Escrito por Mons. Marcelino Hernández Rodríguez    Lunes, 08 de Marzo de 2010 17:29    PDF Imprimir E-mail
Tercer Domingo de Cuaresma: Homilía en la catedral de Orizaba

 

 

Muy queridos hermanos:

 

Están entre nosotros nuestros hermanos que tienen la encomienda de promover y animar la Misión permanente en cada uno de los decanatos de nuestra diócesis. Han estado trabajando este fin de semana; y con esta Eucaristía encomiendan a Dios nuestro Padre estos importsntes pasos.

Los invito a que junto con ellos nos sintamos llamados y enviados por Jesucristo para cumplir esa misión; nos llegará el momento en que nos preguntemos: ¿Yo que puedo hacer por la Misión? ¿A quién le podré anunciar esta buena noticia de Jesús? Podemos ir pensando, y por lo pronto haciendo oración, por quienes de buena voluntad, toman con afecto su compromiso, que bien sabemos se origina en el Bautismo; por lo tanto todos no podemos sentir enviados a anunciar el Evangelio.

Este tercer domingo de la cuaresma, desde luego, también nos hace pensar en la conversión, en el arrepentimiento, en el revisar si con lo que Dios nos ha bendecido, producimos el fruto esperado, siguiendo el ejemplo de la higuera, ¡no vaya a ser que Dios busque frutos, porque nos ha dado la posibilidad de dar mucho fruto; y nosotros demos poquito fruto, o casi nada.

 

¿Cómo cuál podría ser ese fruto?

 

A cada cual Dios ha repartido diferentes capacidades, diferentes dones, como dice San Pablo, y conforme esas habilidades y posibilidades, se espera, y más de algunavez nos lo dicen, que demos fruto. Desde luego Dios no nos pedirá frutos que no podamos producir, como a la higuera no se le pedirán manzanas o plátanos; nos pedirá frutos que sí podemos ofrecer; eso sí, de la calidad y la abundancia que nosotros podemos dar.

 

San Pablo también dice, a lo mejor se acuerdan, en la Carta a los gálatas: que cuando tenemos el don del Espíritu producimos los frutos precisamente del Espíritu Santo: Amor, alegría, paz, bondad, mansedumbre, longanimidad, paciencia, fidelidad, dominio de nosotros mismos,etc. El Espíritu está empujando a dar esos resultados, esos frutos; que desde luego son para beneficio, como todas las cosas de Dios, de la comunidad, de los hermanos. Nos sigue ayudandola comparación de la higuera, yo me imagino que con muchos higos, que no sólo agradan y alimentan a una persona, sino a muchos, a todos, hasta que se acaben.

 

Es fuerte la expresión al darse cuenta que nuevamente no tiene higos. Era una higuera plantada en una viña, una higuera entre las parras, entre las uvas. Tanto la viña como la higuera son imágenes del pueblo de Israel; así es que es un reclamo porque no se convierten, primero les echa en cara que las desgracias de los galileos mandados matar por Pilato, no son los únicos culpables, sino también ellos; y los aplastados en Jerusalén por la torre de Siloé, tampoco eran los únicos culpables, está reclamándoles su dureza frente a la conversión que espera una vez que dice su palabra.

 

En el tercer domingo de cuaresma, parece llevarnos la Liturgia a la conversión rápida, es decir, cuanto antes: "córtala, ¿para que ocupa la tierra inútilmente?", San Mateo cuenta esta pasaje un poco diferente, más agresivo: Jesús busca higos, y al no encontrarlos, maldice a la higuera y esta se seca, resuelve con un milagro no deseable. San Lucas da entender la paciencia; y la intercesión de Cristo por nosotros, que somos como la higuera. Nos da una oportunidad más, será nuestra conclusión, pero no podemos desperdiciarla irresponsablemente. Diríamos: para esta es la cuaresma, y vamos por el camino.

 

Acuérdense que el domingo que viene es el "hijo pródigo" y luego el otro: "la mujer sorprendida en adulterio". Es un constante llamado a la conversión, con muchos ejemplos, pero este domingo parece que pretende que lo hagamos con mayor rapidez, con mayor urgencia.

En este camino de la cuaresma, camino de conversión, ciertamente es la misericordia de Dios lo que brilla mas: si el domingo que viene es el Hijo Pródigo y el otro la mujer adultera; ya sabemos el desenlace: Jesús nos presenta a su Padre perdonando y dando la oportunidad de comenzar el camino de regreso; como la higuera de hoy.

 

Para que luzca más la misericordia y bondad de Dios, la liturgia pone en la primera lectura, la preocupación de Dios por su pueblo que sufre la esclavitud de los egipcios y decide sacarlos y darles una tierra propia, aunque después de cuarenta años de vagar por el desierto. Pero también es esperando la conversión y respuesta positiva de un pueblo difícil de convertir.

 

Nos queda apropiarnos esta urgencia, esta prontitud en la respuesta generosa, firme, cosnciente, definitiva. Sin duda alguna la respuesta debe ser dando fruto, como decíamos, conforme a nuestra capacidad de abundancia, calidad y prontitud. Nuevamente sigamos el ejemplo en la respuesta de tantos hombres y mujeres santos que nos animan a dar los pasos al encuentro de Cristo que en la Pascua nos salva, perdona y revive. María resalta entre todos por su fidelidad y perseverancia; diríamos: por la calidad de su respuesta. Modelo de misionera.

 

Que nuestra Madre nos bendiga y San Miguel nos proteja de la tentación de la flojera y lentitud.

 

Amén.

 
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