de la esclavitud del pecado y de la muerte física y espiritual. Solamente la fuerza de su amor que Dios nos propone en Jesús que sufre por nosotros y da su vida para salvarnos, podrá darnos la pureza original y restablecer nuestra comunión con Dios. En el Don Eucarístico somos asociados al sufrimiento y a la muerte de Jesús y ya desde ahora tenemos en nosotros la semilla de la Resurrección. El pan y el vino de nuestras existencias son transformados en su Cuerpo y su Sangre. Comiendo su Cuerpo y bebiendo su Sangre, comulgando con Dios que se da en Jesús, reencontramos nuestra verdadera identidad de criaturas llamadas a vivir en la libertad del amor recibido y compartido. Descubrimos que nuestro caminar en este mundo tiene como objetivo el encuentro con Dios y la vida eterna. Aprendemos a dar sentido a nuestra vida cotidiana gracias a esta presencia del Cristo Resucitado que acogemos en la Eucaristía: ella nos ayuda a buscar y a vivir concretamente, en la alegría, el don, el compartir y a rescatar la belleza de nuestras vidas heridas. Acogiendo a cada instante a este Dios que transforma nuestra vida con el milagro de la Eucaristía, nos volvemos capaces de construir la “civilización del amor” y de la esperanza.

5. Juan Pablo II llamó justamente a María la “mujer Eucarística”. Ella pidió a los servidores en Caná de Galilea, de hacer lo que Él les dijera. Nos lo pide también a nosotros. Con fe acojamos a su Hijo enviado por Dios Padre para salvarnos. En la Eucaristía encontramos este amor salvador.



 

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