CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 3 de enero 2007

 

BENEDICTO XVI

AUDIENCIA GENERAL

 

Queridos hermanos y hermanas:

Llenos de alegría todavía por el nacimiento del Redentor, seguimos meditando delante del pesebre en el que yace el Hijo de Dios, con el estupor y el humilde abandono de la Virgen María. En el niño de Belén, se manifiesta a todos la infinita bondad de Dios, y cada uno de nosotros se siente amado por Él. Éste es el mensaje de la Navidad al mundo: “Dios nos ama”. En Jesús, el Padre celestial ha inaugurado una nueva relación con nosotros; nos ha hecho “hijos en el mismo Hijo”. La alegría de la Navidad, sin embargo, no nos hace olvidar el misterio del mal que intenta oscurecer el esplendor de la luz divina. Se trata del drama del rechazo de Cristo, que se expresa de modos muy diversos. Sin embargo, sólo el Niño que yace en el pesebre posee el verdadero secreto de la vida. Por eso nos pide que lo acojamos en nuestros corazones, en nuestras casas y ciudades, como han hecho a lo largo de la historia tantos hombres y mujeres que, siguiendo el ejemplo de los pastores y de los Magos, pero sobre todo de María y José, han creído en el misterio de la Navidad, transformando su vida en fuente de luz y de esperanza.

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Saludo cordialmente a los visitantes de lengua española, venidos de Latinoamérica y de España. En especial, saludo al grupo de jóvenes de la diócesis de Gerona y a los peregrinos de Monterrey. Al comienzo de este nuevo año os animo a abrir vuestra mente y corazón a Cristo, manifestándole sinceramente la voluntad de vivir siempre como sus verdaderos amigos. ¡Feliz Año Nuevo!


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