México, D.F. 24 de abril de 2005

Homilía en la Basílica de Guadalupe
Benedictus qui venit in Nomine Domini!

Benedicto, Bendito, es aquél que ha sido bendecido, al que Dios ha llenado de dones, quien es objeto de la Gracia Divina y por lo mismo se convierte en punto de unión y de irradiación. Proclamar a alguien bendito, llamarlo Benedicto, es reconocer al elegido del Señor, pero es sobre todo alabar a Dios, fuente de toda bendición, agradeciendo su inmensa generosidad.

Cuando rezamos el Ave María en latín, decimos "Benedicta tu in mulieribus et benedictus fructus ventris tui Jesus". En la persona de Jesús y por la acción del Espíritu Santo hemos recibido toda Gracia y somos enriquecidos con abundantes dones. Por eso, hoy en toda la Iglesia alabamos a Dios "Benedictus Deus et Pater Domini Nostri Jesuchristi qui benedixit nos", Bendito sea Dios, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo que nos ha bendecido, al darnos a este Papa, lo reconocemos como un regalo del Señor.
Hoy escuchamos en el Santo Evangelio la palabras de Jesús: "El que recibe al que Yo envío, me recibe a Mí y el que me recibe a Mí, recibe al que me ha enviado". En Su Vicario recibimos pues con espíritu de fe al mismo Cristo Jesús y al Padre del Cielo que nos lo envió.

Nos ha sorprendido la rapidez de la elección. Damos gracias por lo que significa este consenso, esta manifestación clara, contundente, de la voluntad de Dios para su Iglesia. Los electores, hombres de fe, hicieron oración y han sido acompañados por la plegaria de toda la Iglesia. El Cónclave no ha sido pues, asunto de unos cuantos. El pueblo de Dios en forma unánime -como los primeros discípulos que perseveraban en oración en unión con María-, estuvo suplicando al Pastor Supremo, a Cristo Resucitado, nos concediera un Papa según su corazón.

De parte de quienes conocen de cerca a José Ratzinger, hemos estado escuchando y leyendo testimonios acerca de su sencillez y austeridad, de su humildad, de su rectitud, de su bondad, de su gran sabiduría. Se van desvaneciendo muy pronto los prejuicios, los clichés con los que se había venido etiquetando al prefecto de la Congregación para la Doctrina de la fe. Podemos afirmar que como los primeros Doce buscaban a “hombres de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría” para encomendarles el ministerio de la comunidad, el criterio en el Cónclave ha sido semejante.

Una cosa es la firmeza y la claridad en la doctrina y otra cosa es la dureza irracional o las posturas viscerales. En el precioso discurso que dirigió a los señores Cardenales, al día siguiente de su elección, nos muestra su delicadeza y sensibilidad de alma, su actitud positiva y optimista, su disposición al diálogo abierto y sincero, su cariño y respeto hacia todos.

Ya en su lema episcopal desde que fue nombrado Arzobispo de Munich en 1977, el Santo Padre Benedicto nos muestra cómo entiende su tarea propia de Obispo que ahora tendrá que cumplir como sucesor de Pedro en la Sede Primada de Roma. Tomado de la Tercera Carta de San Juan, se aplica a sí mismo el título de "Cooperador de la Verdad". Al explicar el sentido de este lema nos dice: "Co-operador es aquél que no interviene en nombre propio, sino que está enteramente determinado por el "con", sólo cuando obra con Cristo y con toda la Iglesia creyente de cualquier tiempo y lugar, hace lo que tiene que hacer. Su misión no es construirse una comunidad, sino levantar la Iglesia de Cristo. Esto quiere decir que tiene que conducir a todos hacia Aquél que es el camino, precisamente porque es la Verdad. El amor al que nos quiere llevar la fe, es realmente esperanza y salvación para los hombres, ya que viene de la verdad y lleva a la verdad. La nueva comunidad sin verdad, sería solo un analgésico no la curación. En la palabra insondable "cooperadores de la verdad", lo decisivo es la conexión de verdad y amor” (hasta aquí las palabras del Cardenal Ratzinger).

Hemos escuchado en la lectura de la carta de San Pedro al primer Papa de la historia: "Acérquense al Señor Jesús, la piedra viva rechazada por los hombres, pero escogida y preciosa a los ojos de Dios, porque ustedes también son piedras vivas que van entrando a la edificación del templo espiritual". Levantemos con Pedro la Iglesia de Cristo, vivamos la comunidad abriendo nuestro espíritu a la verdad y cooperando con amor fraterno.

Hoy, el Papa Benedicto nos hace la misma exhortación: “El sucesor de Pedro y los obispos, sucesores de los apóstoles, tienen que estar estrechamente unidos... esta comunión colegial está al servicio de la Iglesia y de la unidad de la fe, de la que depende notablemente la eficacia de la acción evangelizadora en el mundo contemporáneo”. Los obispos de México queremos mantener y fortalecer nuestra comunión con el Papa y así realizar nuestra misión conforme al deseo de Jesús en su plegaria sacerdotal: “Te pido Padre que sean uno para que el mundo crea que Tú me has enviado”.

No podremos olvidar nunca en esta casa de la Morenita la presencia viva del Papa Juan Pablo II. Su amigo y colaborador cercano, quien ha sido llamado a ocupar su lugar, constantemente recuerda y agradece su labor. “Nos deja, afirma el Santo Padre Benedicto, una Iglesia más valiente, más libre, más joven. Una Iglesia que, según su enseñanza y su ejemplo, mira con serenidad al pasado y no tiene miedo al futuro”. Dios quiera que nuestras comunidades vivan y reflejen realmente estos rasgos de valentía, libertad y juventud.

Con la Virgen del Magnificat damos gracias al Señor y conscientes de nuestra vocación de pueblo santo proclamamos en esta Eucaristía “las obras maravillosas de Aquél que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable".


+Alberto Suárez Inda
Arzobispo de Morelia

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