Escrito por Mons. Francisco Javier Chavolla Ramos    Miércoles, 01 de Julio de 2009 08:36    PDF Imprimir E-mail
“La actitud democrática, como valor humano fundamental de la convivencia e interacción socio-política”

 

Reflexión Pastoral de Mons. Francisco Javier Chavolla Ramos, a los fieles de su Iglesia diocesana de Toluca y a las personas de buena voluntad

Introducción.

Ante la proximidad de los comicios que se llevarán a cabo el próximo 5 de julio, considero un deber dirigirme a Ustedes, feligreses de mí amada Iglesia de Toluca, y a todo conciudadano de buena voluntad interesado en el bienestar integral de nuestra Nación.

Asumo así mi responsabilidad de pastor, orientando a quienes son a un tiempo ciudadanos y creyentes, sobre la importancia de este acontecimiento, desde el Espíritu del Evangelio, como pretendo hacerlo en esta reflexión pastoral.

 

1. Percepción de nuestra realidad.

Nos encontramos ante una realidad plural, muy desafiante, que tiene distintos orígenes y que nos presentan las variadas actitudes y comportamientos frente a los procesos democráticos, concretamente a las elecciones, que son sólo una de las varias expresiones democráticas. Ciertamente se trata de una parte integral del proceso, que en estos momentos refleja un apasionamiento que está orillando a la ciudadanía hacia la desconfianza respecto a los partidos, a los candidatos y a las instituciones. Las deficiencias en los procesos electorales han generado diversas reacciones, libres, pero no propiamente congruentes, maduras y democráticas.

Esta situación acarrea serios cuestionamientos y ocasionan posturas contradictorias; por ejemplo: Hay un buen número de personas que fácilmente se justifican y dan razones para no votar, afirmando manipuleo de los votos, sosteniendo que todo está arreglado y que definitivamente nadie se merece la confianza. Hay quien, desde la indolencia e irresponsabilidad, tampoco se interesa en la participación electoral, absteniéndose de votar. Hoy se hace campaña a favor del así llamado “voto blanco”, como un abierto repudio a los partidos.

Hay quienes consideran que algunos candidatos sólo anhelan el poder o el afán por las ventajas y el lucro económico. A otros se les señala de ineptos, o se les considera mafiosos, comprometidos y sostenidos por el narcotráfico; corruptos o faltos de ética, que no ofrecen garantía para el cargo al que aspiran. Otros, en fin, son considerados, desde el aprecio subjetivo, como gente honesta, con cualidades para el cargo al que aspiran y con espíritu de servicio; pero el partido al que pertenecen, por su orientación, no garantiza un compromiso con los valores humanos, individuales y sociales, que necesitan nuestras comunidades.

 

2. Aspectos de un auténtico proceso electoral democrático

Hablar de elecciones, es hablar de un aspecto fundamental de la democracia. A más limpias elecciones corresponde una democracia más auténtica, que vendría a ser un verdadero valor social, para la convivencia dentro de esta forma política de gobierno. Un auténtico proceso electoral democrático, es expresión de la decisión consciente, libre, responsable, solidaria, fundamentada y madura de la ciudadanía. En un “estado de derecho”, la democracia es valorada, según se den estas condiciones, necesarias para la participación corresponsable de los ciudadanos al elegir legítimamente a sus Autoridades.

Por ser la democracia una expresión humana, y por lo mismo cristiana, ya que “nada de lo auténticamente humano es ajeno a lo cristiano”, la Iglesia aprecia esta instancia de la vida cívico-política, y considera que se desvirtúa cuando se basa en ideologías incongruentes respecto al bien integral del hombre y la comunidad, o prescinde de la dignidad y derechos humanos, proceder que está al margen del Evangelio.

Mantener la vida democrática, nos exige una actitud, una disposición definida que nos lleve a vivir los valores que subyacen como cimiento de un auténtico proceso electoral y el consiguiente desarrollo de la vida democrática.

 

3. La actitud democrática como valor o conjunto de valores humano-sociales del auténtico ciudadano democrático.

La actitud es una disposición estable o manera habitual de pensar, sentir, decidir, relacionarse y actuar en coherencia con los valores vitales. Es consecuencia de nuestras convicciones o creencias más firmes, fundamentadas y razonadas, en relación con aquello “valioso” que da sentido y contenido a nuestra vida personal y social.

La “actitud democrática” será entonces el valor o conjunto de valores que constituyen nuestra visión de la vida, sistema fundamental por el que orientamos y definimos nuestras interrelaciones y conductas en el medio cívico-político que hemos aceptado constitucionalmente.

Considerar esta “actitud democrática” entre los valores humanos, significa aceptar al hombre como el supremo valor entre las realidades temporales existentes en lo cotidiano de nuestra historia. Lo que en el fondo quiere decir, en este contexto, que el ser humano no debe estar supeditado a ninguna realidad terrena, ni al Estado, ni a ideologías, ni a instituciones o estructuras sociales que pretendan, para sus intereses, hacer de él un mero instrumento, individual o de masa.

Toda estructura, sistema, organización o partido democrático, por esencia y definición, deben de estar destinados al servicio de la ciudadanía en quien reside el poder y quien les ha dado la autoridad, como el mismo nombre de democracia lo indica: “demos: pueblo” y “cratos: poder”. Lo contrario es perversión de la identidad democrática. Por lo tanto, en el conjunto social democrático, el ciudadano no es para las instituciones o estructuras, sino las estructuras para el ciudadano, por naturaleza destinado a la felicitad y convivencia armónica. La primacía pervertida, coloca en primer lugar a las estructuras, a las organizaciones, a los partidos, a los candidatos y al gobierno. Es evidente que esto es lo que corrompe la democracia y su “estado de derecho”. Sólo con el valor de la “actitud democrática” se le devolverá la dignidad, legitimidad, eficacia y operatividad a la democracia. En la confusión, la perversión y el desorden es imposible vivir una jerarquía u orden de valores, que encamine instituciones y personas hacia una auténtica “actitud democrática”, garantía de una legítima democracia.

La “actitud democrática”, por consiguiente, asumida como conjunto de valores, está llamada, en nuestra Patria, a construir el bienestar integral de las personas y comunidades. Una persona o una comunidad que asuma en su vida esta actitud democrática, como valor fundamental en la vida social, optará por una escala o jerarquía de valores, como “norma máxima del obrar cívico-político”, en lo que mira al bien de la persona y de la sociedad.

 

4. Valores y madurez democrática

Los valores democráticos que acepta un individuo como actitud de vida, reflejan su personalidad de ciudadano en la política; son la expresión de su idiosincrasia o manera de ser moral, cultural, afectiva y social. Estos valores transparentan cómo ha sido marcado a lo largo de su existencia por su familia, la escuela y las demás instituciones sociales en que se ha desarrollado.

Vivir en los valores lleva a la madurez democrática que la persona expresa en su interés por lo cívico-político, en su aprecio por la Patria, reflejado en el respeto por las personas, las instituciones y organizaciones que colaboran con el bien y el desarrollo de la sociedad. Se demuestra en su participación en los procesos democráticos: desde su colaboración como funcionario en los comicios, el discernimiento consciente sobre los candidatos, sus programas e ideología partidista, hasta la emisión responsable de su voto. Una democracia sin valores expresa inmadurez socio-política y se manifiesta en manipulación, simulación, engaño, enjuiciamientos infundados, falsas promesas, chismes, infundios y hasta anarquía, llegando a la desconfianza y desesperanza. Son aquellos que prostituyen el voto comprando la aceptación del pueblo. Son gente que no tiene la altura política para servir a una verdadera comunidad.

 

6. La educación de los valores para la democracia.

Los Obispos de México en el documento llamado “Con justicia social y participación ciudadana hay democracia”, hemos afirmado que “la democracia sólo prospera con la educación cívica, la promoción del orden público y la justicia social. El «estado de derecho» es su condición y expresión”.

Esta educación, lleva a cultivar un espíritu cívico. En ella debemos tener en cuenta la formación de una recta conciencia sobre distintos aspectos de la democracia. Es importante asegurar una adecuada representatividad de la ciudadanía: buscar un perfil ético mínimo que todo candidato o representante debe cubrir; aprender a re-valorar la función de los partidos políticos, aceptando y respetando, como el centro de la actividad política, a la persona; como sujeto de la comunidad política, al pueblo; como meta y medida de la legitimidad política, la justicia social; como fuerza moral, la autoridad y el orden.

 

7. Valores o virtudes que requiere la Democracia:

La “actitud democrática” como valor, requiere en sí el compromiso de aquellos valores esenciales en una auténtica democracia, entre otros: la verdad, la libertad, la solidaridad, el pluralismo, la tolerancia y la justicia. Valores fundamentados en la excelencia y dignidad de la persona y de la comunidad.

 

a. Verdad. Juan Pablo II nos ha enseñado en el documento «Veritatis Splendor: El Esplendor de la Verdad» que “si no hay una verdad fundamental que guíe y dirija la actividad política, las ideas y las convicciones podrán ser manipuladas por razones de poder. Como lo demuestra la historia: una democracia sin valores se convierte en un totalitarismo, declarado o encubierto”, aunque se ampare en la legalidad.

Hitler fue elegido democráticamente, pero la legalidad de su elección no amparaba su dictadura execrable, ni daba legitimidad moral, ni ningún valor o legalidad a sus acciones.

Nuestro mundo, en buena parte, ha perdido el interés por la verdad, aunque todos pretendan proclamarla. Cualquier candidato la tiene a flor de labio, pero lo que considera importante, en sus convicciones y en su interior, no es la verdad misma, sino la simpatía por su persona, sus ideas, sus ofrecimientos.

La verdad en nuestra realidad político-social, se requiere como forma de respeto a la persona. Es indispensable que se ofrezca sinceramente y que repercuta en el estilo de vida. Decir la verdad no significa usarla como látigo, aventándole al otro la verdad en la cara. La verdad debe ir siempre unida al amor. Necesita, como elemento correctivo, el amor y la prudencia.

La persona veraz es la persona incorruptible. No se deja torcer ni por dádivas ni por la promesa de seguir trepando en la escala del éxito económico, profesional o político. El que no ama la verdad es corruptible y se echa a perder a sí mismo, destruyendo su verdadero ser, su auténtico yo.

 

b. Libertad. Hablar de libertad humana es referirse a un valor que se vive conforme a la naturaleza esencial del hombre. El hombre es libre por naturaleza, lo que quiere decir que la libertad es esencial al ser humano y lo distingue del resto de los seres vivientes. La libertad significa proceder sin obedecer a presiones, conveniencias, hostigamientos, manipuleos, halagos, engaños, o las carnadas del regalo, por ejemplo, para comprar un voto. En estas circunstancias el individuo piensa que es él quien decide, pero es otro quien está decidiendo en su lugar. Sólo quien discierne y procede con madurez, se sobrepone al manipuleo de los massmedia que bombardean pretendiendo imponer no la verdad y la justicia sino la conveniencia y el candidato que mejor paga con el manipuleo del impacto.

La libertad como valor en la actitud democrática requiere el dominio de voluntad propio de la persona para sus decisiones.

El dinamismo humano de la libertad exige decisión, compromiso y acción; es muy distinto de la indecisión, falta de compromiso y pasividad. Eso no sería libertad sino prisión, forjada por el propio egoísmo, el manipuleo ajeno, la inseguridad, la irresponsabilidad o el miedo. La libertad es así la capacidad de comprometerse y perseverar en el compromiso, Nos realizamos cuando nos comprometemos libremente como personas y vivimos coherentemente los compromisos que hemos asumido.  

San Pedro acusó las contradicciones de algunos que se decían libres porque se dejaban llevar de sus deseos malsanos. Y les dijo: “Pueden prometer libertad, pero no son más que esclavos de la corrupción, porque si alguno se deja dominar por algo, se hace esclavo de ello” (2 Pe 2, 19). La verdadera libertad es nuestra facultad natural que nos hace capaces de dirigir todo el conjunto de nuestras realidades personales: sentimientos, emociones, pasiones, tendencias, actitudes, valores, deseos, temores y decisiones bajo el dominio de nuestra inteligencia y voluntad. La libertad requiere que cada uno sea señor de sí mismo, de sus decisiones y acciones. Para el cristiano, la libertad genuina, se da además, teniendo en cuenta la voluntad de Dios. Contar con Él como una luz indispensable y buscar, conforme a sus planes, la liberación en plenitud; nos lleva a la salvación integral de la persona y la sociedad, también en la acción política.

 

c. Solidaridad. No hay formación de la actitud democrática, ni es auténtica democracia la forma de gobierno o de participación política que excluye, consciente o inconscientemente, a la solidaridad. Solidaridad es el valor que determina y orienta el estilo de vida y amor en la relación con las personas y la sociedad. Supone mirar la realidad humana con el corazón; este valor expresa una fraternidad generosa que aprecia la dignidad y la necesidad del otro, la siente como propia y se compromete para buscar, unidos, la respuesta oportuna, a costa del propio ser.

En la actitud democrática es importante cultivar este valor de solidaridad, vivirlo y lograr que sea tenido en cuenta y asumido por los candidatos y partidos, a sabiendas de que la marginación, pobreza o necesidad personal o comunitaria, de cualquier tipo es un reclamo de la dignidad de la persona. Justamente en una democracia bien constituida con sentido humanitario, el fin de la solidaridad ha de ser el bien de la persona o la sociedad, no conveniencia de manejo para conseguir el voto.

 

d. Pluralismo. Es un valor objetivo por el que se reconoce el aporte y la calidad de la diversidad, incluso la promueve, siempre que sea para progreso, desarrollo y perfección de la comunidad. Ese sería el pluralismo de partidos que debiéramos discernir.

El pluralismo toma en cuenta los diversos modos de pensar; pero siempre en base al bien de todos, a las necesidades inherentes a la naturaleza de la persona y de toda la sociedad. Ningún organismo puede constituirse de pura diversidad, no es diversidad acumulada; es necesaria la unidad vital en la diversidad. La unidad fortalece, la división debilita. Unidad no significa uniformidad, sino unificación orgánica. Así, cuando se acepta de manera unánime un valor, no se trata de borreguísmo o fruto de presiones, sino de una organicidad que implica y requiere de otros valores o virtudes. Esto garantizaría, por ejemplo, que las discusiones y propuestas en la Cámara no tengan como primacía el interés ideológico partidista, sino acordar el bien integral de la sociedad mexicana.

 

e. Tolerancia. Es fundamentalmente el respeto incondicional a la persona. No significa indiferencia, desinterés o escepticismo, ni contubernio con determinadas convicciones erróneas, lo que vendría a ser complicidad, no tolerancia. No se trata de despreocuparse o desinteresarse de los demás; tampoco es un obstáculo para mantener las propias convicciones legítimas, pero sí requiere el respeto a la conciencia y convicciones ajenas. “Podemos considerar la tolerancia como queramos,  pero la sociedad siempre tendrá que trazar una línea divisoria entre una conducta aceptable y la locura o el crimen” (B. Shaw)

 

 

f. Justicia. La justicia como valor que se requiere en la actitud democrática, se considera un estilo de vida, una forma de relación con los demás que forja al hombre justo, es decir, que justifica, da razón de su modo de actuar y de relacionarse con los demás. Quien actúa con sentido de justicia, ha elegido libremente y cuenta con razones para obrar de ese modo, conforme a criterios morales de verdad, bondad, solidaridad y amor. De esta manera puede ofrecer al otro, formas de realización y de felicidad, sin cálculos, dado que la justicia sobrepasa el “dar a cada quien lo que le corresponde”.

No se trata de un valor innato, sino de un estilo de vida que se desarrolla al vivir la relación con los demás, a quienes se considera merecedores de un trato igual al propio. “La presencia y respeto del otro y la defensa de la igualdad, son condiciones reales para la aparición de la justicia”. La justicia es el valor, la virtud cardinal que incluye todos los demás valores o virtudes, en la persona y la sociedad. Es condición para la felicidad, la realización, el fin último: En la valoración del Evangelio, el justo es el santo.

 

8. Hacia un compromiso de actitud democrática en base y a partir de la justicia.

La justicia hoy, como valor, requiere de todos, es el respeto no sólo a las personas, sino también a la naturaleza. Educar, promover y exigir ese respeto es un desafío para quienes lleguen a puestos de autoridad. La justicia nos pide ser responsables ante el deterioro ecológico, cuidar de la naturaleza evitando asfixiarla con todo tipo de contaminación, originada en empresas, autos, hogares y personas, o con la basura particularmente en plásticos desperdigados. Ni siquiera los responsables de las campañas se han interesado por usar materiales biotransformables, esto también entra en el orden de la justicia. Tenemos el reto de la justicia en el orden vial,  la seguridad personal y social. Hemos de reconocer que todos somos responsables, de una manera o de otra, por la injusticia del deterioro en la naturaleza.

Finalmente, es de justicia amar a la patria, en ella se han constituido nuestras familias; en ella hemos prodigado  nuestros esfuerzos y trabajos, unos más otros menos: en ella nos encontramos, hoy, con el desafío de forjar familias mejores, escuelas y maestros mejores para lograr una mejor educación en los valores, que nos lleven a una convivencia social más humana y por consiguiente cristiana. Cultivar el valor de una auténtica actitud democrática, es una responsabilidad, en justicia, para elegir a quienes han de gobernar o representar a nuestro pueblo en la legislatura.

 

A manera de conclusión.  

Los valores son la roca firme donde se construye con solidez la vida. Los valores permiten al hombre resistir las tormentas. Jesús nos dice: “El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los vientos y dieron contra aquella casa, pero no se cayó, porque estaba construida sobre roca” (Mt, 7, 24-28).

Quien está arraigado en la sabiduría de los valores, está arraigado en Jesucristo que fundamenta en sí todo lo humano, como son los valores. Fincando en Él nuestra actitud democrática como valor, resistiremos toda amenaza, todo riesgo contra la integridad de la persona y de la patria.

Tengamos presente que los maestros de vida, son maestros de valores, no de simples ideologías, viven congruentemente, son más testigos que demagogos, educan con sus acciones y compromiso de vida. Este es el camino que necesitamos para educar nuestra actitud democrática como valor. Con este valor mantendremos la reciedumbre de nuestra vida política y ciudadana, con sus estructuras orgánicas y sus procesos democráticos.

 

Que Dios los bendiga a todos.

 

 

Toluca, 26 de Junio del año 2009.

 

 

+ Mons. Francisco Javier Chavolla Ramos

Obispo de Toluca

Actualizado ( Miércoles, 01 de Julio de 2009 09:06 )
 
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