Escrito por Mons. Enrique Díaz Díaz    Viernes, 05 de Marzo de 2010 10:32    PDF Imprimir E-mail
III Domingo de Cuaresma: Una higuera inútil


En aquel tiempo, algunos hombres fueron a ver a Jesús y le contaron que Pilato había mandado matar a unos galileos, mientras estaban ofreciendo sus sacrificios.  Jesús les hizo este comentario: "¿Piensan ustedes que aquellos galileos, porque les sucedió esto, eran más pecadores que todos los demás galileos?  Ciertamente que no; y si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿piensan acaso que eran más culpables que todos los demás habitantes de Jerusalén?  Ciertamente que no; y si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante".

 

Entonces les dijo esta parábola: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viñedo; fue a buscar higos y no los encontró.  Dijo entonces al viñador: ‘Mira, durante tres años seguidos he venido a buscar higos en esta higuera y no los he encontrado.  Córtala. ¿Para qué ocupa la tierra inútilmente?' El viñador le contestó: 'Señor, déjala todavía este año; voy a aflojar la tierra alrededor y a echarle abono, para ver si da fruto.  Si no, el año que viene la cortaré’”. (Lc 13, 1-9).  

 

 

“¿Por qué a ellos?”

La niña se acercó al grupo de turistas que con curiosidad observaban edificios, artesanías y personas. Sus pies descalzos, su traje tradicional, una blusa delgadita que dejaba colar el frío por todas partes, pero esbozaba una sonrisa con la esperanza de que le compraran alguna de las “chucherías” , artesanías hechas a mano, que a todos ofrecía. Tuvo que se otra niña la que se sintió tocada por esta imagen. “Mamá, ¿por qué los niños tienen que trabajar para comer? ¿Por qué andan descalzas si hace tanto frío?” La respuesta de la mamá, entre preocupada e indiferente, trató de llevar paz a las interrogantes de la criatura: “Hay gentes que viven así, por el descuido de sus padres, por la flojera o sus vicios, o simplemente porque así les toca vivir. Así lo quiso Dios. Dale gracias de que tienes un papá y una mamá que te cuidan, te dan una casa y lo necesario para crecer… así les tocaba a ellos”. Al escucharla, no pude intervenir, pues sólo lo escuche de paso, pero me quedé pensando ¿Así lo quiere Dios? ¿Así les tocaría vivir a ellos? ¿Qué culpa tienen estos niños y estas niñas? ¿Por qué a ellos?

 

“Si ustedes no se arrepienten”

Al igual que en la narración que nos ofrece San Lucas, en los últimos días han ocurrido terribles desastres que nos obligan a preocuparnos, comentarlos y preguntarnos por qué. Las destrucción de Haití, las inundaciones y tragedias del Oriente de Michoacán y el Estado de México, los sismos en Chile,  los estudiantes acribillados en Ciudad Juárez y podríamos seguir una lista interminable de acontecimientos a los cuales no encontramos ninguna explicación y podemos caer en la tentación de pensar en culpabilidades o castigos, igual que lo hacen quienes se acercan a Jesús en el pasaje. Es muy común establecer una estrecha relación entre castigo y culpabilidad, pero Cristo no acepta esta imagen que propone un Dios cruel y justiciero, prefiere mostrar un Dios misericordioso, en diálogo con los hombres, que busca la conversión.  Jesús, con sus cuestionamientos, cambia profundamente el sentido que tenían de Dios las tradiciones judías donde vinculaban las desgracias con el pecado. No juzga a las víctimas, pero sí invita a hacer una seria reflexión.  Las palabras de Jesús insisten en saber distinguir los signos de los tiempos y descubrir el mensaje que nos lleve a lo que es fundamental en su evangelio: la conversión. “Si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante” es una sentencia que nos lleva al inicio de la predicación: “Arrepiéntanse y crean en el Evangelio”

 

“Arrepentirse: cambiar el corazón”

Si bien Jesús en este pasaje no absuelve a quienes han caído en la desgracia, tampoco los condena. Pero con sus palabras nos lleva a reflexionar y deja bien claro que cada uno de nosotros tenemos que discernir estos acontecimientos y mirar nuestro propio comportamiento asumiendo una actitud básica: conversión. Con frecuencia en cuaresma hacemos algunos pequeños propósitos y está bien siempre que sean señal de un cambio interior y de una verdadera conversión. De lo contrario serán simplemente hojarasca que oculta la verdadera identidad. Convertirse y hacer penitencia es cambiar la mentalidad. El que está postrado ante los ídolos que se postre de rodillas ante el único Señor. Es dejar nuestros caminos y buscar el camino de Jesús, adherirse a sus enseñanzas y buscar al Padre. Es asumir la decisión de Jesús que abandona todas las tentaciones del mundo y se entrega al verdadero amor aunque esto signifique la muerte en la cruz. Arrepentirse para nosotros será cambiar el corazón, no las actitudes exteriores, convertir este corazón de piedra, avariento y codicioso, orgulloso y egoísta, en un corazón de carne que sepa amar, perdonar y compartir. Es la propuesta de Jesús y el camino de la cuaresma.

 

Un hombre tenía una higuera

En seguida Jesús, aprovechando los acontecimientos, nos ofrece una parábola que fácilmente podemos comprender: una higuera que a pesar de los cuidados de su amo, no da frutos. Con la alusión que hace al colocarla plantada en un viñedo (Is 5), nos hace recordar que los frutos que espera el Señor están en estrecha relación con la justicia y con los gritos de dolor de los hermanos. Los judíos podían sentirse fácilmente aludidos por esta comparación que manifiesta por una parte un amor esponsal de Dios, pero que por otra parte hacer resaltar con mayor gravedad la infidelidad de un pueblo que se aleja de su Dios y que comete injusticias. Pero no es solamente para ellos, se relaciona directamente con cada uno de nosotros que hemos sido la prenda amada de Dios y que espera jugosos frutos. Es necesario que nos la apliquemos tanto individualmente como en comunidad y mirar si no nos hemos quedado sólo en hojarasca y apariencia y no damos frutos. Es triste que en nuestros ambientes llamados cristianos, se den los graves pecados sociales y personales que destruyen la armonía y ofenden la dignidad de las personas. Los obispos en Aparecida nos hacían caer en la cuenta que siendo un continente cristiano hay frutos que no pueden provenir del evangelio. Estamos equivocados cuando los frutos son torturas, desapariciones, asesinatos, levantones, miedo, desesperanza... y más todavía: hambre, desocupación, analfabetismo, falta de salud y vivienda, desesperanza. Si decimos que un árbol de conoce por los frutos, debemos reflexionar qué clase de árbol somos. Hoy, muchos llamados cristianos siguen viviendo su fe muy lejos de los frutos de amor y justicia que nos pide Jesús. Hoy  nos exige que revisemos los acontecimientos y nos invita a la conversión. Es tiempo especial para mirar seriamente nuestras vidas y examinar los frutos que hemos dado.

 

“Señor, déjala todavía este año”

Contrariamente a otras imágenes cercanas a esta parábola donde el árbol es cortado y expulsado por no cumplir las expectativas como respuesta al amor, ahora San Lucas nos hace ver que el “cuidador” de la higuera  pide un tiempo de clemencia y de espera para dar frutos y que el dueño lo concede. Isaías cuando comprueba lo torcido de los frutos de aquella viña que ha cambiado la justicia por iniquidad, la honradez por gritos de dolor, anuncia que será destruida y que se convertirá en un erial. San Mateo nos presenta otra higuera (Mt 21, 18) que al acercarse Jesús solamente ofrece hojas y recibe una maldición que hace que se seque. Pero el pasaje de este día quiere resaltar la misericordia de Dios que espera pacientemente la conversión del pecador. Así Jesús presenta a su Padre como un Dios de amor y nos invita a mirar más su misericordia que nuestros pecados. Pero no nos hagamos ilusiones no se puede vivir de apariencias y “follaje”, es necesario dar frutos y los frutos que espera Jesús de nosotros. No podemos seguir ocupando inútilmente un lugar en el viñedo, no podemos seguir siendo una higuera frondosa pero inútil. Viene el Dueño y espera encontrar en cada uno de nosotros los frutos que su amor y misericordia ha sembrado ¿Qué frutos estamos dando?

 

Señor, padre amoroso y lleno de misericordia, cuya bondad supera nuestros pecados, concédenos en esta cuaresma una verdadera conversión y un cambio de corazón, que nos lleven a dar los verdaderos frutos de justicia, amor y paz que tu Hijo Jesús vino a enseñarnos. Amén

 

 

+ Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar de San Cristóbal de las Casas

Actualizado ( Viernes, 05 de Marzo de 2010 10:35 )
 
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