CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 2 de enero de 2008

 

BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL

Queridos hermanos y hermanas:

¡La paz esté con vosotros! Ayer hemos celebrado la solemnidad de María, Madre de Dios, Theotokos, como fue declarada en el Concilio de Éfeso para subrayar que Cristo es Dios y hombre verdadero. Desde entonces se difundió mucho la devoción mariana, construyéndose numerosas iglesias dedicadas a la Madre de Dios; entre ellas la Basílica de Santa María la Mayor, aquí en Roma. Esta doctrina sobre María fue confirmada en el Concilio de Calcedonia, que el Concilio Vaticano Segundo ha ratificado recientemente. Este título, tan ligado a las fiestas navideñas, es la advocación fundamental con la cual los creyentes honran a la Virgen, y hace ver el nacimiento de Jesús y la maternidad divina de María como dos aspectos del mismo misterio de la Encarnación del Verbo.

Del título “Madre de Dios” se derivan los demás títulos que se le atribuyen, como la Inmaculada Concepción, la Asunción, Madre de la Iglesia y Madre nuestra. En estos días se nos invita a meditar la importancia de la presencia de María en la vida de la Iglesia y en nuestra existencia.

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Saludo a los peregrinos venidos España y Latinoamérica. Confiémonos a la Virgen María, para que nos conduzca a su Hijo Jesucristo y nos haga valientes constructores de su Reino en este mundo.

¡Feliz Año Nuevo!

 

 

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