PCCS: Congreso de Facultades de Comunicación de Universidades Católicas

Con la finalidad de reforzar y expandir la relación cooperativa de las comunicaciones sociales, el Pontificio Consejo está organizando el Congreso de Facultades de Comunicación que está próximo a realizarse en este mes de mayo.

Se pretende que asistan representantes de diferentes Universidades Católicas, y para aportar sus visiones académicas de la comunicación y enriquecer el encuentro.

La ponencia inaugural del Congreso analizará el mundo de las comunicaciones, las transformaciones y desafíos que enfrentan las personas que se dedican a la formación académica de futuros profesionales de la comunicación.

Para acceder al documento de presentación del Congreso, visite el sitio del Pontificio Consejo de las Comunicaciones Sociales (PCCS) o dé clic al siguiente vínculo:
http://www.pccs.it/congressi08/university/Spa/Obiettivi_Spa.pdf

Fuente: Pontificio Consejo de las Comunicaciones Sociales
http://www.pccs.it/congressi08/university/congressu_spa.htm


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Homilía de Benedicto XVI en el Corpus Christi
misa celebrada en la Basílica de San Juan de Letrán

ROMA, jueves, 22 mayo 2008

Queridos hermanos y hermanas:

Tras el tiempo fuerte del año litúrgico, que centrándose en la Pascua se extiende durante tres meses --primero los cuarenta días de la Cuaresma, después los cincuenta días del Tiempo Pascual--, la liturgia nos permite celebrar tres fiestas que tienen un carácter "sintético": la Santísima Trinidad, el Corpus Christi, y por último el Sagrado Corazón de Jesús.

¿ Cuál es el significado de la solemnidad de hoy, del Cuerpo y la Sangre de Cristo? Nos los explica la misma celebración que estamos realizando, con el desarrollo de sus gestos fundamentales: ante todo, nos hemos reunido alrededor del Señor para estar juntos en su presencia; en segundo lugar, tendrá lugar la procesión, es decir, caminar con el Señor; por último, vendrá el arrodillarse ante el Señor, la adoración que comienza ya en la misa y acompaña toda la procesión, pero que culmina en el momento final de la bendición eucarística, cuando todos nos postraremos ante Aquél que se ha agachado hasta nosotros y ha dado la vida por nosotros.

Analicemos brevemente estas tres actitudes para que sean realmente expresión de nuestra fe y de nuestra vida.

Reunirse en la presencia del Señor

El primer acto es el de reunirse en la presencia del Señor. Es lo que antiguamente se llamaba "statio". Imaginemos por un momento que en toda Roma sólo existiera este altar, y que se invitara a todos los cristianos de la ciudad a reunirse aquí, para celebrar al Salvador, muerto y resucitado. Esto nos permite hacernos una idea de cuáles fueron los orígenes de la celebración eucarística, en Roma y en otras muchas ciudades, a las que llegaba el mensaje evangélico: en cada Iglesia particular había un solo obispo y, a su alrededor, alrededor de la Eucaristía celebrada por él, se constituía la comunidad, única, pues uno era el Cáliz bendecido y uno era el Pan partido, como hemos escuchado en las palabras del apóstol Pablo en la segunda lectura (Cf. 1 Corintios 10,16-17).

Pasa por la mente otra famosa expresión de Pablo: "ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Gálatas 3, 28). "¡Todos vosotros sois uno!". En estas palabras se percibe la verdad y la fuerza de la revolución cristiana, la revolución más profunda de la historia humana, que se experimenta precisamente alrededor de la Eucaristía: aquí se reúnen en la presencia del Señor personas de diferentes edades, sexo, condición social, ideas políticas. La Eucaristía no puede ser nunca un hecho privado, reservado a personas escogidas según afinidades o amistad. La Eucaristía es un culto público, que no tiene nada de esotérico, de exclusivo. En esta tarde, no hemos decidido con quién queríamos reunirnos, hemos venido y nos encontramos unos junto a otros, reunidos por la fe y llamados a convertirnos en un único cuerpo, compartiendo el único Pan que es Cristo. Estamos unidos más allá de nuestras diferencias de nacionalidad, de profesión, de clase social, de ideas políticas: nos abrimos los unos a los otros para convertirnos en una sola cosa a partir de Él. Esta ha sido desde los inicios la característica del cristianismo, realizada visiblemente alrededor de la Eucaristía, y es necesario velar siempre para que las tentaciones del particularismo, aunque sea de buena fe, no vayan en el sentido opuesto. Por tanto, el Corpus Christi nos recuerda ante todo esto: ser cristianos quiere decir reunirse desde todas las partes para estar en la presencia del único Señor y ser uno en Él y con Él.

Caminar con el Señor

El segundo aspecto constitutivo es caminar con el Señor. Es la realidad manifestada por la procesión, que viviremos juntos tras la santa misa, como una prolongación natural de la misma, avanzando tras Aquél que es el Camino. Con el don de sí mismo en la Eucaristía, el Señor Jesús nos libera de nuestras "parálisis", nos vuelve a levantar y nos hace "pro-ceder", nos hace dar un paso adelante, y luego otro, y de este modo nos pone en camino, con la fuerza de este Pan de la vida. Como le sucedió al profeta Elías, que se había refugiado en el desierto por miedo de sus enemigos, y había decidido dejarse morir (Cf. 1 Reyes 19,1-4). Pero Dios le despertó y le puso a su lado una torta recién cocida: "Levántate y come -le dijo--, porque el camino es demasiado largo para ti" (1 Reyes 19, 5.7). La procesión del Corpus Christi nos enseña que la Eucaristía nos quiere liberar de todo abatimiento y desconsuelo, quiere volver a levantarnos para que podamos retomar el camino con la fuerza que Dios nos da a través de Jesucristo. Es la experiencia del pueblo de Israel en el éxodo de Egipto, la larga peregrinación a través del desierto, de la que nos ha hablado la primera lectura. Una experiencia que para Israel es constitutiva, pero que para toda la humanidad resulta ejemplar. De hecho, la expresión "no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca del Señor" (Deuteronomio 8,3) es una afirmación universal, que se refiere a cada hombre en cuanto hombre. Cada uno puede encontrar su propio camino, si encuentra a Aquél que es Palabra y Pan de vida y se deja guiar por su amigable presencia. Sin el Dios-con-nosotros, el Dios cercano, ¿cómo podemos afrontar la peregrinación de la existencia, ya sea individualmente ya sea como sociedad y familia de los pueblos?

La Eucaristía es el sacramento del Dios que no nos deja solos en el camino, sino que se pone a nuestro lado y nos indica la dirección. De hecho, ¡no es suficiente avanzar, es necesario ver hacia dónde se va! No basta el "progreso", sino no hay criterios de referencia. Es más, se sale del camino, se corre el riesgo de caer en un precipicio, o de alejarse de la meta. Dios nos ha creado libres, pero no nos ha dejado solos: se ha hecho él mismo "camino" y ha venido a caminar junto a nosotros para que nuestra libertad tenga el criterio para discernir el camino justo y recorrerlo.

Arrodillarse en adoración ante el Señor

Al llegar a este momento no es posible de dejar de pensar en el inicio del "decálogo", los diez mandamientos, en donde está escrito: "Yo, el Señor, soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá para ti otros dioses delante de mí" (Éxodo 20, 2-3). Encontramos aquí el tercer elemento constitutivo del Corpus Christi: arrodillarse en adoración ante el Señor. Adorar al Dios de Jesucristo, que se hizo pan partido por amor, es el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y hoy. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad: quien se inclina ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea. Nosotros, los cristianos, sólo nos arrodillamos ante el santísimo Sacramento, porque en él sabemos y creemos que está presente el único Dios verdadero, que ha creado el mundo y lo ha amado hasta el punto de entregar a su unigénito Hijo (Cf. Juan 3, 16).

Nos postramos ante un Dios que se ha abajado en primer lugar hacia el hombre, como el Buen Samaritano, para socorrerle y volverle a dar la vida, y se ha arrodillado ante nosotros para lavar nuestros pies sucios. Adorar el Cuerpo de Cristo quiere decir creer que allí, en ese pedazo de pan, se encuentra realmente Cristo, quien da verdaderamente sentido a la vida, al inmenso universo y a la más pequeña criatura, a toda la historia humana y a la más breve existencia. La adoración es oración que prolonga la celebración y la comunión eucarística, en la que el alma sigue alimentándose: se alimenta de amor, de verdad, de paz; se alimenta de esperanza, pues Aquél ante el que nos postramos no nos juzga, no nos aplasta, sino que nos libera y nos transforma.

Por este motivo, reunirnos, caminar, adorar, nos llena de alegría. Al hacer nuestra la actitud de adoración de María, a quien recordamos particularmente en este mes de mayo, rezamos por nosotros y por todos; rezamos por cada persona que vive en esta ciudad para que pueda conocerte e ti, Padre, y a Aquél que tú has enviado, Jesucristo.

Y de este modo tener la vida en abundancia. Amén.

© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Benedicto XVI: "La Eucaristía es escuela de caridad y de solidaridad"

Intervención en el Ángelus del Corpus Christi

Ciudad del Vaticano, Domingo, 25 mayo 2007

Queridos hermanos y hermanas:

En Italia y en varios países, hoy se celebra la solemnidad del Corpus Christi, que en el Vaticano y en otras naciones ya se celebró el jueves pasado. Es la fiesta de la Eucaristía, don maravilloso de Cristo, que en la última cena quiso dejarnos el memorial de su Pascua, el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, prenda de inmenso amor por nosotros.

Hace una semana, nuestras miradas eran atraídas por el misterio de la Santísima Trinidad; hoy se nos invita a poner la mirada en la Hostia santa: ¡es el mismo Dios! ¡El Amor mismo! Esta es la belleza de la verdad cristiana: el Creador y el Señor de Todas las cosas se ha hecho "grano de trigo" para ser sembrado en nuestra tierra, en los surcos de la historia; se ha hecho pan para ser partido, compartido, comido; se ha hecho alimento nuestro para danos la vida, su misma vida divina. Nació en Belén, que en hebreo significa "Casa del pan", y cuando comenzó a predicar a las muchedumbres reveló que el Padre le había enviado al mundo como "pan vivo bajado del cielo", como "pan de la vida".

La Eucaristía es escuela de caridad y de solidaridad. Quien se alimenta con el Pan de Cristo no puede quedar indiferente ante quien, incluso en nuestros días, carece del pan cotidiano. Muchos padres logran a duras penas encontrarlo para sí y para sus niños. Es un problema cada vez más grave, que le cuesta resolver a la comunidad internacional. La Iglesia no sólo reza "danos hoy el pan de cada día", sino que, siguiendo el ejemplo del Señor, se compromete de todas las maneras por "multiplicar los cinco panes y los dos peces" con innumerables iniciativas de promoción humana, compartiendo lo imprescindible para que a nadie le falte lo necesario para vivir.

Queridos hermanos y hermanas: que la fiesta del Corpus Christi sea una ocasión para crecer en esta atención concreta a los hermanos, especialmente los pobres. Que nos alcance esta gracia la Virgen María, de quien el Hijo tomó su carne y sangre, como repetimos en un célebre himno eucarístico, llevado a la música por los más grandes compositores: "Ave verum corpus natum de Maria Virgine", y que se concluye con la invocación: "O Iesu dulcis, o Iesu pie, o Iesu fili Mariae!".

Que María, quien al llevar en su seno a Jesús fue el "sagrario" viviente de la Eucaristía, nos comunique su misma fe en el santo misterio del Cuerpo y de la Sangre de su Hijo divino para que se convierta verdaderamente en el centro de nuestra vida. En torno a la Virgen nos volveremos a encontrar el próximo sábado, 31 de mayo, a las 20.00 horas, en la plaza de San Pedro, con motivo de una celebración especial de clausura del mes mariano.

© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Discurso de Benedicto XVI: al encuentro de Facultades de Comunicación de Universidades católicas

Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, ilustres señores y señoras:

Me alegra mucho daros mi bienvenida a todos -académicos y educadores de las instituciones católicas de enseñanza superior—, reunidos para reflexionar, junto a miembros del Pontificio Consejo de las Comunicaciones Sociales, sobre la identidad y la misión de las Facultades de Comunicación en las Universidades Católicas. A través de vosotros, deseo saludar a vuestros colegas, a vuestros estudiantes y a cuantos forman parte de las Facultades que representáis. Doy especialmente las gracias a vuestro presidente, monseñor Claudio Maria Celli, por las amables palabras que me ha dirigido. Junto a él, saludo al secretario y al subsecretario del Pontificio Consejo de las Comunicaciones Sociales.

Las distintas formas de comunicación -diálogo, oración, enseñanza, testimonio, proclamación— y sus diversos instrumentos -prensa, electrónica, artes visuales, música, voz, gestualidad y contacto— son manifestaciones de la naturaleza fundamental de la persona humana. Es la comunicación la que revela a la persona, crea relaciones auténticas y comunidad, y permite a los seres humanos madurar en conocimiento, prudencia y amor. La comunicación, sin embargo, no es un simple producto de una mera y fortuita casualidad o de nuestras capacidades humanas; a la luz del mensaje bíblico, aquella refleja más bien nuestra participación en el Amor trinitario creativo, comunicativo y unificador que es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Dios nos ha creado para estar unidos a Él y nos ha dado el don y la tarea de la comunicación, porque Él quiere que obtengamos esta unión, no solos, sino a través de nuestro conocimiento, nuestro amor y nuestro servicio a Él y a nuestros hermanos y hermanas en una relación comunicativa y amorosa.

Es evidente que en el centro de cualquier reflexión seria sobre la naturalaza y el propósito de las comunicación humana debe haber un compromiso con las cuestiones de la verdad. Un comunicador puede intentar informar, educar, entretener, convencer, consolar, pero el valor final de cualquier comunicación reside en su veracidad. En una de las primeras reflexiones sobre la naturaleza de la comunicación, Platón subrayó los peligros de cualquier tipo de comunicación que busque promover los objetivos y los propósitos del comunicador o de aquellos para quienes trabaja sin considerar la verdad de cuanto se comunica. Vale la pena también recordar la sabia definición de orador aportada por Catón el Viejo: vir bonus dicendi peritus, un hombre bueno y honesto, hábil en comunicar. El arte de la comunicación está por naturaleza ligado a un valor ético, a las virtudes que son el fundamento de la moral. A la luz de esa definición os aliento, como educadores, a que alimentéis y recompenséis la pasión por la verdad y la bondad que siempre es fuerte en los jóvenes. ¡Ayudadles a dedicarse plenamente a la búsqueda de la verdad! Pero enseñadles también que la propia pasión por la verdad, que también puede ayudarse de cierto escepticismo metodológico, en particular en cuestiones de interés público, no debe distorsionarse ni convertirse en un cinismo relativista según el cual toda apelación a la verdad y a la belleza es habitualmente rechazada o ignorada.

Os aliento a poner mayor atención en los programas académicos del ámbito de los medios de comunicación social, en especial en las dimensiones éticas de la comunicación entre las personas, en un período en que el fenómeno de la comunicación está ocupando un lugar a cada vez mayor en todos los contextos sociales. Es importante que esta formación jamás se considere como un sencillo ejercicio técnico o como mero deseo de dar informaciones; es oportuno que sea mucho más una invitación a promover la verdad en la información y a hacer reflexionar a nuestros contemporáneos sobre los acontecimientos, a fin de ser educadores de los hombres de hoy y edificar un mundo mejor. Es igualmente necesario promover la justicia y la solidaridad, y respetar en toda circunstancia el valor y la dignidad de cada persona, que tiene derecho a no ver lesionado lo que concierna a su vida privada.

Sería una tragedia para el futuro de la humanidad si los nuevos instrumentos de comunicación, que permiten compartir el conocimiento y la información de manera más rápida y eficaz, no fueran accesibles a los que ya están marginados económica y socialmente, o sólo contribuyeran a agrandar la distancia que separa a estas personas de las nuevas redes que se están desarrollando al servicio de la socialización humana, la información y el aprendizaje. Por otro lado, sería igualmente grave que la tendencia globalizante en el mundo de las comunicaciones debilitara o eliminara las costumbres tradicionales y las culturas locales, de manera especial las que han logrado fortalecer los valores familiares y sociales, el amor, la solidaridad y el respeto a la vida. En ese contexto, deseo expresar mi aprecio a aquellas comunidades religiosas que, no obstante los altos costos financieros o los innumerables recursos humanos, han abierto Universidades Católicas en los países en vías de desarrollo, y me complace que muchas de estas instituciones estén hoy aquí representadas. Sus esfuerzos asegurarán a los países donde se encuentran el beneficio de la colaboración de hombres y mujeres jóvenes que reciben una formación profesional profunda, inspirada en la ética cristiana, que promueve la educación y la enseñanza como un servicio a toda la comunidad. Valoro de manera particular su compromiso por ofrecer una esmerada educación para todos, independientemente de la raza, condición social o credo, lo cual constituye la misión de la Universidad Católica.

En estos días estáis examinando la cuestión de la identidad de una Universidad o de una escuela católica. Al respecto desearía recordar que tal identidad no es sencillamente una cuestión de número de estudiantes católicos; es sobre todo una cuestión de convicción: se trata de creer verdaderamente que sólo en el misterio del Verbo hecho carne se esclarece el misterio del hombre. La consecuencia es que la identidad católica está en primer lugar en la decisión de confiarse uno mismo -inteligencia y voluntad, mente y corazón— a Dios. Como expertos en la teoría y en la práctica de la comunicación tenéis un papel privilegiado no sólo en la vida de vuestros estudiantes, sino también en la misión de vuestras Iglesias locales y de sus Pastores para dar a conocer la Buena Nueva del amor de Dios a todas las gentes. Queridísimos: confirmando mi aprecio por vuestro sugestivo encuentro que abre el corazón a la esperanza, deseo aseguraros que sigo vuestra preciosa actividad con la oración y la acompaño de una especial Bendición Apostólica, que extiendo de corazón a todos vuestros seres queridos.


Arrodillarse en adoración ante el Señor

Al llegar a este momento no es posible de dejar de pensar en el inicio del "decálogo", los diez mandamientos, en donde está escrito: "Yo, el Señor, soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá para ti otros dioses delante de mí" (Éxodo 20, 2-3). Encontramos aquí el tercer elemento constitutivo del Corpus Christi: arrodillarse en adoración ante el Señor. Adorar al Dios de Jesucristo, que se hizo pan partido por amor, es el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y hoy. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad: quien se inclina ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea. Nosotros, los cristianos, sólo nos arrodillamos ante el santísimo Sacramento, porque en él sabemos y creemos que está presente el único Dios verdadero, que ha creado el mundo y lo ha amado hasta el punto de entregar a su unigénito Hijo (Cf. Juan 3, 16).

Nos postramos ante un Dios que se ha abajado en primer lugar hacia el hombre, como el Buen Samaritano, para socorrerle y volverle a dar la vida, y se ha arrodillado ante nosotros para lavar nuestros pies sucios. Adorar el Cuerpo de Cristo quiere decir creer que allí, en ese pedazo de pan, se encuentra realmente Cristo, quien da verdaderamente sentido a la vida, al inmenso universo y a la más pequeña criatura, a toda la historia humana y a la más breve existencia. La adoración es oración que prolonga la celebración y la comunión eucarística, en la que el alma sigue alimentándose: se alimenta de amor, de verdad, de paz; se alimenta de esperanza, pues Aquél ante el que nos postramos no nos juzga, no nos aplasta, sino que nos libera y nos transforma.

Por este motivo, reunirnos, caminar, adorar, nos llena de alegría. Al hacer nuestra la actitud de adoración de María, a quien recordamos particularmente en este mes de mayo, rezamos por nosotros y por todos; rezamos por cada persona que vive en esta ciudad para que pueda conocerte e ti, Padre, y a Aquél que tú has enviado, Jesucristo. Y de este modo tener la vida en abundancia. Amén.

© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana

© 2008 CEM :: CONFERENCIA DEL EPISCOPADO MEXICANO