Tehuacán, Pue., 7 de febrero de 2008

 

MENSAJE CUARESMAL

Hermanas y hermanos todos en Cristo Jesús:

Con el rito de la Ceniza hemos iniciado el Tiempo de la Cuaresma. Queremos hacer caso a Dios que nos habla por medio del profeta Joel: “Todavía es tiempo. Vuélvanse a mí de todo corazón” (2, 12). Cristo Jesús nos indica tres “obras de piedad” para volver al Señor: la limosna, la oración y el ayuno (Cf. Mt 6, 1-6.16-18).

En su Mensaje cuaresmal, el Papa Benedicto XVI se ha centrado en la limosna como “una manera concreta de ayudar a los necesitados y, al mismo tiempo, un ejercicio ascético para liberarse del apego a los bienes terrenales”. Lo que somos y tenemos es regalo de Dios no sólo para provecho personal o familiar, sino para bien de todos. En nuestra Diócesis, como en tantos otros lugares, hay mucha riqueza y también mucha pobreza. El verdadero discípulo de Jesucristo hace suyas las miserias de otros, promoviendo un desarrollo sustentable. De modo que hay tarea pendiente.

En cuanto a la oración, que durante la Cuaresma sea más prolongada, perseverante, humilde y confiada, pues nos dirigimos a Dios “compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en clemencia” (Joel 2, 13). Es aconsejable retomar e incrementar momentos de oración personal y familiar, aprovechando la Palabra de Dios del día, para ejercitarnos en la lectio divina, como nos recomienda el Documento de Aparecida.

El ayuno nos lleva a mortificar nuestro cuerpo para vencer los afectos desordenados. Unida al ayuno está la abstinencia de carnes. Pero no es simplemente reducir la cantidad de alimentos o suprimir la carne, sino ejercitarnos en una verdadera mortificación, pues resulta que la comida de los viernes de Cuaresma es con frecuencia más deliciosa que el resto de la semana. Más todavía, ayunar es, sobre todo, abstenernos de nuestras obras malas, por ejemplo ayunar de egoísmo, de odio, de injusticia, de corrupción.

Repetidas veces los Padres de la Iglesia, en sus Sermones cuaresmales, se refieren a las tres obras de piedad mencionadas –limosna, oración y ayuno-, realizadas en armonía. Dice san Agustín: “Estas piadosas limosnas y este frugal ayuno son las alas que en estos santos días ayudarán a nuestra oración a subir hacia el cielo” y en otro lugar dice también: “Nuestra oración –apoyada en la humildad y la caridad, en el ayuno y la limosna, en la abstinencia y el perdón de la injuria, en el cuidado que pondremos en hacer el bien en lugar de devolver el mal- busca la paz y la obtiene porque esa oración vuela, sostenida y llevada a los cielos, donde nos ha precedido Jesucristo que es nuestra paz”.

De esta manera, ejercitando cualquiera de las tres obras de piedad, nos lleva a realizar las otras dos y siempre con la doble finalidad de hacernos volver a Dios y a nuestros hermanos. Efectivamente, no son obras como signo de un espiritualismo perfeccionista cerrado en sí mismo, sino que nos hacen salir de nosotros mismos para ir a Dios y a los demás. Tampoco es ante todo fatiga de esfuerzo personal, sino respuesta al amor que Dios nos tiene. De hecho el modelo es Cristo Jesús, quien se despojó a si mismo de los privilegios de su divinidad y asumió totalmente la condición humana, menos en el pecado, para rescatarnos del pecado y hacernos hijos de Dios. De modo que a lo largo de la Cuaresma queremos seguir a Jesús, para morir con Él, dando muerte en nuestra vida a la maldad, con acciones que han de manifestarse concretamente en nuestra relación con los demás, sea familiares, vecinos o compañeros de trabajo.

Habrá personas y acontecimientos que nos sugieran vivencias muy ajenas a la Cuaresma. No esperemos que cambien las circunstancias o las actitudes de las personas que nos rodean. Es opción personal. Recordemos lo que nos dice san Pablo: “Para los que aman a Dios, todo les sirve para el bien” (Rom 8, 28); y en otro lugar dice: “No te dejes vencer por el mal, antes vence el mal con el bien” (Rom 12, 21). De modo que incluso las situaciones negativas nos fortalezcan en la decisión personal de volver a Dios.

La Cuaresma nos lleva paulatinamente a la Semana Santa, que llamamos también Semana Mayor, porque en ella celebramos el Misterio de Jesús que sufre la Pasión, muere en la Cruz y Resucita para llenarnos de un gozo que no tiene fin. La Cuaresma culmina en la Pascua. Si la Cuaresma es importante en nuestra vida espiritual y pastoral, más lo es la Pascua. Vivamos una sostenida penitencia cuaresmal, siguiendo a Jesús, para celebrar con Él una gozosa resurrección.

+ Rodrigo Aguilar Martínez
Obispo de Tehuacán


 

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