Ciudad de México, 30 de Abril de 2008


La Ascensión del Señor a los Cielos


Lucas 24
50 Los sacó hasta cerca de Betania y, alzando sus manos, los bendijo.
51 Y sucedió que, mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo.
52 Ellos, después de postrarse ante él, se volvieron a Jerusalén con gran gozo,
53 y estaban siempre en el Templo alabando a Dios.


Es la conclusión del evangelio de San Lucas. Después de su muerte y resurrección Jesús permanece con sus apóstoles cuarenta días, hablando con ellos muchas cosas y revelándoles los misterios del Reino de los cielos. Les dice que permanezcan en Jerusalén aguardando la promesa del Espíritu Santo. Luego de comer, narra el mismo san Lucas en el libro de los Hechos, sale con ellos de la casa donde estaban y salen de las murallas de la ciudad. Atraviesan el torrente Cedrón, cruzan el Huerto de Getsemaní (el Señor, seguramente miraría con cariño ese lugar, testigo de su terrible agonía) y sube por el monte de los Olivos, hasta la cumbre de ese monte, cerca de Betania.

1) La Ascensión de Jesús en sí misma y para nosotros

¿Qué sentido tiene este acontecimiento de nuestro Señor Jesucristo? No se trata de conocimientos extrínsecos, ya que cualquier acontecimiento que ha tenido lugar en la vida de Jesús influye y determina nuestra propia existencia. “Cristo revela al hombre el propio hombre, y le descubre la grandeza de su vocación”, enseñó el Concilio. ¿Qué derivación concreta puede tener este acontecimiento de fe? ¿Este hecho que ocurrió hace dos mil años y que le ocurrió a Jesús?

A veces podemos pensar en la historia de Jesús como pensamos en cualquier otra historia. Hay gente que se especializa en tal o cual suceso de la historia. De la historia de los hombres o de la historia natural. Recordamos que hace unos años, a propósito de una película de Walt Disney sobre dinosaurios hubo una especie de furor por esa época de la historia. ¿Por qué desaparecieron esos animales inmensos? ¿Qué importancia tuvieron o que importancia tienen hoy? No lo sé, pero lo que sí sé es que no puedo pensar en los acontecimientos históricos de Jesús como realidades inconexas con mi vida presente y tampoco con mi futuro. Tratemos de ver, a la luz de la fe, qué supone el hecho de que Cristo haya ascendido a los cielos. No son teorías: transforma nuestra manera de ser.

Y es que cuando conocemos a Jesucristo no podemos olvidar que estamos pensando en una persona. Y que esa persona es nuestro Salvador. Lo que le ocurrió me afecta vitalmente. Él mismo lo dijo: El que cree en el Hijo tiene vida eterna; el que rehúsa creer en el Hijo, no verá la vida, sino que la cólera de Dios permanece sobre él (Jn 3,36). Tenemos la vida eterna con la fe en Jesús. No se trata de hacer muchísimas cosas, sino tener una total y absoluta fe en Jesucristo. Como sus apóstoles, no como los jefes religiosos de los judíos, que se cerraron.

Es un conocimiento que nos marca. Hay muchos conocimientos que no nos marcan, como lo que conozco de la lectura de una revista superficial. Pero otros sí nos marcan, concretamente el conocimiento de ciertas personas puede y debe dejar huella en nuestra vida. Mi vida eterna depende de que yo conozca a Jesucristo. Y lo quiero conocer también porque Él es el objeto de mi amor. Ahora le preguntamos: ¿Cómo puedo conocer este misterio? ¿Qué significa que te hayas ido y no estés más con tu presencia visible entre nosotros?

No se trata de decir: se fue, y ya. ¿Qué sentido tiene? ¿A dónde se fue? ¿Qué tiene que ver esto conmigo? Recurrimos al depósito de nuestra fe, a la enseñanza del Magisterio de la Iglesia. Dice así el Catecismo (n. 659)

“La última aparición de Jesús termina con la entrada irreversible de su humanidad en la gloria divina”

¿Qué está pasando cuando Cristo se va al cielo? Cristo tenía su cuerpo glorioso, pero quedaba velado por una realidad humana ordinaria. A partir de ahora ya no. Un cuerpo humano está plenamente en el centro de la Trinidad. Hay materia de carne humana y realidad espiritual de alma en la misma Trinidad. Eso es lo que está haciendo. Está ya totalmente metido en Dios, totalmente poseído por la divinización.

Nos está antecediendo. La primicia de lo que yo seré es lo que Cristo está realizando ahora en su Ascensión. Por eso es una gran fiesta. Por eso es un dogma de fe que me marca, que no resulta algo así como el conocimiento de los dinosaurios o la noticia frívola del periódico que leí ayer. Son verdades que debo saber, porque me han sido reveladas y me descubren cómo transcurrirá mi eternidad. Me hacen ver que el proyecto divino supera los más audaces sueños del mayor de los soñadores que se hayan dado cita en la tierra. Sigamos oyendo al Catecismo (n. 661):

“Dejada a sus fuerzas naturales, la humanidad no tiene acceso a la "Casa del Padre" (Jn 14, 2), a la vida y a la felicidad de Dios. Solo Cristo ha podido abrir este acceso al hombre, "ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su Reino" (MR, Prefacio de la Ascensión)”

No podemos entrar a la casa del Padre, no de ninguna manera. ¿Cómo podríamos estar conviviendo en intimidad con la misma divinidad, participar de todo lo suyo? Imposible. ¿Qué consorcio puede haber entre un Espíritu purísimo y esta carne nuestra, pasto de comida de gusanos, objeto de corrupción? ¡Cristo ha hecho el prodigio! ¡Hay carne humana y espíritu creado de alma humana en un rincón de la Trinidad! Hay un paso franco, ¿quieres entrar?

La ascensión de Jesucristo marca la entrada definitiva de la humanidad de Jesús en el dominio celeste de Dios de donde ha de volver (cf. Hch 1, 11), aunque mientras tanto lo esconde a los ojos de los hombres (cf. Col 3, 3) (Catecismo 665)

El prodigio de la Carne metida en la Divinidad. La infinita distancia hoy se anula. ¿Un ser humano en el seno de la Trinidad? ¿La realidad creada-material y la creada-espiritual a novel de lo increado, de lo eterno, de lo santo? (lo más perfecto de la creación material, lo más perfecto de la creación espiritual se introduce en lo más divino)

Veamos los testimonios de la Liturgia, que es nuestra fe celebrada:

Colecta de la Misa de la Ascensión:
“ Llena, Señor, nuestro corazón de gratitud y de alegría
por la gloriosa ascensión de tu Hijo,
ya que su triunfo es también nuestra victoria,
pues a donde llegó Él, nuestra cabeza,
tenemos la esperanza cierta de llegar nosotros,
que somos su Cuerpo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo...”

Prefacio:
“ Porque el Señor Jesús, rey de la gloria,´
triunfador del pecado y de la muerte,
ante la admiración de los ángeles,
ascendió hoy a lo más alto de los cielos,
como mediador entre Dios y los hombres,
juez del mundo y Señor de los espíritus celestiales.
No se fue para alejarse de nuestra pequeñez,
sino para que pusiéramos nuestra esperanza
en llegar, como miembros suyos,
a donde Él, nuestra cabeza y principio, nos ha precedido”.

2) Por la Ascensión, Cristo está -también en cuanto hombre- en todas partes

Subió a los cielos para llenarlo todo con su presencia. Desde su inserción en Dios, Cristo hombre está en todas partes. Para comunicarnos su divinidad a través de su Humanidad. Cada vez que nos encontramos con Jesús tenemos todo el cielo. Nuestra vida en el cielo y en la tierra va a depender de nuestros actuales encuentros con Él. De la trinidad de la tierra a la Trinidad del cielo. Voy con José y María a Jesús. Y entonces Jesús, hombre, me da el gran salto a la misma Trinidad, al Padre y al Espíritu Santo. De la tierra, al cielo. Ese puente lo ha tendido Jesús en su Ascensión. Como si nos hubiera dejado una escalera.

La Ascensión de Cristo es ya nuestra victoria. Ya lo tienes. Lo tienes con este dogma de fe.

La primicia de la Ascensión de Jesús es la Asunción de María. Ella también está en su realidad física en Dios, y desde Dios, en todas partes. Podemos sabernos mirados por sus ojos de carne -de carne gloriosa, de carne divinizada, pero de carne al fin-, y somos escuchados por sus oídos físicos, y podemos contemplar en nuestra oración la belleza de su rostro.




 

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