Escrito por Mons. Rafael Sandoval Sandoval M.N.M.    Viernes, 05 de Febrero de 2010 10:27    PDF Imprimir E-mail
“Somos la Iglesia llamada a ser misionera”

 

Charla con los Congresistas del CONIAM, en Chihuahua, el viernes 5 de febrero de 2010

 

1.    PREÁMBULO: UN EJEMPLO

Estimados amigos y amigas: ustedes conocen lo que es una cadena que sostiene una medalla. Imaginen que la medalla es muy pesada y, por lo tanto, necesita que los eslabones de la cadena estén bien fuertes y muy unidos. Si no fuera así, la cadena no podría soportar a la medalla, y ésta se vendría abajo.

Por ahora, a la medalla le vamos a llamar “salvación”. ¿Salvación de qué? De todo lo que oprime al hombre, especialmente del pecado con todas sus consecuencias. El pecado es ese peso que no nos deja andar derechos; esa distancia, muralla, abismo, que impide que la mirada de Dios nos cautive. Es esa decisión voluntaria que nos hace rechazar a Dios y a su proyecto. Por eso es tan grave el pecado: porque nos pone contra Dios, contra la vida, contra los demás. El pecado mata todo, embrutece, endurece el corazón… El pecado nos pone fuera de Cristo.

El pecador necesita salvación. Pero, atentos: ningún ser humano puede salvar, sino sólo Dios. Cuando Dios mira a la tierra, ¿qué encuentra?: un desorden. Dice el Salmo 14: “Se asoma Yahvé desde los cielos hacia los hijos de Adán, para ver si hay un sensato… Todos están descarriados…”. ¿Cómo deja esto a Dios? No frío o indiferente, sino con inmensa compasión. Dios mira nuestra angustia, se estremece y decide intervenir.

Nuestro Dios no es un Dios a quien nosotros buscamos, sino el Dios que nos busca; que sale a nuestro encuentro. Lo propio de Él es correr detrás del ser humano. Es un Dios “loco”, buscándonos para ofrecernos la salvación.

2.    LA SALVACIÓN PARTE DEL PADRE: PRIMER ESLABÓN

La Salvación, la Misión parte del Amor del Padre; de Su corazón. A esta actitud de Dios le llamamos “misericordia”: es el típico amor de Dios que se inclina sobre el débil y pecador para levantarlo; es la manera propia como Dios ama. Cuando Dios ama, a eso le llamamos misericordia.

¿Ven ustedes cuánto nos ama Dios? Ya no podemos estar tristes, pues Dios ha pensado en nosotros por amor. Él, libremente, ha querido enviar a su Hijo: “Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo” (Jn 3, 16). En la base está el amor. Ese “tanto” nunca lo vamos a poder agotar.

Dios es generoso. ¿Saben ustedes lo que es la generosidad? Es darlo todo sin esperar nada a cambio. Les pongo un ejemplo: imaginen que uno de ustedes tiene mucha hambre, y necesita tres hamburguesas  para llenar su estómago. Imaginen que su amigo tiene un paquete grande lleno de hamburguesas. Si le pides tres y te da tres, ¿cómo es tu amigo? Seguramente dirán que es bueno. Pero si te da 15, dirán que es muy bueno. Imagina que tu amigo te da todo el paquete. Eso es generosidad: dar todo sin esperar recibir nada. Pues así es Dios Padre: nos da todo lo que tiene; nos da a su Hijo.

A ese “Padre, Abbá”, como lo llamamos los cristianos, los rarámuris le llaman “Onorúame”. Es el mismo Dios nuestro. Es el Dios amor. Vamos todos a darle un aplauso a ese Padre generoso que es como el Primer eslabón de la cadena que sostiene la salvación.

Ahora, las niñas rarámuris de Norogachi, le van a entregar su canto a ese Padre bueno de donde parte la Misión. Escuchemos orando.

3.    EL GRANDE MISIONERO: JESUCRISTO

Decíamos que la respuesta de Dios a la infidelidad del hombre podría haber sido el abandono y la condena; hubiera podido abandonarnos y romper la relación. Pero no fue así, al contrario: la respuesta ha sido de perdón, de paz y de amor. Esta respuesta tiene un nombre: Jesús de Nazaret. “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4, 9).

Jesucristo es el segundo eslabón de la cadena: unido al Padre y fuerte como Él. Tan unido, que él mismo dijo: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14, 9). Él vino a darnos una “Buena Noticia” capaz de transformar a cualquiera que la acoge. Él, el Misionero, vino a enderezarnos y a convertir el caos en cosmos; los feo en algo bello. Él vino anunciando el Reino de Dios.

Les propongo un ejemplo: imagínense que una olla que sirve para guardar agua limpia, está llena de mugre, de animales feos, de estiércol… ¿qué creen ustedes que necesitamos para llenar de agua limpia esa olla? Algunos pensarán que hay que quitar la mugre para que entre el agua.

Así somos nosotros cuando pecamos: como esa olla llena de estiércol. Pero, cuando viene Jesucristo – El Misionero- , él nos pide que lo dejemos entrar. Él es la Luz, el Agua limpia, la Vida, la Verdad. Sólo basta que le dejemos entrar, para que empiece a salir tanta oscuridad, tanta muerte, tanta mentira. Así, al dejarlo entrar, Cristo va reinando dentro y nos va transformando. Va haciendo que nosotros seamos como Él. Cristo es capaz de enderezar al pecador; de eliminar el mal por dentro; de invadirnos hasta convertirnos en Él mismo. Cristo mismo es el Reino.

Por eso vamos a darle un aplauso a Cristo porque vino desde el Padre para salvarnos; porque fue capaz de dejarse crucificar por nuestra salvación

Ahora, en silencio, vamos a unirnos a este rarámuri y a sus hijos que van a ofrecer su oración en danza indígena, llamada “pascol”. Durante la danza, alguien nos irá diciendo todo lo que significa y dice.

(Con la danza se evangeliza, porque se forma comunidad. Con la danza se celebra la fe y se educa en el amor de Dios. Danzar es hacer fiesta, porque, si la fiesta muere, muere todo. Con la danza se vuelve a la armonía y se vuelven a establecer las relaciones fraternas. Todo esto es verdadera oración a Dios. Ahí entra todo el ser de la persona: espíritu, vida, corazón, cuerpo… Para el rarámuri hay una frase esencial: “Danzar o morir”. No se danza para los hombres, sino sólo para Dios. De ahí lo terrible de algún turismo que invade las tradiciones, y hace que algunos dancen para los turistas. Esto es desprestigiar todo el contenido de la danza indígena.

Danzar es una expresión que parte de la experiencia de Dios que invade el corazón y que lleva a la mística. Por eso, los indígenas son contemplativos. Con la danza, unen el cielo con la tierra, y le ayudan a Dios a cuidar el mundo al que los hombres hemos agredido. Sólo danza el hijo de Dios “paguótame”).

4.    EL ESPÍRITU SANTO: TERCER ESLABÓN

Amigas y amigos: ¿Por qué creen ustedes que Cristo anunció con tanto ardor el Reino de Dios? ¿Qué era lo que lo impulsaba? Era el Espíritu Santo. “Y sucedió que por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. En cuanto salió del agua vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu en forma de paloma, bajaba a él. Y se oyó una voz que venía de los cielos: “Tú eres mi hijo amado, en ti me complazco” (MC. 1,9-11).

Cristo Misionero fue impulsado por el Espíritu en todo lo que dijo e hizo. Los cielos se rasgaron porque con el Espíritu se inicia una nueva época de gracia. Dios mismo manda su Espíritu que se posa en Jesús. El Espíritu viene sobre Jesús como una paloma: así como aquella paloma que anunció a Noé el final del castigo y el retorno a la vida (Gén 8, 10).

Ahora démosle un aplauso al Espíritu Santo. Oremos con un canto y con una danza rarámuris.

5.    LA IGLESIA MISIONERA: CUARTO ESLABÓN

Pero, ¿qué hace el Espíritu Santo en nosotros? Muchísimas cosas. Entre ellas les señalo estas tres:

-         Nos hace exclamar: “Abbá, Padre” (Gál 4, 4 )

Cuentan que había un pueblo donde no había agua. Las mujeres iban a sacarla lejos. Pero alguien intuía que debía haber agua abajo del pueblo. Exploraron, pues, y descubrieron que había agua. La alegría fue inmensa. Toda la noche sonaron los tambores porque ya estaba ahí el agua, y ya no tenían que irla a traer de lejos.

Dentro de nosotros tenemos esa fuerza increíble que hace que Jesús viva dentro y que nos hace exclamar: “Abbá, Padre”. El manantial está dentro de nosotros: en el mismo corazón. Les voy a invitar a gritar todos llenos de amor: “Abbá, Padre”.

-         El Evangelio se vuelve letra nueva

Una ley se cumple de dos maneras: por obligación o por atracción. Esta última es por amor. Muchos jóvenes no viven su ser misionero por atracción. Es triste que se entusiasmen más por la computadora o por los artistas. No han descubierto la enorme alegría que da el Espíritu Santo cuando se vive según sus mociones.

Imaginemos a una novia. Es una muchacha que todo lo hace a la fuerza. Se levanta siempre tarde; no ayuda a su mamá en el quehacer de la casa; no va a la escuela con gusto… Pero, un día, se levanta tempranito; lava los trastes; hace la tarea; limpia la casa… A las 8 de la mañana les dice a sus papás: “¿hay algo más para hacer?”. ¿Saben ustedes porqué andaba tan contenta? Porque ese día el novio vendría a pedir su mano. Así es cuando el Espíritu Santo actúa: todo se nos hace fácil; toda la vida toma color.

-         Nos ayuda a decir “sí” a nuestra vocación

Cuando yo era niño, mi padre tenía que ir a tumbar torcazas porque éramos muy pobres. Yo lo acompañaba, pero nunca atinaba. Le pregunté a mi papá ¿por qué contigo caen muchas y conmigo ninguna? Su respuesta fue: “tírales cuando se te pongan de pechito”.

Pues los invito a que se pongan cara a cara con el Espíritu Santo, y le digan: ¿Qué quieres de mí? ¿Quieres que sea sacerdote; que sea religiosa; que sea misionera…?

No me vayan a responder como aquél joven a quien yo preguntaba si había sentido la voz de Dios para ser sacerdote: su respuesta fue que no la había sentido nunca. Entonces le dije que le preguntara al Señor en la oración. Su respuesta fue: “No, porque me puede tomar la palabra”.

Amigas y amigos todos: cuando Cristo nos llama, es porque quiere que seamos felices. Su Espíritu Santo es el Animador; el que fortalece, el Amigo que entusiasma. Quien lo tiene, es libre, y contagia a otros de esa libertad.

La Iglesia, “por su naturaleza es misionera” (AG 2). Ella es impulsada por el Espíritu Santo para avanzar por el mismo camino de Cristo. Es cierto que la Iglesia no es algo sobre lo cual hablar o discutir, sino una realidad que nos pertenece y hace parte de nuestra vida. Me gustaría seguir adelante, pero nos queda poco tiempo. La Iglesia es Cristo haciendo cristos. La Iglesia es el Papa, los obispos, los laicos, las religiosas, los niños, los jóvenes… La Iglesia somos todos nosotros. Sólo si logramos sentirnos Iglesia, la amaremos como algo nuestro, la cuidaremos con esmero y nos comprometeremos con ella.

Ahora les invito a aplaudir a la Iglesia. Ella es la esposa de Cristo; nuestra Madre, prolongación visible de Cristo en la tierra; el cuerpo de Cristo vivo y resucitado, que sigue predicando, salvando, presidiendo, sirviendo, amando a toda la humanidad, en particular a los pobres y excluidos. Es la presencia sacramental de Jesucristo entre su pueblo, en la jerarquía y en todos los fieles, laicos y consagrados. Ella no nace del pueblo, sino del amor del Padre, en Cristo, por el Espíritu; pero se encarna en el pueblo.

En la Iglesia cabemos todos: justos y pecadores. Pero, antes de terminar, vamos a admirar a aquellos que son nuestros ejemplos más queridos; eslabones bien unidos a Cristo: los santos.

Aquí está, entre nosotros, la Santísima Virgen María de Guadalupe. En ella, Juan Diego percibió la presencia salvadora no de un Dios extranjero, sino del mismo que por milenios habían adorado sus antepasados. Ella es la Estrella de la Evangelización; la Misionera unida a su Hijo.

Aquí están los Apóstoles. Ellos, débiles y miedosos, al encuentro con Cristo resucitado se volvieron gigantes y audaces para llevar la Misión que Cristo les encomendó.

Aquí está el mártir, el Padre Maldonado. Aquí están los miles de santos y santas que nos acompañan. Ellos fueron eslabones unidos a Cristo y movidos por el Espíritu Santo; hombres y mujeres de Iglesia.

6.    EXHORTACIÓN FINAL

Queridos adolescentes y niños: Dios nos necesita para llevar la salvación. Él ha sujetado su eficacia en la historia a la eficacia de sus colaboradores humanos. ¡Qué enorme responsabilidad pesa sobre nosotros! Somos “sacramentos, signos e instrumentos de la unión íntima con Dios y de la unidad de todos los seres humanos” (Lumen Gentium, 1). Si nosotros fallamos, hacemos fallar a Dios.

El grande reto para nosotros, hoy, es ser misioneros.  Evangelizar constituye  la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios” (Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi, 14).

Vivimos tiempos donde el Dragón, con intención malvada, busca matar la vida de los niños desde antes de nacer. La familia está siendo atacada, y los niños son los más afectados. Tiempos donde no podemos callar el tesoro más querido que tenemos: Jesucristo.

Los niños y adolescentes son la mayoría de América Latina y del Caribe. Ustedes tienen una grande fuerza para el presente y futuro de la Iglesia (DA 443). Lleven, pues, a Cristo en su corazón y compártanlo con todos.

Cristo los necesita para iluminar el mundo; para que ustedes digan “sí” a la vida desde la concepción hasta la muerte natural. Cristo ya venció a la muerte porque vive resucitado, pero nosotros, que somos su Pueblo, seguimos sufriendo los ataques del pecado. No tengamos miedo, pues con él venceremos.

Sientan, queridos muchachos y muchachas, el llamado urgente para evangelizar: “¡Ay de mí si no evangelizare!”. La Iglesia necesita de sus energías para hacer que el Evangelio de la vida penetre en las estructuras de la sociedad.

Los Papas nos han dicho que no tengamos miedo de anunciar la Buena Nueva. No es momento de avergonzarse del Evangelio. Es momento de estar orgullosos y predicarlo desde las azoteas; salir a las calles y lugares públicos; anunciarlo en los caminos y carreteras, en las escuelas…; invitar a todos al Banquete preparado por Dios para su Pueblo. El Evangelio no es para ser oculto: tiene que ser colocado en las tribunas y propuesto para todos.

Vayan con el Poder el Espíritu y llamen a todas las puertas para que compartan esta alegría que ustedes tienen. La gente quiere la libertad y la luz. No se avergüencen de llevar la Cruz de Cristo en su pecho y en su corazón.

Chihuahua y los lugares de donde vienen les están esperando. Nos esperan tantas gentes que no conocen a Cristo; nos esperan los “alejados” que no saben que son amados; nos esperan los enfermos que no tienen la voz de un consuelo; los presos sin esperanza; los que se sienten solos; los indígenas que necesitan, no sólo ayudas materiales sino el Evangelio de la vida…; pero sobre todo nos esperan en nuestras familias.

Cristo nos dice: “Yo estoy con ustedes hasta que se acabe el mundo”. Que yo sepa, el mundo no se ha acabado. El mundo no se acabará, sino que será transformado. ¡Vamos a transformarlo con la fuerza del Espíritu! ¡Es la hora de ustedes! ¡Es la hora de todos! ¡Es la hora de los misioneros audaces!

Que la Virgen María, madre de Cristo y de la Iglesia, nos guíe desde los cielos, y nos lleve a Cristo que es Camino, Verdad y Vida.

 

+ Rafael Sandoval Sandoval M.N.M.
Obispo de Tarahumara
Comisión Episcopal para la Pastoral Profética

Responsable de la Dimensión Misionera

Actualizado ( Martes, 09 de Febrero de 2010 09:40 )
 
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