CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 17 mayo 2006

 

BENEDICTO XVI

AUDIENCIA GENERAL

 

Queridos hermanos y hermanas:

Continuando la reflexión sobre el ministerio apostólico, profundizamos ahora en la personalidad de los Apóstoles. Pedro era natural de Betsaida, hermano de Andrés, pescador, casado. Hebreo confiado en la presencia viva de Dios en la historia de su pueblo. Decidido e impulsivo, aunque a veces también ingenuo y temeroso. Honesto y capaz de un arrepentimiento sincero.

Jesús le llama mientras trabajaba. Le dice: “Echa las redes”. Simón se fía y reacciona ante la pesca milagrosa con estupor: “aléjate de mí que soy un pecador”. Jesús responde invitándole a un proyecto: “desde ahora serás pescador de hombres”. Pedro acepta y se convierte en su discípulo. Sus palabras: “Tú eres Cristo”, son el germen de la futura confesión de fe de la Iglesia, aunque todavía no había entendido la misión de Jesús. Por ello, se escandaliza y protesta ante el anuncio de su pasión. Quería un Mesías “hombre divino” y Jesús se presenta como el “Dios humano” que desbarata todas las expectativas tomando un camino de humildad y sufrimiento.

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Saludo a los peregrinos de España y América Latina, especialmente a los sacerdotes, a los Siervos del Hogar, a las Siervas de Jesús, a los fieles de San Claudio y Siscar-Santomera, a la Delegación de Educación de Alicante y a la Asociación de Técnicos en Protocolo de Galicia. También a los de México, Guatemala y Chile. Aprended, como Pedro, lo que significa verdaderamente seguir a Jesús. “Negarse a sí mismo, tomar la cruz y perder la propia vida por su causa y la del Evangelio”.


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