Ciudad de México, 18 de junio de 2008


Un Dios que me habita


Con las verdades que venimos exponiendo no nos queda sino aceptar que este destino sobrehumano, al que estamos invitados todos los hombres, es el que domina la historia religiosa de la humanidad. Destino que no es sino la unión plena con Dios por el amor. Ninguna palabra humana ha ido tan lejos sobre este punto como las declaraciones del mismo Jesús. Él nos habla no sólo de que estamos llamados a la ‘unión’ con Dios, sino a la ‘unidad’, y no a una unidad cualquiera, sino a la ‘consumación en la unidad’ de la Trinidad: Padre, Tú en mí y Yo en ti, que todos los hombres sean consumados en la unidad: que sean uno como nosotros. 1 Dicho en palabras menos sublimes, estamos llamados a ser una sola cosa con Dios, no porque Dios ‘nos añada’ a Él como algo extrínseco, al modo como se cuelga un gancho en la pared. No. Dios nos hace uno con Él, nos introduce en su ser íntimo, nos fusiona en Sí como la gota de agua en el mar, como la chispa en la hoguera.

La unión plena será consumada en la vida futura, pero comienza en la tierra cuando recibimos la gracia en las aguas santificadoras del Bautismo. Santo Tomás de Aquino enseña que la Santísima Trinidad es el fruto y el fin de la vida cristiana. 2 Toda nuestra vida cristiana se reduce al hecho maravilloso que la Trinidad vive en nuestra alma -ése es su fruto-, y a esa Trinidad todos estamos destinados -es nuestro fin. Dicho de otro modo: nuestra vida tendrá valor y plenitud si cuanto hacemos logra cada vez mejor el despliegue de la Trinidad en nuestro ser. Y así, proporcionalmente, será esa la medida de nuestra eternidad -el fruto- al término de nuestro existir.

Dejemos por ahora los puntos de partida y de llegada. Veamos lo que ocurre en medio, es decir, lo que nos sucede ahora, durante nuestra vida mortal, respecto a nuestra unión con la Santísima Trinidad que se realiza cuando estamos en gracia. Dijimos que Dios puede estar presente de dos maneras en la realidad creada: una, la primera, es la presencia de inmensidad, o presencia creadora; la segunda se llama presencia de inhabitación, y es entendida también como presencia de amistad y de gracia. Con su presencia de inmensidad Dios se halla en todas las cosas como Creador, de modo que la Trinidad está toda entera en el menor átomo del universo. La Iglesia proclama, en su Liturgia, su fe en la Trinidad creadora que gobierna el mundo, santa e indivisible. La Trinidad ha creado el Universo; Ella lo mantiene fuera de la nada, realiza el gobierno del mundo, la iluminación de los espíritus y la conducción de todas las cosas a su fin. Existe, pues, un modo particular de estar la Trinidad en todo cuanto vemos, y también en la creación invisible, almas y ángeles. A este modo de estar presente la Santísima Trinidad se le llama, dijimos, presencia de inmensidad.

Como estamos hablando de la vida espiritual, no nos detendremos a considerar esta forma primera de estar Dios en todo lo creado. Lo haríamos si fuera éste un escrito de teología especulativa, pero como se trata de lecturas espirituales nos interesa rondar en torno a la segunda manera como Dios está presente: la de inhabitación, que puede designarse también como presencia por el conocimiento y el amor. Aunque ya tratamos algo de ella en el capítulo anterior, volveremos a decir algunas palabras, para que no nos imaginemos -como decía Teresa a sus hijas- huecas en lo interior. 3 Este tipo de presencia se da en el alma en gracia y consiste en la realidad inefable de la presencia trinitaria, presencia de la que podemos hablar mal y poco, precisamente porque es inefable. Sabemos que existe porque Jesús la reveló, pero es un tipo de presencia que nos resulta por lo grandiosa difícil comprender. Lo que sí podemos decir es que estando en nosotros las tres personas divinas nuestra alma recibe el flujo de la vida intratrinitaria, es decir, de la comunicación de la misma Vida que se desarrolla en el interior de las Personas divinas. Gracias a la presencia de inhabitación, en nuestra alma en gracia las Personas divinas no están inactivas, sino que continúan la dinámica de su eterno proceso: el Padre realiza la eterna generación del Verbo; éste, el Hijo o Verbo, es eternamente engendrado por el Padre y, del Amor sustancial entre ambos procede la eterna espiración del Espíritu Santo. Eso es lo que caracteriza la presencia de inhabitación y se da, dijimos, en toda alma que posee la gracia santificante.

Como tal prodigio ocurre en nuestra alma, y nuestra alma está toda en todo el cuerpo, podemos decir con absoluta seguridad (aunque sin comprenderlo del todo) que con ello queda nuestro ser divinizado, y somos de hecho -y no sólo de nombre- verdaderos hijos de Dios. Tenemos la participación en esa Vida, con mayúscula, que nos ha introducido en una nueva y radical dimensión. La liberalidad divina nos ha hecho posible a nosotros, que no somos sino barro de la tierra, llegar a ser miembros de su casa, de su estirpe, depositarios de su herencia; podemos decir que en cierto sentido ‘somos Dios’. Con la gracia santificante y por derecho propio estamos autorizados a afirmar que la Trinidad es nuestra familia, y que vivimos desde ahora con las Tres Personas en el mismo entrañable hogar, que es nuestra propia alma.

Este Misterio consolador -que la inefable Trinidad nos posesione, nos inunde, nos viva- es el mayor de cuantos prodigios podríamos nunca haber soñado con el más audaz de los sueños posibles. Santo Tomás de Aquino dice que sólo amándonos, nos podría dar (Dios) un bien tan grande. 4 Si nos metiéramos habitualmente en el fondo de nuestro yo y contempláramos ahí, y conversáramos con cada uno de los Tres, lograríamos no sólo gozar de tan excelsa compañía y tener paz en toda circunstancia, sino que acabaríamos por experimentar que esa vida intratrinitaria es lo único verdadero que en realidad existe. Porque es lo único que permanece para siempre.

Quizá nos ayude pensar que este misterio se parece al de la Eucaristía pues en ambos, como decíamos antes, Dios está escondido. También nos ayudará pensar que le cuesta menos trabajo venir a habitarnos a nosotros que transustanciarse en el pan. Al fin y al cabo, si Dios cambia la sustancia inerte y material del pan en su propia sustancia, ¿no le será más fácil transformar la sustancia espiritual y viva que llamamos alma? ¿No resultaremos entonces nosotros una especie de sagrarios vivientes, portátiles, de la Trinidad Beatísima? Los copones en los sagrarios contienen las hostias consagradas donde se esconde Dios. Nuestros cuerpos son copones donde también Él mantiene su modo habitual de proceder, que es de silencio, de recato. Pero con una diferencia enorme. En los copones de metal no se realiza ninguna transformación. En nuestras almas y en nuestros cuerpos sí. Ellos no resultan divinizados por el contacto de aquello que guardan dentro; nosotros sí.

Este prodigio inefable nos fue anunciado por el mismo Jesús: Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos en él nuestra morada. 5 Tanto en la tradición mística de oriente como de occidente, estas palabras del Maestro han llegado a ser el fundamento de la espiritualidad cristiana (es decir, la razón que nos permite poder tratar con Dios a cada instante, y hacerlo con toda intimidad). Este vivir unidos de la amistad efectiva con las tres Personas divinas no está reservado a unos elegidos excepcionales. Es una invitación hecha a todo cristiano, llamado a vivir, desde el Bautismo, en la intimidad del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Dios estaba ya presente, substancialmente, en lo más íntimo de nuestras almas y en todas las fibras de nuestro ser, por su contacto creador. Ahora, por la gracia, Él se hace nuestro Amado, el objeto constante, íntimamente presente, de nuestra contemplación y de nuestro amor. Esta contemplación trasciende el mundo efímero para fijarse en el invisible, y descansamos entonces en la posesión gozosa de Dios. Una mística contemporánea, la beata Isabel de la Trinidad, recibió el don de sentirlo así: En el cielo de su alma, la alabanza de gloria empieza ya su oficio de eternidad... Todos sus actos, todos sus movimientos, pensamientos, aspiraciones, mientras la enraízan más profundamente en el amor, son como un eco del Sanctus eterno. 6

Todos deberemos esforzarnos porque de hecho esté ya el Cielo en la tierra ya que, si tenemos la presencia trinitaria por la gracia en nuestra alma, el Cielo está. Y es que Dios reside en nuestra alma como reside en el Cielo: no es solamente la presencia del Creador y del Conservador que mantiene en el ser las cosas que ha creado, sino la presencia de la Santísima y Adorable Trinidad, tal como la fe nos la revela. De intento lo repetimos, en ayuda de nuestra pobre comprensión de lo divino: viene el Padre a nosotros, y en nosotros enuncia una Palabra, semejante e igual a Sí mismo, en la cual se dice todo entero, Palabra esencial y viviente que es su Verbo. Dentro de nuestra alma, viendo este Verbo, Imagen suya, su Luz, su Pensamiento, su Gloria, Forma de su Rostro, Esplendor equivalente de todas sus perfecciones, Espejo viviente de su ser y Fruto de su Amor, lo ama el Padre con un Amor sin medida alguna. Y ahí, dentro de los estrechos límites de nuestro cuerpo, el Verbo devuelve al Padre un Amor igual, eterno e infinito, Amor único, viviente y subsistente, abrazo, vínculo, beso inefable que los consuma en la unidad del Espíritu Santo. Un místico medieval lo explica así: El Padre dice allí su Verbo eterno y el mismo acto que engendra al Verbo, engendra también al alma, hija adoptiva del Padre... La potencia del Padre sobreviene y el Padre llama al hombre a Sí mismo con su único Hijo: y como el Hijo nace del Padre, así también el hombre, con el Hijo, nace del Padre y refluye en el Padre con el Hijo, convirtiéndose en una sola cosa con Él. 7

Si hemos sido capaces de seguir un poco este razonamiento –nunca, ni siquiera en la eternidad, llegaremos a comprenderlo del todo-, no nos quedará sino exclamar agradecidos ¡cuántas maravillas se repiten en nuestra alma por la acción de la gracia! Podríamos -al menos a veces- cerrar un instante los ojos y decir algo tan sencillo como Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo que están en mí. O dejar escapar, como Teresita en una de sus poesías, esta confiada exclamación: Oh Trinidad santa, sois la prisionera de mi amor. 8





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1 Juan 17, 21
2 SANTO TOMÁS DE AQUINO, In IV Sent. I, dist. 2, q. 1, exo
3 SANTA TERESA DE JESÚS, Camino de perfección 48, 2
4 SANTO TOMÁS DE AQUINO, Suma contra gentiles 4, 21
5 Juan 14, 2
6 BEATA ISABEL DE LA TRINIDAD, El cielo en la tierra, último día
7 JUAN TAULERO, Predicación 29: Quod scimus loquimur
8 Poesías: ‘Mi cielo’, 7 de junio de 1896, Solemnidad del Santísimo Sacramento

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