Ciudad de México, 27 de febrero de 2008

 

Presencia de inhabitación

Comunicar con Dios en trato de intimidad es posible no tanto porque Él esté presente en nosotros como Creador, con su presencia de inmensidad, sino por la presencia suya de inhabitación en nuestra alma en gracia. Si nuestra contemplación no se basa en la fe de esta cercanísima compañía divina, podría quedar en una nebulosa el porqué y el cómo de nuestra íntima conversación con Dios.

Mayor a cualquier regalo imaginable, la gracia que Dios infunde en nuestra alma nos hace participar de la naturaleza divina y hacernos así capaces de tratarlo familiarmente. Tan realmente, tan sustancialmente como los bienaventurados poseen a Dios, lo poseemos nosotros desde el momento en que nuestra alma recibió la gracia. Cuando lleguemos a la vida eterna no será necesario voltear a la derecha o a la izquierda: todo el cielo brotará de las profundidades de nuestro interior. En el fondo, el cielo y el alma en gracia son una misma cosa, porque Dios está en el alma: sólo hace falta el tiempo de la cosecha (Carta a los jóvenes, 31-III-1985, n. 14).

Sin embargo, a pesar de la grandiosidad del don recibido de Dios, para muchos de nosotros el primer escollo será el mismo nombre: gracia. Este vocablo teológico nos parecerá un tanto frío, remotamente emparentado con lo ‘gratuito’ y con lo ‘grato’. Pudiera ser una expresión, diríamos hoy, con poco marketing. Juan Pablo II nos sugiere otra, que de entrada nos dirá más: la gracia como ‘el don de Sí’, el regalo de Dios que es Dios mismo, “la gratuita entrega de Sí mismo”.


Atisba el amor humano ese deseo de no ser para el amado sino el mismo regalo que se da. La fuerza del deseo de la unión la magnitud del don deseado no puede ser sino el propio amante. Es imposible lograrlo en el amor finito, pero no lo es para el Amor omnipotente, aunque al amor finito le quede el recurso de la expresión de un ansia así:

¿Regalo, don, entrega? Símbolo puro, signo de que me quiero dar.
Qué dolor, separarme de aquello que te entrego y que te pertenece sin más destino ya que ser tuyo, de ti, mientras que yo me quedo en la otra orilla, solo, todavía tan mío.
Cómo quisiera ser eso que yo te doy y no quien te lo da”.
(Pedro Salinas, La voz a ti debida)


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