Miércoles 6 de Febrero de 2008

MIÉRCOLES DE CENIZA


Jl 2, 12-18; Sal 50; 2Cor 5, 20-6, 2; Mt 6, 1-6. 16-18

“En nombre de Cristo les pedimos que se dejen reconciliar con Dios. Al que nunca cometió pecado, Dios lo hizo ‘pecado’ por nosotros, para que, unidos a él, recibamos la salvación de Dios y nos volvamos justos y santos”. En este día toda la Iglesia en su dimensión universal realiza el signo de la ceniza. Todos sabemos que en un campo de labor, en la tierra de cultivo, antes de iniciar el barbecho, de remover la tierra, de aplanarla, conviene que se queme, para quitar, por una parte, la hierva que estorba y, por otra, dejar que la ceniza del zacate quemado sea abono para la misma tierra. Así, quemar mi vida pasada ante Dios es experimentar su amor que me nutre.

La ceniza simboliza nuestra constitución humana, frágil, conectada a la tierra. De hecho algunos piensan, y aún nuestros antepasados lo hacían, que nacimos de la tierra, por eso le llamaban madre tierra. Esto nos recuerda el relato de Génesis en donde Yahvé Dios toma del barro de la tierra para formar al hombre e inspirarle la vida que sólo de Él proviene. Nos recuerda que somos parte de la creación, pero distinta a ella por el hálito de Dios que nos da una vida más plena. Nos encomienda el cuidado de la creación.

De hecho hemos dichos muchas veces la frase: recuerda hombre, que polvo eres y en polvo te convertirás. Es decir, que salimos de la tierra y a la tierra volveremos. Somos criatura de Dios, a su imagen y semejanza, no como los demás elementos que Él creo. La ceniza nos recuerda que en algún momento moriremos. Y esto nos coloca en el momento definitivo de la existencia. Si sólo tuviera un minuto más de vida, ¿Qué haría?

Somos libres, depende de nosotros, de nuestra decisión caminar por el sendero de la verdad o de la mentira, de la luz o de las tinieblas, del gozo o del dolor. Depende de nosotros tener un corazón nuevo cuando Dios nos invita, a través de la Iglesia, a reconciliarnos con Él. Eso es lo que Pablo nos dice: “En nombre de Cristo les pedimos que se dejen reconciliar con Dios”. Es una petición del apóstol, no es un mandato; una petición con carga de urgencia. No aduce a su propia autoridad, sino a la de Cristo, por eso nos lo pide en su nombre.

La reconciliación supone dos personas, en dos polos. Por una parte está la persona ofendida y por otra el ofensor. Quien pide perdón es el que ofende. Quien ofrece la reconciliación, es decir, el reencuentro, es el ofendido. Dios nunca nos ha ofendido. Somos nosotros quienes lo hemos ofendido, cuando no hemos ido por el camino que Él nos ha señalado. Las lecturas de este día no nos enuncian los posibles pecados que hayamos cometido, precisamente porque los deja a nuestra conciencia. Toca a cada uno de nosotros, desde nuestra conciencia, reconocer los propios pecados. Nadie nos puede decir si hemos pecado o no, sólo Dios en nuestra conciencia, de manera que a cada uno de nosotros nos toca presentarnos ante Dios y aprovechar su gracia.

Por eso el Señor, de manera personal, nos invita en el evangelio a caminar por el sendero de la verdad, no de lo externo o aparente de las cosas. Cristo quiere llevarnos al fondo de nuestro corazón, a “lo secreto”. Y así nos dice cómo hacer la oración, la limosna y el ayuno. No pone en primer lugar la oración ni el ayuno. El primer lugar se lo da a la limosna; es decir, al interés por los demás, de manera especial a los más pobres, a los que no tienen modo de pagarnos nuestra atención ni ayuda. Y, además, como la oración y el ayuno, la limosna ha de ser “en lo secreto”, que ni siquiera la mano derecha sepa lo que hace la izquierda, como diciendo, que ni yo mismo sepa que he dado algo gratuitamente, para que no me lo reproche o me lo cobre a mí mismo.

La limosna es la expresión del amor en su sentido profundo de atender a quien necesita más que yo. Se llama misericordia; es el amor de misericordia. El amor que busca al necesitado. Sobre este tema el Papa Benedicto XVI ha centrado su mensaje de Cuaresma, en el cual nos dice en el penúltimo párrafo: El cristiano, cuando gratuitamente se ofrece a sí mismo, da testimonio de que no es la riqueza material la que dicta las leyes de la existencia, sino el amor. Por tanto, lo que da valor a la limosna es el amor, que inspira formas distintas de don, según las posibilidades y las condiciones de cada uno.

Concluimos entonces que la Cuaresma es una oportunidad para volvernos a Dios. Esta vuelta a Dios no es sólo a través del ayuno y la oración. De alguna manera es sobre todo a través del amor. Amor a Él que se manifieste en la oración como diálogo frecuente y amoroso con Él. Ayuno como reconocer que sólo en Él está el alimento verdadero de nuestra vida. Pero esto sería incompleto y, tal vez, ilusorio, si no está acompañado de la limosna, como la expresión de nuestra fe que nos dice que Dios nos ha creado a su imagen y semejanza, de donde viene la conciencia de ver en cada uno de los hermanos a Dios mismo y, entonces, la limosna no es dar cosas, sino darnos a los demás, especialmente, como nos enseña Jesús, a aquellos que no pueden pagarnos.

Si yo he sido amado por Dios hasta el punto de convertir en pecado a su Hijo para que yo quede salvado, ¿Cómo no voy a amar a mi hermano, que ha sido amado por Dios de la misma manera que a mí me ha amado? Reconciliarme con Dios significa que estoy en comunión con Él, que vivo como Él, que amo como Él. De modo que si quiero reconciliarme con Dios, aprovechar su amor, tengo que llegar a amar a mi hermano hasta el punto de la misericordia.

Dejémonos reconciliar por Dios. Dejemos que este tiempo de Cuaresma sea un camino para vivir la caridad.


+ Guillermo Ortiz Mondragón
Obispo de Cuautitlán

 

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