Aparecida, Brasil, 30 de mayo de 2007

 

Unidad sin uniformidad

América latina y el Caribe constituyen un mosaico multicolor, con diversidad de sabores, aromas, rostros y acentos.

Muchos hablamos español pero también se habla portugués, francés, inglés y muchas lenguas indígenas.

La religión de la mayoría es católica pero con su correspondiente inculturación.

La posibilidad de desarrollo en cada país y en cada región es diferente. En algunos casos se percibe un dinamismo enorme, en otros, se nota cansancio, frustración, desanimo. Existe una enorme migración interna y externa; se calcula que los migrantes que viven en Estados Unidos envían cada año 60 mil millones de dólares a sus comunidades. En casi todos los países se vive el drama de la desigualdad y la pobreza, además del flagelo del narcotráfico, con todos los problemas que genera. En casi todos los países también los niveles de corrupción y de enriquecimiento ilícito de los gobernantes son parte del paisaje cotidiano.

Los representantes de los distintos países dicen que faltan agentes de pastoral, laicos mejor formados, coherencia entre lo que se dice creer y la vida diaria. Con tantas diferencias, ¿qué nos une? Nos une la fe en Cristo, nos une una historia que a pesar de sus acentos tiene mucho en común, nos une de manera especial el amor a la Santísima Virgen bajo sus distintas advocaciones, nos une el amor al Santo Padre, nos une la alegría de vivir, el sentido de hospitalidad y el amor a la familia. Por eso nos reconocemos como una unidad que no es uniformidad, sino una gran familia: la familia de los hijos de Dios que peregrina en este continente.

La V Conferencia General ha sido una oportunidad providencial para orar juntos, para dialogar sobre nuestros problemas y sobre todo, para mirar con mucha esperanza las posibilidades que tenemos de un futuro mejor. En este sentido, el Documento Final, que espera la aprobación del Santo Padre, es un documento esperanzador que anima y alienta para seguir adelante, para confiar más en Cristo, para trabajar más y mejor por la integración de nuestro continente.

Después de Aparecida sigue una gran tarea de evangelización con la Sagrada Escritura, para ser discípulos y misioneros de Jesucristo a todos los bautizados: todos misioneros para hacer misioneros a todos. Se trata de un proyecto que pone la confianza en el Espíritu Santo y no en las fuerzas de la Iglesia, por eso pretende convocar a todos los miembros de la Iglesia para que hagamos un examen de conciencia, pidamos perdón por nuestras omisiones y salgamos de nuevo a anunciar la Buena Nueva.

Ese anuncio de la Buena Nueva es para que cada persona en Cristo experimente el amor de Dios y tenga un encuentro personal con el Dios hecho hombre.

Se trata pues, de desinstalarnos, de sacudirnos el polvo y salir a las calles, a las escuelas, a las plazas, a los medios de comunicación, a los domicilios de cada persona para dar a conocer a Cristo. Se trata también de cambiar en donde haga falta las estructuras que impiden el encuentro con Cristo o la vida en plenitud, y desplegar una gran creatividad para evangelizar, precisamente para eso existe la Iglesia y es una tarea de todos los bautizados.

Una comunidad de evangelizados, que conoce, ama y sigue a Cristo, celebra en la Eucaristía y en los Sacramentos la Buena Nueva, y la hace vida con obras concretas de justicia y caridad en la vida cotidiana.

Como nos dijo el Santo Padre en el discurso inaugural: necesitamos hacer de América latina no solo el continente de la esperanza, sino el continente del amor. Y eso solamente será posible si los bautizados nos constituimos en testigos y profetas del amor, y si nos esforzamos para formar nuestra conciencia con la doctrina social cristiana a fin de que a nadie le falte el pan de cada día, el trabajo para ganárselo y la mano fraterna del que se hace prójimo. Ese es el reto.

 

Manuel Gómez Granados
Delegado laico mexicano en la V CG
Director General de IMDOSOC


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