Escrito por Mons. Christophe Pierre    Martes, 02 de Febrero de 2010 15:29    PDF Imprimir E-mail
Homilía de Mons. Christophe Pierre, Nuncio Apostólico en México, II Congreso de salud, vida y familia

 

Queridos hermanos y hermanas,

 

El primer don para el ser humano es sin duda la vida que ha de vivirse con la mayor plenitud posible. La salud, por lo mismo, componente irrenunciable de esa plenitud vital, en cuanto estado dinámico que abraza a la persona en su individualidad y en su integralidad, pero también en su realidad comunitaria y en sus diversos aspectos: físico, mental, espiritual, social, cultural y político, constituye para el hombre, para la sociedad y para la Iglesia, un objetivo por alcanzar.

 

La salud, - anota la Organización Mundial de la Salud-, no es, en efecto, “sólo ausencia de enfermedad”, sino "un estado de perfecto bienestar físico, mental y social". Ya la misma Sagrada Escritura nos asoma a este concepto cuando al utilizar el término espíritu o alma  (Nefesh en hebreo) lo hace refiriéndose, no a una parte de la persona, sino a la totalidad del ser humano. “Salud en la Biblia implica el bienestar personal y comunitario en términos de plenitud física, mental, social, espiritual (Shalom). Por ello “salud” y “salvación” tienen su origen en el mismo término bíblico (Rolando Soto, ed. Salud Integral y comunitaria. Una respuesta Pastoral. Serie Salud y Vida, Consejo Latinoamericano de Iglesias. Quito, Ecuador, Julio 1994, Pág. 11). Plenitud personal y social, lo cual vale a decir, armonía de la persona, consigo misma, de unos con otros, con la creación y con Dios.

 

Una armonía original, sin embargo, que ha sido afectada por el pecado que ha distorsionado la relación del ser humano con Dios, ha generado un dominio irresponsable del ser humano sobre la naturaleza, y ha creado indiferencia, conflicto y muerte de la persona consigo misma y con su prójimo, propiciando soledad, vacío, desamparo y esclavitud. Tarea del hombre llamado a vivir la vida en la mayor plenitud posible es, por tanto, conquistar la armonía y alcanzar en lo posible la salud integral.

 

De alguna manera, el hombre ha ciertamente tenido siempre conciencia y se ha esforzado por lograr la salud. Sin embargo, y particularmente hoy, ese proceso parece llevarse a cabo de manera parcial y fragmentaria, descuidando dimensiones esenciales de la persona.

 

Una de las contradicciones de la sociedad actual está precisamente en que, mientras exalta la salud física y sicológica, dedicando toda clase de esfuerzos a prevenir y combatir las enfermedades, al mismo tiempo promueve un estilo de vida poco sano. En esta nuestra época, de suyo, se tiende a ignorar o a esquivar la sed radical presente en el ser humano de abrirse al Transcendente, de vivir en plenitud su propio existir y hasta su profundidad última. La salud, así, llega a convertirse en un ídolo, haciendo del bienestar corporal o sicológico el objetivo primario de la vida, a tal grado que, como dijo K. Barth “se ponen a cultivar su salud con tal pasión y entusiasmo que muestran hasta qué punto están en realidad enfermos(K. BARTH, Dogmatique, III/4, parte II. Ginebra 1965, 38).

 

Ante este panorama, la comunidad cristiana se siente llamada a tomar renovada conciencia de su responsabilidad a favor de la formación del hombre para la salud, pues, - ha escrito el Papa Benedicto XVI en su Mensaje para la próxima XVIII Jornada Mundial del Enfermo-, “En el actual momento histórico-cultural se siente todavía más la exigencia de una presencia eclesial atenta y generalizada al lado de los enfermos, así como de una presencia en la sociedad capaz de transmitir de manera eficaz los valores evangélicos para la defensa de la vida humana en todas sus fases, desde su concepción hasta su fin natural”.

 

Para la Iglesia se trata de una comprometedora responsabilidad que no sólo le es reclamada pore los desafíos del mundo presente, sino, ante todo, del mandamiento de su Señor que la ha enviado a todo el mundo como sacramento de salvación para todo el hombre y para todos los hombres; el mismo que, a ejemplo del “buen Samaritano (Cfr. Lc 10, 25-37), también hoy nos dice: "Ve y haz tú lo mismo" (Lc 10, 37). Palabras -escribe el Santo Padre-, con las cuales “se dirige también a nosotros. Nos exhorta a inclinarnos sobre las heridas del cuerpo y del espíritu de tantos hermanos y hermanas nuestros que encontramos por los caminos del mundo”. “Siguiendo su ejemplo, todo cristiano está llamado a revivir, en contextos distintos y siempre nuevos” la parábola del buen Samaritano (BENEDICTO XVI, Mensaje para la XVIII Jornada Mundial del Enfermo).

 

Efectivamente, Jesús ha sido y es el anuncio y el ofrecimiento de la salvación de Dios bajo la forma de salud integral. En efecto, es por demás indicativo observar cómo Jesús inicia su misión pública anunciando la llegada del Reino de Dios sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo (Cfr. Mt 4, 23.24), y ofreciendo como tarjeta de presentación a Juan el Bautista esta respuesta: “Los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Noticia” (Mt 11,5). En ello, los Evangelios no podrían ser más explícitos, ya que, en forma general, nos presentan 31 curaciones obradas por Jesús, y nos trasmiten, además, otros 32 signos milagrosos, 25 de los cuales son curaciones.

 

Así, su acción evangelizadora y su llamada a la conversión, Jesús la explica como una acción sanadora: “No necesitan médico los sanos sino los que están mal. Yo no he venido a llamar a la conversión a justos sino a pecadores” (Lc 5, 31-32; Mc 2, 17; Mt 9, 12-13). Por ello “recorría toda Galilea (…), proclamando la Buena Noticia del Reino y sanando toda enfermedad y dolencia en el pueblo” (Mt 4,23; 9,35, Lc 6,18, etc.).

 

Ahí, donde la vida era mayormente amenazada, lastimada y aniquilada, Jesús se hacía presente proclamando que el "Reino de Dios está cerca" (Cfr. Lc 10,8-9), ofreciendo también, a su pueblo y ya desde entonces a las sociedades de todos los tiempos y lugares, la salud integral, la salvación total del Dios que ama al hombre, que ama la vida y que ofrece la vida. Del Dios que ha“venido para que tengan vida y vida en abundancia” (Jn 10, 10; Cfr. 11,25).

 

Las curaciones que Jesús opera a nivel físico, sicológico o espiritual, se revelan así, como el símbolo más gráfico de la salvación y como la experiencia donde se condensa el sentido de toda su acción salvadora, a través de la cual hace que los enfermos, los humillados, los oprimidos, los ciegos, los esclavizados por el pecado y todo hombre que se convierte a Él, experimente la salud como Buena Noticia de la salvación de Dios. De suyo, en la memoria de la primera comunidad cristiana Jesús estará presente precisamente así, como el “Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, (que) pasó haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hch 10,38).

 

Porque Él ha “venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10), acoger a Jesús, convertirse a Dios en Él, abrazar el Evangelio y entrar en el Reino significa ponerse en camino hacia la obtención de la verdadera e integral salud; entrar por la vía que conduce a la salud de la persona consigo misma, con Dios y con la sociedad; porque, como afirmó Juan Pablo II en su Mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo de 1991, “Jesús irradia salud amando, liberando a las personas de aquello que las oprime, poniendo paz y armonía en sus vidas y fomentando una convivencia más humana y fraterna".

 

El Evangelio, en efecto, está destinado a sanar a los individuos, pero también a las estructuras enfermas de la sociedad. Como K. Barth ha relevado, “el principio mens sana in corpore sano” puede ser perfectamente egoísta y salvaje si vale sólo para el individuo y no significa también “in societate sana” (K. BARTH, o.c., 44-45). Lo que Jesús busca, es que la justicia y el amor de Dios se implanten y se vivan en el mundo. Por ello, la salud que Él vive y genera es la del “hombre nuevo”; aquella que abarca a la persona en su totalidad y que se construye en y desde las raíces más profundas del ser humano: una salud, por lo mismo, liberadora de aquello que impide el desarrollo verdaderamente sano de la vida; una salud reconciliadora, que hace vivir en armonía con Dios, consigo mismo y con los demás; que opera una conversión hacia Dios y conduce a un modo de vivir saludable y digno; una salud que hace a la persona más responsable de su existencia; una salud, en fin, que necesita ella misma ser salvada para alcanzar su plenitud en la “vida eterna” de Dios (Cfr. J. A. PAGOLA, Modelo cristológico de salud. Acercamiento a la experiencia de salud en Jesús. Labor hospitalaria, 219 (1991) 23-24).

 

Queridos hermanos y hermanas: siguiendo el ejemplo de Jesús y en obediencia a su mandado, el discípulo, apóstol y misionero de Cristo está llamado a promover en cada persona una salud integral, radical, responsable, gozosa, liberadora, reconciliadora, transformadora, solidaria, personal y comunitaria, abierta a la salvación; salud que impulse y mueva a acoger y a seguir en alabanza existencial al Señor: como Naamán que luego de recibir el “signo” confiesa:“Ahora sé que no hay más Dios que el de Israel” (2 Rey 5,15). Como el lisiado que “de un salto se puso en pie, empezó a andar y entró con ellos (Pedro y Juan) al templo caminando, saltando y alabando a Dios” (Hch 3,8); ó mejor aún, como el paralítico del Evangelio, que perdonados sus pecados y curado de su enfermedad “se levantó inmediatamente (…) y se fue a su casa glorificando a Dios. (Mientras) todos quedaron atónitos y daban gloria a Dios, y llenos de temor, decían: hoy hemos visto maravillas” (Lc 5, 25-26).

 

En este contexto y bajo esta luz, quienes conformamos la comunidad cristiana tenemos la responsabilidad de proseguir con el empeño por lograr llenarnos de un amor semejante al de Cristo Jesús, y para ofrecerlo al hombre. Hoy, en efecto, lo que en realidad más enferma la vida de no pocos, es la carencia de un amor fuerte, incondicional y gratuito. La comunidad cristiana, llamada indudablemente a creer en Dios y a observar sus mandamientos, está también llamada a ser, para cada ser humano, espacio vivo de la experiencia del amor verdadero, en el que cada uno pueda decir: “Yo soy amado, no porque soy bueno, santo y sin pecado, sino porque Dios es bueno y me ama de manera incondicional y gratuita en Jesucristo” (M. ANDRES, Puedo ser otro.., y feliz. Atenas. Madrid 1988, 175-188).

 

La Iglesia está llamada a realizar, también hoy, un servicio inapreciable a favor de la salud de los individuos y de la sociedad. Cuenta, para ello, con la persona, el mensaje y la presencia de Jesús, con la fuerza vivificante del Espíritu, con la Palabra que ilumina, la oración y los sacramentos que abren y conducen por la experiencia sanante del encuentro con Cristo y de la vida plena en Dios; cuenta con sus comunidades como ámbitos de fraternidad y solidaridad; cuenta con sus instituciones sanitarias, asistenciales y educativas, y, en fin, con innumerables fieles que seriamente se empeñan por vivir los valores saludables del Evangelio.

 

Todos: comunidades, movimientos, instituciones y fieles cristianos, hemos de plantearnos cuál ha de ser hoy nuestra tarea en este campo. Es Jesús quien, también hoy, nos invita a vivir y a ayudar a vivir “sanamente” la salud como don de Dios, siguiendo su ejemplo, esto es, irradiando salud con el amor, liberando a las personas de todo aquello que las oprime, poniendo paz y armonía en sus vidas y fomentando una convivencia más humana y fraterna.

 

Que la Eucaristía, queridos hermanos y hermanas, la “mesa compartida” con Jesús (R. AGUIRRE. La mesa compartida. Estudios del NT desde las ciencias sociales. Sal Terrae. Santander 1994), sea hoy y cada día, el evento y lugar de comunión de todos nosotros; evento y lugar de superación de la soledad, de la incomunicación y del aislamiento de Dios y de los demás; el evento y lugar de reconciliación con Dios y con los hermanos, y de experiencia de perdón que invita a definir la vida de manera nueva; evento y lugar desde el cual podemos comprender la vida en su dirección y sentido más sanos; evento y lugar de crecimiento en la esperanza porque sabemos que el resucitado camina junto a nosotros, ofreciéndonos su palabra y su pan; evento y lugar de acción de gracias, de bendición y de celebración de la vida; evento y lugar desde donde el hombre recupera la armonía integral.

 

Que esta celebración avive en nosotros el amor a la vida en todas sus etapas, el anhelo por promover y defender los valores humanos y cristianos, y el respeto y aprecio de la salud propia y ajena, impulsándonos a ser, en medio de la sociedad, sembradores de salud y hogares de armonía para todos para todos los hombres.

 

Que nos ayude a ello la intercesión amorosa de María, salud de los enfermos y Madre de todos los hombres.

 

Así sea.

Actualizado ( Jueves, 04 de Febrero de 2010 15:39 )
 
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