CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 26 de marzo de 2008

 

BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL

Queridos hermanos y hermanas:

Cada año, la liturgia del tiempo pascual canta la certeza y la alegría de la resurrección de Cristo, que constituye la verdad central de la fe cristiana. En efecto, en la Iglesia todo se comprende a partir de este gran misterio, que ha cambiado el curso de la historia y que se hace actual en cada celebración eucarística. En la muerte del Señor vemos el inmenso amor con que nos ha amado, pero sólo la resurrección es prueba segura de la verdad de todo lo que Él ha enseñado. Es importante afirmar de nuevo esta realidad fundamental de nuestra fe, porque la adhesión a Cristo muerto y resucitado cambia la vida de las personas y da valor y fortaleza al testimonio de los creyentes. Especialmente en esta Octava de Pascua, la liturgia nos invita a encontrar personalmente al Resucitado y a reconocer su acción vivificadora. También nosotros, como los dos discípulos que iban camino de Emaus, podemos encontrar a Cristo en la celebración de la Eucaristía, en la cual Él se nos da en la mesa de la Palabra anunciada y del Pan y el Vino consagrados. Cada domingo la comunidad revive así la Pascua del Señor y recibe del Salvador su testamento de amor y de servicio fraterno.

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Saludo cordialmente a los visitantes de lengua española. En particular, a los alumnos del Seminario Mayor Ibero-americano de los Padres de Schoenstatt. Saludo también a los distintos grupos de estudiantes y peregrinos venidos de Argentina, El Salvador, España, México, Puerto Rico, y de otros países latinoamericanos. Que la alegría de la Resurrección de Cristo haga más profunda y fiel vuestra vida cristiana, al mismo tiempo que os animo a ser, con la ayuda de María, mensajeros de la luz y la alegría de la Pascua para todos vuestros hermanos. Felices Pascuas.

 

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