Ciudad de México, 12 de Marzo de 2008

 

María de los dolores

El mismo Dios, que había protegido a María de la riqueza, del brillo, de la apariencia, de todo lo que los hombres verdaderamente amamos, no quiso, sin embargo, alejarla de la cruz. Porque Dios sabía muy bien que el dolor es lo más alto que ha existido en toda la historia de la raza humana. Era necesario que Ella estuviera allí, aunque sufriera, aunque sólo fuera para que nosotros comprendiéramos un poco mejor que el dolor y el amor acaban siempre por volverse una misma cosa.

María, nuestra Madre, se nos manifiesta grande en Nazaret, grande en Belén, pero donde aparece realmente en toda su grandeza es al pie de la cruz de su Hijo. Ella no estuvo rodeada de ángeles que le iban explicando el sentido de lo que ocurría. Así como ocurre con nosotros, Ella tampoco comprendía muchas cosas, como cuando su Hijo se perdió en el Templo: Ellos (María y José, dice el Evangelio) no comprendieron lo que les decía. María nos enseña a entrar en los planes de Dios con los ojos cerrados y el corazón abierto.

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