Escrito por Mons. Rogelio Cabrera López    Martes, 27 de Julio de 2010 08:45    PDF Imprimir E-mail
La intercesión

 

“Así también les digo a ustedes: Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, toquen y se les abrirá. Porque quien pide, recibe; quien busca, encuentra, y al que toca, se le abre. ¿Habrá entre ustedes algún padre que, cuando su hijo le pida pan, le dé una piedra?” (Lc 11, 9-11)

Algunas veces hemos oído que la intercesión es sólo una oración. Podemos decir que hay una oración intercesora, que es muy buena, pero también podemos hablar de intercesión como una virtud. La diferencia radica en que en la oración solemos pedir beneficios personales. En cambio interceder es tomar el lugar del otro; es ponerse en su situación para suplicar o defender su caso, motivado solamente por el amor y la misericordia. Podemos ver, entonces, que interceder no es pedir sólo a favor nuestro, sino más bien, pensar en los demás.

La misma palabra nos lo explica, si nos acercamos un poco al concepto literal de Intercesión es: “ir o pasar entre; actuar entre partidos con la visión de reconciliar a aquellos que difieren o contienden, interponerse; mediar o interceder, mediación” . Entonces, el concepto de intercesión se puede resumir como mediar, estar en medio, rogar por otros, representar a una parte ante otra. Es abogacía e intermediación.

Esta virtud encierra otras que la complementan,  tales como la justicia, la generosidad, inclusive las virtudes teologales, porque el que intercede  confía,  espera y  ama.

Saber interceder por el otro, nos pone en el plano de la justicia, de la razón y de la caridad. De justicia porque se trata de abogar por el otro, no de solaparlo  sabiendo que el más desprotegido requiere de nuestro cuidado. De razón, porque se tiene que sopesar las situaciones a la luz de la verdad. Y de caridad porque, movido por una convencida actitud de solidaridad, se busca el bien.

Cuando se tiene la actitud intercesora, se puede justificar mucho más; eso nos permite fortalecer el respeto, porque entra en juego la comprensión. Es decir, no puedo pretender que la otra persona actúe como yo quiero, sino que debo buscar el justo medio para entender cómo y por qué procede de esa manera.

Por otro lado, interceder es  ponerse en medio de  la otra persona, es descubrir la riqueza del otro, es buscar que se reconozca su dignidad, su grandeza, aun cuando pudiera haber alguna falta, proponer que sea considerada en grado positivo. Qué bueno sería que en los lugares donde se ha fracturado el diálogo, la reconciliación y, hasta el respeto, surgieran personas que intercedieran. Esta actitud, objetivamente, va contra aquello que separa o desune; como la discordia, la violencia, la intolerancia. En Chiapas y en el mundo entero muchos grupos humanos esperan nuestra abogacía solidaria. Campesinos, obreros, indígenas, mujeres, presos, etc. esperan nuestra solidaridad.

La intercesión como virtud social, se aprende, sin duda en la casa, cuando  los padres, abogan por sus hijos, o cuando entre los hermanos se defienden justamente. También cuando desde la fe, sentimos que hay quien nos escucha y se preocupa  por nosotros.

La Iglesia católica, tiene su confianza en la oración de intercesión, cuando se pide a los santos, como amigos de Dios y nuestros, además de ejemplos de vida, para conseguir algún bien de parte de Dios, especialmente, la confianza en la Santísima Virgen María. Esta confianza de espera y de petición se convierte gradualmente en una bella actitud intercesora.

 Nos alienta saber que en la sociedad hay personas y grupos que se preocupan por los demás. Cuántos centros de derechos humanos  viven realmente esta virtud de la intercesión, que se convierte así en  verdadera  abogacía.

 

+ Rogelio Cabrera López
Arzobispo de Tuxtla

Actualizado ( Jueves, 29 de Julio de 2010 18:23 )
 
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