Ciudad de México, 9 de enero de 2008

 

TERRENA

‘ Jean Cusset, ateo con excepción de la vez que entró en la Catedral de Colonia, dio un nuevo sorbo a su martini -con dos aceitunas, como siempre- y continuó:

-El problema de las religiones es que establecen una radical separación entre el mundo de lo natural y el mundo de lo sobrenatural. En eso se basan todas las religiones: en la división entre el mundo que vemos y otro que sólo podemos conocer a través de lo que nos dicen los profesionales de cada religión.

-Sin embargo -siguió diciendo Jean Cusset- para los niños (que son como santos) y para los santos (que son como niños) no existe esa división. Para ellos lo prodigioso es muy sencillo y lo sencillo es algo prodigioso. Seremos mejores el día en que aprendamos a ver lo sobrenatural como algo muy natural y lo natural como algo verdaderamente sobrenatural.

Así dijo Jean Cusset. Y dio el último sorbo a su martini, con dos aceitunas, como siempre’.

Ignoro si cuando Armando Fuentes Aguirre escribió estas palabras pensaba en la más santa de las niñas y la más niña de las santas. A María lo más sobrenatural del cielo se le había convertido en lágrimas y en saliva, en vagidos y balbuceos. Ella iba y venía de la tierra al cielo y del cielo a la tierra como si tal cosa, o, mejor dicho, ni iba ni venía, porque el cielo y la tierra eran ya uno. El cielo estaba bajo su techo y su casa era ya el cielo.


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