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| Reconciliémonos con Dios |
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En este día, 14 de marzo del año del Señor 2010, celebramos ya el cuarto domingo de Cuaresma y nos acercamos cada vez más al Triduo pascual, a la Semana Santa, a la Pascua anual.
Hoy se nos presenta una parte del evangelio de san Lucas en el capítulo 15, conocido por las así llamadas parábolas de la misericordia. El relato actual se refiere a la parábola tradicionalmente conocida como «del hijo pródigo», aunque también podría titularse como la parábola de los dos hijos o del Padre misericordioso. Un padre tiene dos hijos, antagonistas y complementarios. Ambos viven alejados de su padre, uno de la casa y el otro del corazón. El pródigo sale de la casa, pero nunca del corazón del padre, se va con la herencia y la malgasta con una vida licenciosa. Sin embargo, se arrepiente y regresa obteniendo un final feliz. El hijo mayor se queda en casa pero sin entrar en el corazón de su padre. Su historia queda incompleta y no sabemos si acepta el abrazo y la invitación de su padre para recibir con alegría a su hermano menor, que «estaba muerto y ha vuelto a la vida, que estaba perdido y ha sido encontrado». Se trata de un hijo cumplidor y responsable pero a la vez rígido e insensible ante la gran misericordia de su padre y el pecado de su hermano menor. Estos dos hijos nos recuerdan a los dos personajes mencionados en la parábola del fariseo y el publicano. El padre es una hermosa imagen de Dios, Padre de Jesucristo y Padre nuestro, que hace salir el sol sobre los buenos y malos y hace caer la lluvia sobre los campos de los justos y de los injustos, que es misericordioso y nos invita a imitarlo.
En esta ocasión, también quiero detenerme en la segunda lectura de este domingo que está tomada de la segunda carta a los Corintios (5, 17-21): «El que vive según Cristo es una creatura nueva; para él todo lo viejo ha pasado. Ya todo es nuevo. Todo esto proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y que nos confirió el ministerio de la reconciliación. Porque, efectivamente, en Cristo, Dios reconcilió al mundo consigo y renunció a tomar en cuenta los pecados de los hombres, y a nosotros nos confió el mensaje de la reconciliación. Por eso, nosotros somos embajadores de Cristo, y por nuestro medio, es como si Dios mismo los exhortara a ustedes. En nombre de Cristo les pedimos que se dejen reconciliar con Dios. Al que nunca cometió pecado, Dios lo hizo ‘pecado’ por nosotros, para que, unidos a él, recibamos la salvación de Dios y nos volvamos justos y santos».
San Pablo usa cinco veces el término reconciliar-reconciliación, y siempre la iniciativa parte de Dios pues la reconciliación es con Él. La reconciliación con Dios es el fruto por excelencia de la muerte y resurrección de Cristo y, por lo tanto, es el contenido principal de la predicación apostólica. El ministerio de la reconciliación es uno de los efectos de la Pascua. Los apóstoles deben ser ministros, deben comunicar esta novedad comenzada y que ya podemos conocer. Sumergiéndonos en Cristo ya viviremos para Él y seremos justicia de Dios. Ser embajadores de Cristo es ser sus auténticos representantes en el ejercicio del ministerio de la reconciliación. Dios nos conceda siempre ser sus creaturas nuevas engendradas por Cristo en el bautismo y capaces de ser ministros de su reconciliación.
+ Hipólito Reyes Larios
Arzobispo de Xalapa
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