CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 19 de septiembre 2007

 

BENEDICTO XVI

AUDIENCIA GENERAL

 

Queridos hermanos y hermanas:

Este año se cumple el decimosexto centenario de la muerte de san Juan Crisóstomo, llamado «Boca de oro» por su elocuencia, que le convirtió en el más grande orador del cristianismo griego antiguo. Nacido en Antioquía, al sur de la actual Turquía, vivió retirado como eremita en una gruta durante cuatro años, hasta que la enfermedad le hizo volver a su ciudad donde comenzó a dedicarse a su auténtica vocación: ser maestro de almas, predicador y Pastor de la Iglesia.

Es uno de los Padres de la Iglesia más prolíficos. Fue un teólogo pastoral más que especulativo, preocupado sobre todo por la coherencia entre lo que se profesa con las palabras y lo que se vive, sintiendo la necesidad de poner práctica las exigencias morales y espirituales de la fe. Por eso son famosas su catequesis, orientadas a forjar en todas las etapas de la vida una personalidad integral, física, intelectual y religiosa. Su predicación tenía lugar habitualmente en las celebraciones litúrgicas, donde la comunidad se edifica con la Palabra y la Eucaristía, y donde la asamblea es expresión de la única Iglesia y la Eucaristía es signo eficaz de unidad.

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Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular al grupo de la diócesis de Tudela, Navarra, al del Colegio Francisco de Asís, de Santiago de Chile, a los provenientes de la Arquidiócesis de Salta y a los miembros de la Obra Hogares Nuevos. Invito a todos a acoger con gozo la lección de san Juan Cristóstomo sobre la presencia y testimonio auténticamente cristiano de los fieles en la familia y en la sociedad.

 

Muchas gracias.

 

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