Ciudad de México, 28 de mayo de 2008


El niño perdido y hallado en el templo


Lc 2, 40


Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén para las festividades de la Pascua. Cuando el niño cumplió doce años, fueron a la fiesta, según la costumbre. Pasados aquellos días, se volvieron, pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que sus padres lo supieran. Creyendo que iba en la caravana, hicieron un día de camino; entonces lo buscaron, y al no encontrarlo, regresaron a Jerusalén en su busca.

Al tercer día lo encontraron en el templo, sentado en medio de los doctores, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que lo oían se admiraban de su inteligencia y de sus respuestas. Al verlo, sus padres se quedaron atónitos y su madre le dijo: «Hijo mío, ¿por qué te has portado así con nosotros? Tu padre y yo te hemos estado buscando llenos de angustia». Él les respondió: «¿Por qué me andaban buscando? ¿No sabían que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?». Ellos no entendieron la respuesta que les dio. Entonces volvió con ellos a Nazaret y siguió sujeto a su autoridad. Su madre conservaba en su corazón todas aquellas cosas.

Jesús iba creciendo en saber, en estatura y en el favor de Dios y de los hombres.

1) Los acontecimientos entre el cuarto y el quinto misterio gozoso

Del cuarto al quinto misterio gozoso hay un salto de doce años. Muchas cosas han transcurrido desde la purificación de María y la presentación de Jesús en el Templo. Poco después de este acontecimiento, llevaron los Magos guiados por la estrella. José recibió el anuncio del ángel de marchar a Egipto, y estuvieron allí hasta la muerte de Herodes. Supieron con dolor la matanza de los niños inocentes y vivieron como extranjeros en aquel país lejano. Jesús quiso experimentar todas las contrariedades de los hombres, incluida ésta: la de no vivir en un país propio. José vuelve a recibir el anuncio del ángel y regresa. Jesús iba creciendo en saber, en estatura y en el favor de Dios y de los hombres.

Implantada por Augusto en todo el orbe, la pax romana se asentó también en Palestina. Cesaron las revueltas populares y la vieja tierra extendida entre el Mediterráneo y el Jordán pudo gozar por fin de una calma casi olvidada: como un presagio de la verdadera paz que el Hijo de Dios había venido a instaurar sobre el mundo.

En Nazaret, el aire sereno de la aldea ha cobrado una nueva vida desde que la Sagrada Familia regresara de Egipto. José trabaja en su oficio de carpintero. María cuida de Jesús y realiza las labores domésticas. Jesús -un niño más en Nazaret- juega con los muchachos de su edad y aprende de sus padres las primeras oraciones que la Ley de Moisés pide a un israelita. Ayuda a su madre en las faenas diarias. Y así pasan rápidos los días. Jesús iba creciendo en saber, en estatura y en el favor de Dios y de los hombres.

Los varones israelitas debían acudir a Jerusalén “tres veces al año -según está escrito en la Ley- todo varón de entre vosotros se presentará ante Yahvé, vuestro Dios, en el lugar que escogerá: en la fiesta de los Ácimos, en la fiesta de las Semanas y en la fiesta de los Tabernáculos” (Deut. 16, 16).

El precepto legal obligaba sólo a los judíos residentes en Judea; para los demás -habitantes de Galilea, de Perea, de Samaria e Idumea- la interpretación común de los doctores permitía reducir a una las visitas anuales a la Ciudad Santa. Los niños y las mujeres no estaban sujetos al precepto: sólo al cumplir los trece años se consideraba a los varones como bar misvah, hijos del precepto, obligados a cumplir todas las disposiciones de la Ley.

María y José, israelitas piadosos, iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua.

Cuando se aproximaba la fiesta de la Pascua, todo varón israelita debía acudir a Jerusalén. Los niños y las mujeres no

2) El sufrimiento de María es la ausencia de Jesús

¿Por qué sufre María? ¿Es tan sólo por el temor a que su Hijo haya sufrido un daño? No. Es el sufrimiento de la ausencia. Jesús quiso privar a su Madre de la cercanía de su presencia física durante tres días, y eso le ocasionó a Ella un dolor inmenso. Mientras más grande es el amor aumenta también el sentimiento de la ausencia, y nuestra compasión se dirige a dar pronto consuelo a un Corazón materno turbado por la pena del Niño que se le perdió:

Yo encontré al Amado de mi alma; yo lo así y no lo dejaré” (Cant. 3, 4). “Asidlo, oh dulce Señora, asid al que amáis, arrojaos a su cuello, abrazadle, besadle, compensad por caricias multiplicadoras la ausencia de tres días. “Hijo, ¿por qué lo hiciste así con nosotros? Mira que tu padre y yo angustiados te estábamos buscando” (Lucas 2, 48). Una vez más, yo os lo pido, oh dulce Señora, ¿por qué os lamentabais vos? No, no era el hambre o la sed ni las privaciones las que vos temíais para el Infante; sabíais que era Dios. Lamentabais solamente que os hubiera sustraído, aun por un momento, las delicias inefables de su presencia. ¡Es tan dulce el Señor para quien le gusta, tan hermoso para quien le ve, tan suave para quien le abraza, que una pequeña ausencia causa un gran dolor!”.

Dios puede ocultar a un alma su presencia sensible. Se esconde, para que el alma lo busque con más vivos deseos y mayores incendios de amor. Mientras tanto, mientras el alma se encuentra sin él, padece un sordo y oscuro sentimiento de la ausencia.

No fue desgraciado Job cuando perdió lo que tenía: hacienda, hijos, salud y honra, hasta el punto de descender de su sitial para colocarse en medio del estiércol. Teniendo a Dios, era feliz aun en el colmo de sus desdichas: “Había perdido, dice san Agustín, todos los bienes que Dios le había dado, pero tenía al mismo Dios” (Serm. 34).

Por el contrario, los únicos verdaderos y profundos desdichados son los que pierden a Dios.

María derramó por tres días tantas lágrimas al verse privada de la presencia de Jesús. ¿Cómo lo buscó, cuál fue el secreto del reencuentro?

A Jesús no es posible hallarlo sino en medio de la cruz, de la negación, de la penitencia. A Jesús no se le encuentra en medio de las delicias y placeres del mundo, sino en medio de la pena: Tu padre y yo, llenos de aflicción, te hemos estado buscando (Lc 2,48).

3) Aprende de María a buscar a Jesús

El término odynomenoi suele traducirse por “llenos de aflicción”. Es un término violento, paroxístico. En el Nuevo Testamento significa una angustia de muerte y los tormentos del infierno. María trasmitió a Lucas ese término, porque grande fue su dolor, como el de toda amante que busca a su amado perdido. Dios no da a los que ama (como tampoco se la dio a sí mismo) una vida entre perfumes y rosas. Los arrastra por la ruda prueba de la redención. Cuando María transmite sus recuerdos sabe hasta qué extremos de dolor la llevaría Dios para lograr al fin el encuentro para siempre con su Amado.

“Aprende de María -dice Orígenes- a buscar a Jesús” (Discere a Maria quaerere Iesum; In Luc., hom. 18).


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