Escrito por Mons. Rogelio Cabrera López    Martes, 16 de Marzo de 2010 10:29    PDF Imprimir E-mail
La reconciliación

 

“Todo esto proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y que  nos confirió el ministerio de la reconciliación”. (2 Cor 5, 18)

Hablar de reconciliación nos invita a reflexionar sobre la armonía que debe existir en el interior de cada hombre y mujer, así como la que debe existir en los ambientes donde éstos se desenvuelven.

Tenemos que reconocer que, aun cuando no se quiera, se viven constantes tensiones; situaciones problemáticas y desacuerdos que rompen la armonía interior y social, personal y comunitaria.

Reconciliación es una palabra que significa “la acción de restituir relaciones quebrantadas” o ”restituir la unidad perdida de la humanidad”. Una unidad que se pierde por causa del egoísmo, de la ambición de poder y el afán de dominio sobre la naturaleza.

Como hemos acentuado, todas estas actitudes y pasiones, han conducido a la humanidad a una ruptura consigo misma y  a constituir divisiones que parecen irreconciliables. En ocasiones hasta se han heredado de una generación a otra, volviéndose situaciones de venganzas sin sentidos; pero desencadenando guerras, discriminación y la catástrofe ecológica.

Es por eso, que ahora, más que nunca, urge la reconciliación, ya que ésta es la vía de la paz. Es el medio eficaz  para reconstruir  una humanidad unificada y armónica, libre de rencores y venganzas.

La reconciliación afirma san Pablo, es obra de Dios: es él quien a través de Cristo la inicia y la lleva a su culminación en nosotros. La reconciliación no es sólo un logro humano, sino  sobre todo es resultado de la acción de Dios en nosotros.

Dios es quien inicia la obra de la reconciliación en las personas que fallan. Normalmente consideramos que el arrepentimiento de las personas es necesario para que pueda comenzar la reconciliación. Pero la experiencia enseña que éstos, rara vez están dispuestos a reconocer sus abusos ni, mucho menos, a dar el primer paso. Si la reconciliación dependiera por completo de la iniciativa de los agresores, no se lograría gran cosa.

Dios es quien comienza su obra en las personas, restituyéndoles la humanidad que a causa del pecado les había sido arrebatada. Es por eso que la experiencia de la reconciliación es una oportunidad de gracia: la humanidad de la persona, que había quedado deteriorada, es obra restaurada por la relación vivificadora con Dios. La reconciliación auténtica nos conduce a la comunión con Dios y con los hermanos.

Hay distintos niveles de reconciliación, ya mencionábamos al inicio, el nivel interior y el nivel social. También hay un nivel con la naturaleza y por supuesto en el nivel religioso. Pero si nos detenemos en el nivel social podemos acentuar que es necesario incentivar la reconciliación en estratos importantes; tales como la familia, el matrimonio, las sociedades, los gobiernos, etc.

La reconciliación entre el hombre y la mujer implica el mutuo reconocimiento y respeto. También la reconciliación entre las religiones, buscando más lo que une que lo separa. Sin duda, que la reconciliación traerá la paz, en varias ocasiones el Papa Juan Pablo II y ahora también el Papa Benedicto XVI, afirman abiertamente que “hace falta la valentía de globalizar la solidaridad y la paz” (Cfr. Mensaje por la paz 2004, Caridad en la Verdad 2009).

En el pensamiento cristiano, reflexionar sobre la reconciliación nos vuelve a aquel que, precisamente, nos ha reconciliado con el Padre Dios: Jesucristo, quien asumiendo nuestra condición nos reconcilia también entre nosotros. Cristo es el icono de la reconciliación. A la luz de esto,  se puede afirmar que la persona humana es en sí misma principio de reconciliación por reflejar en su propio dinamismo vocacional la vida Dios. A pesar del pecado, ella es capaz de recibir en la intimidad de su corazón la voz de Dios que le habla como “creatura amada por sí misma”. Cuando el ser humano escucha esta voz del corazón y desde lo más profundo de su libertad decide seguirla.

La reconciliación será la única vía por la que el amor vuelva florecer en aquellos corazones que se han visto agredidos y desilusionados. No hay otro camino para la paz que el pedirse perdón y pedir perdón exige mucha valentía.

 

+  Rogelio Cabrera López
Arzobispo de Tuxtla

Actualizado ( Viernes, 19 de Marzo de 2010 09:58 )
 
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