CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 11 octubre 2006

 

BENEDICTO XVI

AUDIENCIA GENERAL

 

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy dedicamos la catequesis a Simón el Cananeo y Judas Tadeo. A Simón se le llama también “zelota”, por su ardiente celo por la Ley divina y su pueblo. El sobrenombre de Judas, Tadeo, significa “magnánimo”. Sus caracteres tan diferentes son un signo evidente de que Jesús, a quien le interesan más las personas que las categorías, llama a sus discípulos de estratos muy diversos. Pero todos vivían íntimamente unidos al Maestro.

La pregunta de Judas Tadeo en la Última Cena, da lugar a una afirmación importante: la plena manifestación de Jesús no es exterior, sino interior y está condicionada al amor del discípulo.

A este apóstol se le ha atribuido una de las Cartas del Nuevo Testamento. En ella, usando palabras fuertes y polémicas a las que hoy no estamos acostumbrados, alerta a los cristianos frente los que tratan de excusar sus propios desenfrenos y extraviar con enseñanzas inaceptables, introduciendo divisiones dentro de la Iglesia. El Concilio Vaticano II subraya especialmente la vía de la tolerancia y el diálogo. Pero ello no debe hacernos olvidar el deber de manifestar nuestra propia identidad cristiana, que no es sólo cultural, sino que requiere la fuerza, la claridad y el coraje de la provocación propias de la fe.

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Saludo a los peregrinos de España y Latinoamérica, especialmente a las Hijas de Cristo Rey y de María Auxiliadora. Que los apóstoles Simón Cananeo y Judas Tadeo nos ayuden a vivir en profunda comunión con Jesús y entre nosotros, y a redescubrir la belleza de la fe cristiana, sabiendo dar testimonio fuerte y sereno de ella.


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