Escrito por Mons. Enrique Díaz Díaz    Jueves, 18 de Marzo de 2010 12:09    PDF Imprimir E-mail
V Domingo de Cuaresma: No te condeno

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos y al amanecer se presentó de nuevo en el templo, donde la multitud se le acercaba; y él, sentado entre ellos, les enseñaba. 

Entonces los escribas y fariseos le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola frente a él, le dijeron: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio.  Moisés nos manda en la ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú que dices?"
 



Le preguntaban esto para ponerle una trampa y poder acusarlo. Pero Jes
ús se agachó y se puso a escribir en el suelo con el dedo.  Pero como insistían en su pregunta, se incorporó y les dijo: "Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra".  Se volvió a agachar y siguió escribiendo en el suelo. 

Al oír aquellas palabras, los acusadores comenzaron a escabullirse uno tras otro, empezando por los más viejos, hasta que dejaron solos a Jesús y a la mujer, que estaba de pie, junto a él.
 

Entonces Jesús se enderezó y le preguntó: "Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?" Ella le contestó: "Nadie, Señor".  Y Jesús le dijo: "Tampoco yo te condeno.  Vete y ya no vuelvas a pecar".
(Jn  8, 1-11). 

Condenación de la mujer

El pasado 8 de marzo, en la celebración del día internacional de la mujer, aparecieron en cifras e imágenes, las graves y penosas situaciones que vive la mujer en nuestra patria y en casi todo el mundo. Se hizo referencia, en concreto en San Cristóbal, a la gran explotación de migrantes centroamericanas que caen en la red de la prostitución y que sus sueños de llegar a Estados Unidos terminan en los prostíbulos de la periferia de la ciudad. Pero esto no es exclusivo de San Cristóbal, se da en muchas ciudades de nuestra república. Es más, se extorsiona, se abusa de las mujeres, de niñas y niños, y se hace todo un escándalo de la invasión en las calles céntricas de las poblaciones, pero poco se habla de quienes se sirven de ellas y ellos, y de quienes se enriquecen a costa de sus servicios. Si observamos también al interior de la familia, es muy diferente la educación, el respeto y las consecuencias de una falla del hombre o de la mujer. Tenemos que reconocer que en nuestra sociedad, por desgracia, la mujer es tomada menos en cuenta y es despreciada. Lo que en el varón es orgullo u hombría, en la mujer es pecado y condenación. Todavía se presentan numerosas actitudes de intolerancia, de desprecio y de marginación de la mujer y mucho peor si ha caído en el pecado. Nuestra sociedad machista, no está muy lejos de aquella sociedad, también machista, de los tiempos de Jesús. Se condenaba fácilmente a la mujer adúltera, como en el caso del evangelio, pero en ningún momento se nos habla del adúltero que debió acompañarla en su pecado. 

Condenación de los demás

La escena que San Lucas nos ofrece en este domingo que nos invita a prepararnos de una forma ya muy cercana a la Pascua, va mucho más allá de llamar la atención sobre el problema del género. El pasaje nos sitúa en la perspectiva de la condenación del otro, de la utilización de la persona para los propios fines. Es cómodo juzgar a los demás desde las trincheras de la seguridad. Los países poderosos condenan la violencia y el terrorismo, cuando hay miles de víctimas caídas a causa de su horrenda política. Se convierten en jueces de los países tercermundistas en su lucha contra el narcotráfico, y toleran y disimulan el consumo desorbitante que hay en sus propias fronteras. Construyen muros para impedir la entrada de ilegales pero apoyan sistemas económicos que propician la pobreza y el hambre. Las grandes cumbres condenan la pobreza y la injusticia, ¡en el terreno ajeno y no en el propio! Pero no podemos quedarnos hablando solo de las injusticias que se comenten a nivel internacional. Dentro de nosotros mismos, dentro de nuestra misma sociedad y dentro de nuestra misma Iglesia, se dan estas actitudes farisaicas que condenan a los demás y disimulan los propios pecados. Es más cómodo condenar que revisarnos hacia adentro y dar vida. 

La mujer, un pretexto

Los acusadores utilizan a la mujer y su pecado para buscar la condenación de Jesús. ¿Qué esperarían por respuesta de Jesús? Mucho se ha hablado, porque el mismo texto lo propone, de las intenciones dobles de los acusadores. A ellos no les interesa la mujer, no creen en su conversión, le niegan la posibilidad del cambio. No le dan un porvenir. Con las piedras que sostienen en sus manos quieren no sólo sepultar el pasado de la mujer, sino a la mujer misma y con ella a Jesús. La mujer queda situada de pie “en medio”, como solía hacerse en los interrogatorios judiciales, pero sin ofrecerle la oportunidad de defensa. Así queda aislada y solitaria y a quien interrogan es a Jesús. Vueltos hacia Él, acechan su reacción. El pecado que tanto cuestionan, lo pasan por alto con tal de obtener sus oscuros propósitos. Para condenar a Jesús, pasan por encima de la vida y dignidad de la mujer. Actitud muy actual: no importan las vidas de las personas, y se les acusa y se les condena, con tal de conseguir los propios intereses. 

Jesús frente al pecado

Así Jesús se mueve en dos campos: la solución de la trampa y el perdón de la mujer. Se sitúa con claridad frente a la realidad del  pecado y se manifiesta como aquel que al mismo tiempo lo desenmascara y libera de él. La presencia del pecado está allí, evidente, en el delito del que es acusada la mujer y, más claro, en el comportamiento de los fariseos que se sirven de su persona como de un pretexto y que tienden una trampa a Jesús. Frente al pecado, más duro que las piedras con que intentan lapidarlo, Jesús está también sólo cuando la mujer se queda frente a Él. Jesús no disimula, llama “pecado” a lo que es pecado. Esto tiene importancia en aquella sociedad, pero también tiene mucha importancia en nuestra sociedad que queremos disfrazar el pecado, que nos acostumbramos a vivir en él y lo queremos excusar, que lo justificamos en nosotros y lo condenamos en los demás. La comunidad cristiana debe saber localizar, al igual que Jesús, el auténtico pecado que separa de Dios y aísla a los hermanos. Debe llamarlo por su nombre, desterrarlo, pero una cosa es desterrar el pecado y otra muy diferente desterrar al pecador.  Qué cómodo es juzgar a las personas desde criterios seguros. Qué injusto y fácil puede ser apelar a la ley para condenar a tantas personas marginadas o incapaces de vivir integradas a nuestra sociedad.  

Cuaresma tiempo de misericordia

Lo más sobresaliente, en el ambiente litúrgico de estos días, es descubrir cómo Jesús, con su misericordia y perdón, liquida definitivamente el pasado y entrega a la pecadora un futuro lleno de esperanza. Rompe el círculo de los acusadores y del pecado, y solamente queda una línea invisible que vincula a la mujer con Jesús. Nada nos dice el texto de los sentimientos de la mujer, pero esto nos sirve para acentuar la gratuidad del perdón que el Señor concede y el papel salvador de Jesús. La visión imaginaria de la mujer aplastada por las piedras queda sustituida por la de la misma mujer que se va, libre, hacia un porvenir que le ha abierto Jesús. ¿Qué pasaría con los acusadores? Ya nada se nos dice, pero al menos ellos no apedrearon a la mujer como quizás lo hubiéramos hecho algunos de nosotros. No porque no tuviéramos pecado, sino porque somos incapaces de reconocerlo. Así también, igual que para la mujer, para los acusadores es una oportunidad de salvación. Ciertamente para la mujer es un paso real de la muerte a la vida, como debe ser la conversión de cada uno de nosotros. Es lo que Jesús nos ofrece en esta Cuaresma. Es hacer realidad en nuestra vida el misterio pascual: muerte y resurrección. 

En este texto tan importante es el no condenar a los demás, como el buscar la propia conversión. Frente a tantos enjuiciamientos y condenas fáciles, Jesús nos invita a no condenar fríamente a los demás desde la pura objetividad de una ley, sino a comprenderlos desde nuestra propia conducta personal. Antes de arrojar piedras contra alguien, hemos de saber juzgar nuestro propio pecado. Quizás entonces descubramos que lo que muchas personas necesitan no es la condena, sino un poco de comprensión que les ayude y una posibilidad de rehabilitación. Lo que la mujer adúltera necesitaba no eran piedras, sino un corazón misericordioso y una mano amiga que le ayudara a levantarse. 

No he venido a condenar

Cuaresma es acogerse a la misericordia de Jesús que no vino a condenar sino a salvar, que no nos entrega a la muerte si no que nos otorga nueva vida y liberación. Cuaresma es ponernos solos, sinceramente, frente a Jesús, mirar nuestra vida, sentir su mirada que todo lo penetra y descubrir su mano y su misericordia que nos rescata del nuestro pecado y nos ofrece una nueva vida. 

Señor Jesús, hoy que me siento lleno de pecado, solo y aislado, quiero sentir también tu mano amorosa que me levanta, que me anima y me conforta. Quiero oír tu voz. “yo tampoco te condeno”, quiero sentir tu aliento que me invita: “Vete y no vuelvas a pecar”. Gracias, Señor, por mostrarme tan grande misericordia. Amén

 

+ Enrique Díaz Díaz
Obispo auxiliar de San Cristóbal de las Casas

 

 
003216882