Ciudad de México, 7 de mayo de 2008


Consagración al Espíritu Santo y la Resistencia a la Gracia


Romanos 5

5 El Amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.

Pentecostés es como una renovación del Espíritu Santo que recibimos en la Confirmación. Así como en la Pascua de Resurrección hicimos la renovación de las promesas del Bautismo, en Pentecostés podemos reasumir aquello que deseamos hacer, de modo ya plenamente consciente, cuando optamos por la Confirmación.

Se trata de ser de Dios, de pertenecer a Dios. Esos sacramentos suponen una unción, es decir, una consagración. En todas las religiones está presente este ejercicio: se consagran personas, lugares o cosas.

En realidad toda la creación está consagrada a Dios, pues toda ella es santa, ya que procede de sus manos. Le decimos: todo es tuyo. Pero al hacer la ofrenda de cosas, lugares o personas, afirmamos con vehemencia: esto es especialmente tuyo. Tan es tuyo que no voy a pensar emplearlo en nada más, sólo dedicado a Ti. ¿Qué deseamos con ello? Manifestar la soberanía de Dios, su dominio.

Se consagran cosas, lugares y personas. En el Antiguo Testamento Dios se reservaba lugares, como el Monte Sinaí o el Templo de Jerusalén. Se reservaba cosas, como el Arca de la Alianza o los corderos del sacrificio. Y se reservaba personas, como los primogénitos de los judíos o los descendientes de la tribu de Leví, que debían dedicarse al Templo.

En el Nuevo Testamento la consagración adquiere su plenitud: es Jesús, el ungido, el que es de Dios. Eso significa Cristo, el que ha sido consagrado, sobre quien ha recaído la unción del Espíritu. Toda el alma humana de Cristo está invadida por el Santo de Dios, por el Espíritu Divino: “Aquel a quien Dios ha enviado, dice san Juan, habla palabras de Dios, pues Dios le dio el Espíritu sin medida”1. Jesús, que posee “toda la plenitud de la divinidad”2, posee también la plenitud del Espíritu Santo que es, por excelencia, su Espíritu.

Esa consagración pasa también a cosas relacionadas con Cristo: se consagran los cálices, los copones, aquello que tendrá más cercanía con el Santísimo. Ya no pueden emplearse para nada más, han sido separados tan sólo para el culto divino.

En Pentecostés podemos renovar nuestra consagración bautismal y en la confirmación. Somos de Dios, hemos sido sellados con las arras del Espíritu. No podemos dedicarnos a nada distinto. Cualquier uso profano de nuestras personas tendrá el carácter de un sacrilegio, pues somos realidades que guardan en sí el Espíritu divino.

¿Cuál es la diferencia entre consagrar cosas y consagrar personas? Que en éstas últimas se exige una respuesta. Asumir no una sino muchas veces la personal aceptación de esa consagración a Dios. Hacerla absolutamente propia. ¿Lo haré en Pentecostés, renovaré la dedicación de mi vida?

Porque "nadie puede decir: 'Jesús es Señor' sino bajo la acción del Espíritu Santo" (1 Cor 12,3). "El Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios...Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios" (1 Cor 2,10-11).

El gran don que nos consiguió Jesús

La historia sobrenatural de cada alma comienza con la llegada de ese Huésped al alma, pues su primer don no es otro que Él mismo, como asegura san Pablo: el Amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.3 Dios en cierto modo se ha visto obligado a venir Él mismo para llevar a efecto en nosotros su obra santificadora, involucrándose personalmente en ella. No es un artífice extraño y ajeno que guía desde lejos, sino que se compromete en una misteriosa solidaridad por la que actúa con nosotros, por nosotros y en nosotros. Vino a unirse a nuestras frágiles potencias para hacernos capaces de realizar obras de vida eterna. El resultado de esa presencia suya en el alma es la deificación que en ella produce, siendo la gracia el efecto creado de la realidad increada que nos habita.

No podemos negar que resulta difícil escuchar perceptivamente a Dios y que nunca acabamos de aprender a dejarnos mover por Él del todo, pero también lo es que resulta posible lograrlo con una fe viva y una interiorización realmente atenta. Es que ahora, actuados por los dones y las virtudes sobrenaturales, nada resulta ineficaz o inapropiado para ir a Dios: el hombre es vivido por un nuevo principio vital y cada uno de sus sentidos y de sus potencias ha sido hecho capaz de ejercitarse en el nuevo modo, el modo sobrenatural. Desde los miembros más naturales, los sentidos externos, hasta las facultades propiamente espirituales, todo supone ya medio apto para la búsqueda, el encuentro y la unión con Dios. Memoria que recuerda, imaginación que sueña, pasión que enciende: todo conecta, todo es vehículo, todo llega hasta Él. Dios lleva al hombre al modo del hombre, y Dios ha organizado cuanto somos para establecer puntos de unión. Es el hombre divinizado el que camina a su fin, en una ascensión a la que contribuyen todas sus energías, incluidas sus energías sensibles.

Todo esto es palabra revelada, que nos llenará de gozo una y otra vez cuando nuestra contemplación alcance a saborear muchas veces que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.4 El amor con que se aman el Padre y el Hijo es lo que se me dona al corazón. Tengo al Espíritu Santo en mí como la fuerza más devastadora para derribar la barrera de todo egoísmo, de toda ausencia de amor.

El pecado contra el Espíritu Santo: resistencia a la gracia

Se nos da el Espíritu Santo. ¿Puedo resistirme a esa presencia y a esa acción suya? Sí: existe un pecado particularmente serio que se llama pecado contra el Espíritu Santo. Jesús lo explica en el siguiente contexto:

Marcos 3
22 Los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: "Está poseído por Beelzebul" y "por el príncipe de los demonios expulsa los demonios."
23 El, llamándolos junto a sí, les decía en parábolas: "¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás?
24 Si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede subsistir.
25 Si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no podrá subsistir.
26 Y si Satanás se ha alzado contra sí mismo y está dividido, no puede subsistir, pues ha llegado su fin.
27 Pero nadie puede entrar en la casa del fuerte y saquear su ajuar, si no ata primero al fuerte; entonces podrá saquear su casa.
28 Yo les aseguro que se perdonará todo a los hijos de los hombres, los pecados y las blasfemias, por muchas que éstas sean.
29 Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón nunca, antes bien, será reo de pecado eterno."
30 Es que decían: "Está poseído por un espíritu inmundo."

Es el pecado de cerrazón ante la verdad. Del fracaso de la vida. Del oír una inspiración y decir que no es verdad. De oír nuestra propia voz confundiéndola con la del Espíritu Santo

Añádase, además, que, pues el Espíritu Santo es espíritu de verdad si alguno falta por debilidad o ignorancia, tal vez tenga alguna excusa ante el tribunal de Dios; mas el que por malicia se opone a la verdad o la rehuye, comete gravísimo pecado contra el Espíritu Santo. Pecado tan frecuente en nuestra época que parecen llegados los tristes tiempos descritos por San Pablo, en los cuales, obcecados los hombres por justo juicio de Dios, reputan como verdaderas las cosas falsas, y al príncipe de este mundo, que es mentiroso y padre de la mentira, le creen como a maestro de la verdad: Dios les enviará Espíritu de error para que crean a la mentira (2Tes 2,10): en los últimos tiempos se separarán algunos de la fe, para creer en los espíritus del error y en las doctrinas de los demonios (1Tim 4,1).

Y por cuanto el Espíritu Santo, según antes hemos dicho, habita en nosotros como en su templo, repitamos con el Apóstol: No queráis contristar al Espíritu Santo de Dios, que os ha consagrado (Ef 4,30).

María se movía siempre por el Espíritu Santo. Todos sus actos eran divinos.


 

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