Ciudad de México, 20 de febrero de 2008

 

La prueba de la sequedad

En el Cantar de los cantares, la esposa goza con los dones que recibe del Amado. Pero el Amado ve que ella está unida a esos dones por los consuelos que le proporcionan y le retira la manifestación sensible de su amor . A primera vista pudiéramos decir: ¿no será ésta ya demasiada exigencia de nuestro Señor? Si no quiere que nos apeguemos a sus gracias, ¿para qué nos las da? Aún más: ¿no son estas gracias los medios que tiene previstos para hacernos llegar a Él?

Quizá un paralelismo en el amor humano nos ayude a comprender ese modo del proceder divino. Imaginemos a un hombre que lleva regalos a su prometida: flores, joyas, vestidos. Ella, demasiado vanidosa, se entretiene de tal manera en los regalos que apenas hace caso del enamorado. ¿Quedará éste satisfecho? Es claro que no, pues le ha llevado a ella esos regalos para que lo ame más a él, no para que se distraiga a tal punto con esos objetos que en cierta manera desdeñe a aquel a quien debe amar.

Algo parecido puede ocurrir a nuestra alma con los consuelos espirituales. Después de todo, no son los consuelos lo que ha de ocupar nuestro corazón, sino el mismo Dios. Sólo Él, al margen de lo dichosos que nos haga. Es preciso que nuestro corazón esté desprendido de todas las criaturas, aun de las espirituales, para que Dios sea el único, absolutamente el único, que ocupe nuestro corazón.

No hay otro camino para la perfecta unión. Si nos pareciera que las penas interiores, las desolaciones, son el camino más directo, el más seguro, el más corto para ir a Dios no habríamos dicho toda la verdad. Deberíamos decir que son el único camino. No sólo el más recto ni el más seguro: el único.

Por eso Dios continúa el proceso purificador de nuestra alma no sólo retirando sus dones, sino haciendo como que Él mismo se retira. Hace como que se retira Él mismo, para que la aparente ausencia mueva a la esposa a desearlo y a buscarlo: el Amado la ama tanto que quiere que ella, el alma, sea absolutamente perfecta en su amor por Él. El amor de la esposa es lo bastante firme como para soportar la prueba y cuando Él vuelve, su amor es más puro . Para eso nos prueba Dios, y nosotros hemos de comprenderlo así, como lo comprenden los santos: Dios, para introducirnos en la intimidad de su palacio tiene que probar nuestra fidelidad con todo tipo de sufrimientos, incluidos los espirituales. La Beata carmelita Isabel de la Trinidad escribía a su hermana diciéndole:

“...también yo tengo necesidad de buscar a mi Maestro que se oculta muy bien. Pero entonces despierto mi fe y estoy muy contenta de no gozar su presencia, para hacerlo gozar a Él de mi amor” (Carta, 15 de julio de 1906).

Dios actuará de este modo sobre nuestra alma en épocas que Él juzgue oportunas y con la intensidad que determine su Sabiduría infinita. La priva, dijimos, de las manifestaciones sensibles de su Amor. Si eso nos ocurre alguna vez, o es de hecho el modo ordinario con que Dios nos trata, resulta la ocasión propicia para continuar amándolo con el mismo amor y confiando en la fidelidad del Amor del Amado por nosotros. No deberemos caer en la tentación de abocarnos a otras distracciones; más aún: hemos de evitar todo consuelo y consagrar más tiempo a la búsqueda de Dios. Cuando nos encontremos así, una idea clara al menos habremos de conservar, como asidero en la oscuridad: mirar a Dios, buscar a Dios, estar con Él, asirnos a Él con redoblada determinación. En alta mar, navegando en noche cerrada, cuando carece el timonel de la orientación de las estrellas, permanece sin embargo nítido el sentido de la brújula. Indica siempre el norte, no importando si la nave se dirige al sur o al este. En la turbación interior o sumidos en la sequedad, nuestro único rumbo seguro es ir a Dios, aunque todo parezca a contracorriente y sin sentido. A Dios no se le escapa nada de las manos, y este penoso estado en que nos sume no es sino una nueva manifestación de que nos ama. Así ensancha el Amado la capacidad de amor de nuestra alma, pero si ella no hubiera sido fiel esto habría resultado imposible.

“A menudo -Dios me es testigo-, he creído que el Esposo se acercaba a mí, y que estaba conmigo, en la medida de lo posible; luego se ha ido de repente, y no he logrado encontrar a quien buscaba. De nuevo tengo ganas de desear su venida, y quizá Él viene. Y cuando se me aparece, cuando lo tengo en mis manos, he aquí que otra vez se escapa, y una vez desaparecido me pongo otra vez a buscarlo. Esto sucede con frecuencia, hasta que verdaderamente lo posea y suba, apoyada en mi Amado” (ORÍGENES, In Cant. Cant. 1, 7)

Todo esto se aclara cuando pensamos que Dios acepta nuestro amor, pero ello no significa que quede inmediatamente satisfecho. Nos ama tanto que busca intensificar nuestro deseo de ir a Él. Las aparentes ausencias divinas -explica San Juan de la Cruz-

“...sirven para avivar la noticia y aumentar el apetito y, por consiguiente, el dolor y el ansia de ver a Dios” (Cántico 1, 19)

Incluso el mismo Jesús quiso privar a su Madre de la cercanía de su presencia física durante tres días, y eso le ocasionó a Ella un dolor inmenso. Mientras más grande es el amor aumenta también el sentimiento de la ausencia, y nuestra compasión se dirige a dar pronto consuelo a un Corazón materno turbado por la pena del Niño que se le perdió: “Yo encontré al Amado de mi alma; yo lo así y no lo dejaré” (Cant. 3, 4). “Asidlo, oh dulce Señora, asid al que amáis, arrojaos a su cuello, abrazadle, besadle, compensad por caricias multiplicadoras la ausencia de tres días. “Hijo, ¿por qué lo hiciste así con nosotros? Mira que tu padre y yo angustiados te estábamos buscando” (Lucas 2, 48). Una vez más, yo os lo pido, oh dulce Señora, ¿por qué os lamentabais vos? No, no era el hambre o la sed ni las privaciones las que vos temíais para el Infante; sabíais que era Dios. Lamentabais solamente que os hubiera sustraído, aun por un momento, las delicias inefables de su presencia. ¡Es tan dulce el Señor para quien le gusta, tan hermoso para quien le ve, tan suave para quien le abraza, que una pequeña ausencia causa un gran dolor!”.


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