CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 25 octubre 2006

 

BENEDICTO XVI

AUDIENCIA GENERAL

 

Queridos hermanos y hermanas:

Con Pablo de Tarso iniciamos unas catequesis sobre otros personajes importantes de la Iglesia primitiva, que también dieron su vida por el Señor. Pablo estudió la ley mosaica en Jerusalén con el gran Rabino Gamaliel. Persiguió a los discípulos de Jesús, pues como judío celoso no aceptaba que tuvieran como núcleo de la nueva fe la persona de Cristo en lugar de la Ley de Dios. En el camino hacia Damasco, y tocado por la gracia divina, Saulo se convirtió poniendo a partir de entonces todas sus energías al servicio exclusivo de Jesucristo y del Evangelio. De Pablo aprendemos que la persona de Jesús ha de ser el centro de la vida del cristiano. Al mismo tiempo, el Apóstol anuncia que en Cristo muerto y resucitado Dios ofrece la salvación a todos los hombres sin distinción. Partiendo de Antioquia, realizó varios viajes apostólicos, y en la carta a los Romanos expresa su deseo de llegar hasta España. En su apostolado afrontó con valentía muchas situaciones difíciles, hasta derramar su sangre aquí en Roma como supremo testimonio de amor a Cristo.

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Me es grato saludar a los visitantes de lengua española, en particular a los sacerdotes latinoamericanos del curso de Espiritualidad y Animación Misionera, al grupo de Alianza de amor con el Sagrado Corazón de Jesús, a la peregrinación de la parroquia Santa Teresa del Niño Jesús, de Barcelona, y a la Adoración Nocturna de Villacarrillo, Jaén. Saludo también a los demás grupos parroquiales y asociaciones, así como a los peregrinos de México y del Perú. Os invito a seguir las enseñanzas de San Pablo: que el amor de Cristo nos impulse siempre a vivir no ya para nosotros mismos sino para Él que por nosotros murió y resucitó.

¡Que el Señor os bendiga a todos!



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