CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 10 de enero 2007

 

BENEDICTO XVI

AUDIENCIA GENERAL

 

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy queremos poner de relieve la figura de Esteban, testigo preclaro del Evangelio y primer mártir cristiano. El Nuevo Testamento lo muestra como el más representativo de los llamados “siete diáconos”, a los cuales impusieron las manos los Apóstoles, indicando así que les conferían un encargo, e imploraban sobre ellos la gracia divina para ejercerlo. Les encomendaron una tarea específica: atender con equidad a los todos los necesitados de la comunidad cristiana, fueran de origen judío o griego.

Estos diáconos no sólo se ocupaban del servicio caritativo: Esteban, sobre todo, proclamó también el Evangelio, interpretando de modo nuevo toda la historia del pueblo de Israel desde la perspectiva central de Cristo. Eso provocó la persecución y la condena a muerte, muriendo lapidado. Corroboró así su testimonio de fe derramando por ella su sangre. Hoy sigue enseñándonos a no disociar el compromiso social del anuncio valiente de la fe, y a no decaer ante las dificultades, aunque nos cueste la vida.

* * *

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española venidos de Latinoamérica y de España. Que el ejemplo de san Esteban nos enseñe el valor insustituible del testimonio personal, al que nos conduce el Evangelio y del cual se alimenta la Iglesia.

Muchas gracias por vuestra presencia.


Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Efesios (5, 25-27)

(Maridos, amad a vuestras mujeres como)

Cristo amó a su Iglesia:
é l se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla,
purificándola con el baño del agua y de la palabra,
y para colocarla ante sí gloriosa,
la Iglesia sin mancha ni arruga ni nada semejante,
sino santa e inmaculada.

Palabra de Dios

Te alabamos, Señor.

 


© 2007 CEM :: CONFERENCIA DEL EPISCOPADO MEXICANO