Ciudad de México, 05 de Marzo de 2008

 

La pasión del señor

Cuenta el padre Bruckberger que desearía volver a Viena sólo para ir a ver el gran cuadro de Brueghel el Viejo llamado “Jesús con la cruz a cuestas”. Por lo que recuerdo se diría de lejos un inmenso ramillete de flores. Al acercarse, uno descubre que cada una de esas “flores” es un medallón tratado como miniatura que representa una escena diferente. Entonces se va de descubrimiento en descubrimiento. No recuerdo los detalles, o más bien he vivido tanto con ese cuadro en mi corazón y me ha acompañado tanto, que seguramente he inventado detalles: hay un hombre asaltado por ladrones, una mujer abandonada, un hombre asesinado por la espalda, una madre que tiene en sus rodillas el cadáver de su niñito, un leproso con sus sonajas, una mujer que pare con dolor, un agonizante en su lecho de muerte, un acusado ante sus jueces, un condenado al que van a ahorcar, y prescindo de tantos como invento, pero del significado del cuadro me acuerdo muy bien: es un inventario del dolor humano. Ahora bien, entre todos los medallones, tratado como cualquiera de ellos, ni siquiera en el centro del cuadro, sino perdido entre la masa al azar, está Jesús con la cruz a cuestas.

La pasión de nuestro Señor Jesucristo tiene un camino de ida y uno de vuelta. Por el primero, Dios entra en toda pena humana y, por el otro, cada hombre entra en la pena de Dios. Sí: a cada uno nos es posible asociar nuestro dolor al de Jesús y, por amor, entrar en la pasión del Señor, compartirla con nuestra compasión. El gesto elemental de la santidad cristiana será siempre –concluye Bruckberger- el de Simón Cireneo: ayudar a Jesús a llevar su cruz.

Manantial inagotable de oración será para nosotros la historia de la Pasión y Muerte de Jesús. Hemos de obligarnos a no pasar deprisa esas páginas que nos narran el tremendo holocausto del Señor, queriendo detenernos sólo en aquellas donde se muestra con poética dulzura la figura de nuestro Salvador. Porque es preciso acometer de frente el dramatismo del Calvario para realizar cada uno nuestro personal acontecer pascual, sólo si en nuestra existencia se dan de hecho la pasión y la muerte, podremos luego resucitar en Jesús. Hasta entonces Él podrá pedirnos nuestro concurso en el drama que continúa hasta el fin de los tiempos: Tienes que repetir en ti los Misterios de mi paso por la tierra. Yo no estoy ya más con mi presencia visible en el mundo, ni puedo volver a derramar mi Sangre ni entregar mi Vida. Pero tú sí. Eres la Hostia que hoy puedo ofrecer al Padre y Él te recibirá lleno de gozo... repite mi entrega en la Cruz y mi presencia oculta y silenciosa en el Sagrario. Hostia que se inmola y Hostia que permanece siempre amando, en el silencio, en la oscuridad, en la incomprensión...

El Catecismo enseña una profunda verdad cuando dice que todo lo que Cristo vivió hace que podamos vivirlo en Él y que Él lo viva en nosotros. "El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido en cierto modo con todo hombre" (GS 22, 2). Estamos llamados a no ser más que una sola cosa con Él; nos hace comulgar en cuanto miembros de su Cuerpo en lo que Él vivió en su carne por nosotros y como modelo nuestro:

‘Debemos continuar y cumplir en nosotros los estados y Misterios de Jesús, y pedirle con frecuencia que los realice y lleve a plenitud en nosotros y en toda su Iglesia... Porque el Hijo de Dios tiene el designio de hacer participar y de extender y continuar sus Misterios en nosotros y en toda su Iglesia por las gracias que El quiere comunicarnos y por los efectos que quiere obrar en nosotros gracias a estos Misterios. Y por este medio quiere cumplirlos en nosotros (S. Juan Eudes, regn.).

Jesús nos invita a aceptar conscientemente la unión con su Cruz porque es la única manera de recibir los frutos redentores que en ella nos obtuvo. De ahí que nuestra vida toda -como la suya- acabe por no ser otra cosa que un padecer amando, con las penas que Él disponga (muchas veces incomprensibles), experimentando sufrimientos verdaderos que no sean solamente tolerados sino -también como Él- gozosamente buscados, deseados, anhelados, ansiados. Si eres flagelado, invita un Padre de la Iglesia, pide mayores tormentos... prueba la hiel, bebe el vinagre, busca los salivazos, recibe las bofetadas y los puñetazos, esfuérzate por coronarte de espinas... finalmente, con ánimo viril, déjate crucificar: muere junto con Cristo, hazte sepultar para resucitar con Él, para reinar con Él.

Lo anterior puede ser fácil de leer pero muy difícil de desear con corazón sincero. Preguntémonos si cada día, al empezar nuestra jornada, estaríamos dispuestos a decirle al Padre: Hoy, Padre Eterno, deseo unirme a tu Hijo: mándame la cruz. No me des consuelos ni dulzuras, porque este día quiero sufrir todo cuanto disponga tu Amor misericordioso. No importa lo duro que resulte, sólo te pido saber amar profundamente cada designio tuyo. De hacerlo, llegaríamos a entender por qué el Padre, que nos ama tanto como ama a su Verbo, no puede menos de pedirnos a cada uno la correspondencia total a su Amor, y que la mejor manera de demostrarle que estamos dispuestos a ello es la misma que ideó para su Hijo: pidiéndonos también toda nuestra sangre. Se dejará oír de nuevo el misterioso anhelo suyo: quiero tu sangre, y sabremos comprender que esa frase es un grito de amor.

Y es que en la tierra no se conoce sino a medias el amor, y por eso muy difícilmente comprendemos esta ansia de sufrimiento y de sangre que tiene el Amor divino. En la Escritura encontramos a veces frases desconcertantes en este sentido, como aquella de Hebreos 12, 6 que dice: ...porque a quien ama, corrígele el Señor, y azota a todo hijo que por suyo reconoce. Necesitamos ser tratados así, explica santo Tomás, no ciertamente para nuestra ruina, sino para nuestra salvación... Pues aquellos a quienes no castiga Dios no están en el número de sus amigos... y la ausencia de graves pruebas es como un signo de reprobación. Pues así es, aunque resulte paradójico: el amor quiere sangre. El Amor infinito del Padre -por infinito- es insaciable: quiso la Sangre de Jesús y esa Sangre, para responder al anhelo divino, se vierte a cada instante sobre los altares y se derrama en silencio sobre las almas transformadas por Él. ¿Quién es el que viene de Edom, el que viene de Bosra, el que viene con los vestidos teñidos de rojo?. Comenta san Jerónimo: La única respuesta digna es devolver sangre por sangre.

Si el Padre celestial acaba pidiendo también nuestra sangre es porque esa sangre es la de Jesús: la medida del sufrimiento de Cristo es la medida del sufrimiento del justo. Busquemos que esa Sangre se derrame sobre nosotros, dejemos que cada Llaga de Cristo nos inunde y purifique a través de la contemplación de cada una y la aceptación de las pruebas que Él quiera enviarnos. El ansia ardiente de la unión y el deseo de vernos libres de las manchas que nos impiden tal intimidad nos llevará a exclamar: Lávame más y más de todas mis maldades, rocíame con tu Sangre . Veremos entonces con santa Catalina de Siena que no podemos tener fuego sin sangre, ni sangre sin fuego; es decir, amor sin sufrimiento, ni verdadero sufrimiento -sufrimiento de Cristo- sin que sea profundamente amado. Buscaremos entonces anegarnos en aquella Sangre preciosa que borra toda iniquidad y embriaga de dulzura: En la Sangre hallamos la fuente de la misericordia; en la Sangre, la clemencia; en la Sangre, el fuego, y en la Sangre, la piedad... Embriaguémonos con esta preciosa Sangre... esta Sangre nos hará llevar y sufrir todas las penas con santa paciencia, hasta gloriarnos con San Pablo en las tribulaciones, deseando conformarnos con Cristo crucificado y vestirnos de sus oprobios por la honra de Dios y por la salud de las almas... Esta Sangre quita toda pena y da todo deleite; priva al hombre de sí mismo y lo hace encontrarse con Dios... Debemos, por tanto, tener continuamente en la memoria aquella Sangre derramada con tanto fuego de amor.

Eso se facilitará luego de realizar contemplativamente muchas veces el recorrido de la pasión de Jesús, pasión que dejó grabadas en Él las marcas con que se sigue haciendo presente, resucitado y glorioso, por toda la eternidad. Ha quedado impreso en su Cuerpo un retablo de dolores, en el que contemplamos Sangre de Amor por todas partes: en las llagas de sus manos y sus pies, en la herida de su costado y en todas las llagas de su flagelación... y también en las laceraciones que no se ven, las invisibles llagas que le causan en su Alma los pecados de todos los tiempos. Si Él ha querido que permanezcan abiertas es para que pueda refugiarse en ellas todo el que lo busca, como oye san Pedro Crisólogo: Estas Llagas no provocan mis gemidos, lo que hacen es introduciros más en mis entrañas. Mi Cuerpo al ser extendido en la Cruz os acoge con un seno más dilatado pero no aumenta mi sufrimiento. Mi Sangre no es para mí una pérdida, sino el precio de vuestro rescate.

Un día, relata santa Gema Galgani, hallándome delante de una imagen del Corazón de Jesús, dije: ‘¡Oh, Jesús mío, os quisiera amar mucho, pero no sé hacerlo!’ Oí la misma voz: ‘¿Quieres amar continuamente a Jesús? No ceses un momento de sufrir por Él. La cruz es el trono de los verdaderos amantes de Jesús. La Cruz es en esta vida el patrimonio de los elegidos.


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