CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 22 de agosto 2007

 

BENEDICTO XVI

AUDIENCIA GENERAL

 

Queridos hermanos y hermanas:

San Gregorio Nacianceno, reflexionando sobre la misión que el Señor le había encomendado, dice: “He sido creado para ascender hasta Dios con mis acciones”. Él era un hombre manso, y en su vida trabajó siempre por la paz en la Iglesia de su tiempo, dañada por discordias y herejías. Con audacia evangélica proclamó la verdad de la fe, a la vez que sentía profundamente el anhelo de acercarse y unirse a Dios.

Gregorio hizo resplandecer la luz de la Trinidad defendiendo la fe proclamada en el Concilio de Nicea: un solo Dios en tres Personas iguales y distintas, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Asimismo, puso muy de relieve la plena humanidad de Cristo. Gregorio nos recuerda que, como personas humanas, debemos ser solidarios los unos con los otros, imitando la bondad y el amor de Dios. Nos enseña ante todo la importancia y la necesidad de la oración, en la cual debemos dirigir nuestro corazón a Dios para entregarnos a Él como una ofrenda que se ha de purificar y transformar. En la oración nosotros vemos todo a la luz de Cristo, nos quitamos nuestras máscaras y nos sumergimos en la verdad y en la escucha de Dios, alimentando el fuego del amor.

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Saludo ahora a los visitantes de lengua española, en especial a los diversos grupos parroquiales y cofradías, a los miembros de la Juventud Mariana Vicentina, así como a los peregrinos de varios Países latinoamericanos. Una vez más deseo recordar con gran afecto y cercanía espiritual al querido pueblo peruano, tan probado en estos días, pidiendo gestos de solidaridad cristiana, como enseña san Gregorio Nacianceno.

 

¡Que Dios os bendiga!

 

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