Escrito por Mons. Ramón Castro Castro    Jueves, 18 de Marzo de 2010 12:04    PDF Imprimir E-mail
Domingo IV del Tiempo de Cuaresma

 

Estimados Amigos y Hermanos: 

La Liturgia nos propone una de las parábolas más bellas que pone en evidencia el amor de Dios. Es rica también por los personajes, con los cuales estamos llamados a identificarnos. Dios es nuestro Padre y, por lo tanto, de alguna manera esta parábola nos está invitando a revisar nuestra condición de hijos en relación con Él. ¿Con cuál hijo nos podemos identificar? Hagámoslo con sinceridad. ¡Ánimo! 


Del Evangelio según san Lucas 15,1-3.11-32: 

«En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores para escucharlo. Por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: “Este recibe a los pecadores y come con ellos”. 

Jesús les dijo entonces esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos le dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de la herencia que me toca’. Y él les repartió los bienes. 

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano y allá derrochó su fortuna, viviendo de una manera disoluta. Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a padecer necesidad. Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera. 

Se puso entonces a reflexionar y se dijo: ‘¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores’. 

En seguida se puso en camino hacia la casa de su padre. Estaba todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos. El muchacho le dijo: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo’. 

Pero el padre les dijo a sus criados: ‘¡Pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo y mátenlo. Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’. Y empezó el banquete. 

El hijo mayor estaba en el campo y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y los cantos. Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba. Este le contestó: ‘Tu hermano ha regresado y tu padre mandó matar el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo’. El hermano mayor se enojó y no quería entrar. 

Salió entonces el padre y le rogó que entrara; pero él replicó: '!Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos! Pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas matar el becerro gordo’.  

El padre repuso: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’». Palabra del Señor. 

NTRODUCCION 

La parábola del hijo pródigo, ó quizás mejor llamada del padre misericordioso, aparte de ser una joya literaria, es como un rayo de luz que nos ciega y nos entusiasma, una pintura en claroscuro que nos revela especialmente dos cosas: la miseria y la misericordia; lo que hay en el corazón del hombre y lo que hay en el corazón de Dios; la inmensa negrura del hombre y la infinita luminosidad de Dios.  

Dos polos que se atraen, «un abismo llama a otro abismo»: la miseria y la misericordia, la mezquindad y la generosidad, el vacío y la plenitud, la tristeza y la alegría desbordante. Escribía Charles Péguy: "Todas las parábolas son hermosas, todas las parábolas son grandes. Pero con ésta, millares y millares de hombres han llorado: un hombre tenía dos hijos...". Los fariseos y los escribas criticaban a Jesús porque acogía a los pecadores y comía con ellos. Jesús, entonces, contó esta gran parábola, que en realidad quiere ser la parábola del amor del Padre. Es la más bella historia de amor. Hay que leerla, contemplarla y guardar esa foto del Padre en la cartera, cerca del corazón. Dios es Padre misericordioso y ama a todos sus hijos sin medida. 

1.- DIOS, FIGURA CENTRAL 

Rembrandt supo plasmar certeramente en su cuadro el mensaje primordial de la parábola de hoy. Mientras otros artistas destacan generalmente la figura del hijo pródigo, el famoso pintor flamenco centra su fuerza expresiva en el padre, que abrazo al hijo, lo cubre amorosamente con su manto y lo protege con el brazo. 

Una luz, tenue y vigorosa a la vez, emana del rostro paterno, mientras el hijo queda discretamente en la penumbra. A pesar de la denominación más común de la parábola, la figura central de este texto incomparable no es el hijo. Con razón se dice en la prestigiosa traducción ecuménica de la Biblia, que el mensaje no se centra tanto en la conversión del hijo, cuanto en el amor y la misericordia del padre. Por eso muchos prefieren hablar de la parábola del padre misericordioso. 

¿Qué es lo que, ante todo, quiso enseñar Jesús? Una de sus tareas fundamentales fue siempre redescubrir y mostrar el verdadero rostro de Dios, desfigurado por el peso de la ley y por el rigor de su cumplimiento farisaico. El núcleo más característico del mensaje de Jesús sobre Dios queda aquí magníficamente resumido. ¿Cómo es Dios? ¿Cómo debe situarse el hombre ante él? En ningún momento debe dar cabida a la sospecha de que es un tirano que limita su libertad y capacidad de bienestar. No debe apartarse de él, como emancipándose de quien lo tiene engañado, subyugado o alienado. Ponga su confianza en él, como en un padre, sabiendo que con él todo irá bien; sin él, en cambio la vida irá degradándose y hundiéndose en la degeneración y en la más humillante esclavitud. Y si alguna vez el hombre tiene la desgracia de alejarse de su casa, no dude en volver, porque siempre será recibido con los brazos abiertos. 

Tal vez nadie como San Agustín ha sabido expresar lo que es la vida humana sin Dios. Recordemos estos tres pensamientos suyos: 

a).- “El que va por el camino contrario al que verdaderamente es, camina hacia el no-ser”. Vivir sin Dios es emprender un camino que conduce hacia la nada.  

b).- “Desde que el ojo humano quedó herido por el pecado, comenzó a esquivar la luz de Dios y se refugió en el espeso ramaje del bosque, como sumido en la tiniebla y fugitivo de la verdad”. Pecar, es decir, pretender vivir de espaldas a Dios es ser un fugitivo de la luz y la verdad. 

c).- “Ay de los que se apartan de tu lumbre, Señor, y se acuestan resignadamente en la oscuridad y la esclavitud!” Apartarse de Dios es resignarse a vivir sin luz ni calor, es decir, equivale a morir: “Este hijo mío estaba muerto”. 

2.- EL HIJO MENOR: AQUEL QUE HUYE 

El hijo menor de la parábola emprende una huida hacia adelante, desesperada. Parece mentira que de un padre así alguien quiera separarse. Pero la verdad es que, más que huir del padre y de su casa, este joven huye de su propia casa, huye de sí mismo, huye siempre de Dios. Desde aquello del Paraíso, el hombre universal, el hombre, es un fugitivo. Busca siempre paraísos nuevos; pero la verdad es que está huyendo de su verdadero paraíso, que se encuentra en el interior. --El hombre huye de Dios, desde el principio; pero como resulta que Dios está en lo más íntimo de cada uno, al huir de Dios, huye de sí. Lo dice hermosamente el hijo pródigo que fue San Agustín: «Yo era el que estaba alejado de Ti y me veía como el hijo pródigo, privado aun de las bellotas con que alimentaba a los cerdos... ¡Pobre infeliz de mí! ¡Por qué grados fui cayendo hasta dar en el profundo abismo en que me veía! Porque yo, Dios mío, con mucha fatiga y ansia te buscaba..., siendo así que Tú estabas más dentro de mí que lo más interior que hay en mí mismo, y más elevado y superior que lo más elevado y sumo de mi alma» (Conf 3, 6). –El hombre huye también de sus hermanos y familia, huye de la comunidad, huye de los otros. Pero también eso es huir de sí mismo. Porque el hombre se realiza en la relación. Si evitamos las relaciones profundas, nos empobrecemos y nos perdemos. -¿Quiénes huyen?  

Hay muchas clases de huidas. El que busca tesoros, huye. El que persigue el placer, huye. El que evita responsabilidades, huye. El que teme al diálogo y al encuentro, huye. El que no se encuentra a sí mismo, huye. El que se aturde y se droga con lo que sea, huye. El que vive para el consumo, huye. El que no reflexiona ni reza, huye. El que pierde la fe, huye. La huida no nos lleva a ninguna parte. O nos lleva siempre a la insatisfacción, al nerviosismo, a la angustia. «Llegué a hacerme a mí mismo una región solitaria y un país desértico, donde reinan la pobreza y la necesidad" (Conf 2, 10). La huida nos lleva a cuidar cerdos y pasar hambre. Peor. Huíamos para ser independientes y venimos a caer en las manos del consumismo. Este será nuestro nuevo amo, que nos paga con un sueldo engañoso. En vez de hacernos pasar hambre, nos hace engordar, hasta convertirnos en cerdos gruñidores. Así, de hijos pasamos a esclavos; de esclavos pasamos a objetos de consumo. 

3.- EL HIJO MAYOR 

Una actitud muy significativa y sintomática del ser humano. Encontramos un contraste entre la actitud del padre y la del hijo mayor. Este último no tolera que el padre acoja a su hermano y organice una fiesta en su honor. Resulta entonces que ¡el enemigo del hombre es el hombre mismo, no Dios!. El hijo mayor aparentemente es buena persona, pero sólo aparentemente. Por dentro ya es otra cosa.  

Cree que el padre ha perdido la cabeza y "se ha pasado"; también por dentro, se rebela contra la libertad de amar de Dios; le molesta que el padre quiera a todos; no acepta un "Dios compartido y repartido"; padece la pasión inútil de ser excluyente y querer ser siempre el primero. Presenta factura ("en tantos años como te sirvo...., jamás me has dado un cabrito para comérmelo con los amigos") porque no entiende que el amor es gratuidad, y pretende cobrar prima de antigüedad y trienios de fidelidad. Va por la vida cargado de razones y de "dignidad". Y lo peor de todo, reniega de su hermano y de la fraternidad: "...ese hijo tuyo". Total, tantos años junto al padre, a la vera de la fuente, viendo correr y pasar el amor, y no ¡sabe dejarse querer! ¡Una pena!. Los buenos, ¿son tan buenos, tan decentes e intachables, tan siempre en la casa del padre, sin ni siquiera un esporádico pecado? Tan buenos, tan buenos que nunca vivieron la experiencia de sentir la necesidad de ser perdonados. Los "buenos" son tan responsablemente solemnes y en su sitio que pocas veces están para fiestas. Por eso, hoy la parábola toca en su puerta y llama a conversión. 

Hay algo peor que no estar en regla. Es creerse que se está. Hay algo peor que caminar por un mal camino. Y es la petulante seguridad –nunca agrietada por la más mínima duda- de encontrarse en el camino recto. 

No hay nada más  «monstruoso» que este «monumento irreprensible», que este insoportable «poseedor de derecho» tal como aparece el hijo mayor. Necesita seguridad. Y se siente «asegurado» en el hacer, en sus servicios exactos, sin una falta. Es un calculador, un triste burócrata de la virtud, sin brillo alguno de vida, de alegría, de espontaneidad, de «gratuidad». Su perfección es ejecutiva, sin alma, sin creatividad. No sólo existe un abismo entre él y su hermano cabeza rota. Sino, sobre todo, entre su mentalidad y la del padre. En el fondo, la conversión más difícil es la suya. Es difícil convencerse de que el puesto, en la casa, no se puede «conservar», sino solamente «reencontrar» día a día. 

A MODO DE CONCLUSION 

El hijo menor del relato ha hecho de todo: negó los valores familiares, dilapidó el dinero, rechazó la educación recibida. Era un muerto y se dio cuenta de ello. Pero pensó que era imposible rehacer lo que había deshecho. Todo lo más que podía esperar de su padre era un poco de piedad y que lo tuviera como uno de sus trabajadores. Pero el Padre superó sus expectativas. La respuesta es una fiesta. Surge un orden nuevo, porque “estaba muerto y ha revivido”. La muerte era la voluntad de vivir solo, autónomo. La vida es la relación reconstruida y más verdadera que antes, ya que pasó por la muerte. El hijo mayor se quedó en el nivel del derecho. Se hizo incapaz de comprender a su padre. No está muerto, pero tampoco sabe reencontrarse con la vida. Se siente un elemento extraño en el mundo nuevo que acaba de surgir. 

¿Y nosotros, quiénes somos? Alguno de estos personajes nos hace sentir aludidos… Ojalá sea la figura del Padre. ¡Animo! 
 

                  + Ramón Castro Castro
                  XIII Obispo de Campeche
                   

Actualizado ( Jueves, 18 de Marzo de 2010 12:17 )
 
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