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| Vete y ya no vuelvas a pecar |
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Hemos llegado al día 21 de marzo de 2010 en el que tradicionalmente recibimos la entrada de la primavera y contemplamos el ocaso del invierno. En la liturgia de nuestra Iglesia Católica celebramos el quinto domingo de Cuaresma que nos acerca cada vez más al domingo de Ramos que nos introduce a la Semana Santa.
En este ocasión se nos cambia al evangelista Lucas, que nos ha venido acompañando como titular del Ciclo C de la liturgia dominical, y se nos presenta un texto del evangelio de san Juan (8, 1-11) que algunos códices antiguos atribuyen más a Lucas que a Juan y que dice así:
«Jesús se retiró al monte de los Olivos y al amanecer se presentó de nuevo en el templo, donde la multitud se le acercaba; y Él, sentado entre ellos, les enseñaba. Entonces los escribas y fariseos le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio y, poniéndola frente a Él, le dijeron: ‘Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos manda en la ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?’. Le preguntaban esto para ponerle una trampa y poder acusarlo. Pero Jesús se agachó y se puso a escribir en el suelo con el dedo. Como insistían en su pregunta, se incorporó y les dijo: ‘Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra’. Se volvió a agachar y siguió escribiendo en el suelo. Al oír aquellas palabras, los acusadores comenzaron a escabullirse uno tras otro, empezando por los más viejos, hasta que dejaron solos a Jesús y a la mujer, que estaba de pie, junto a Él. Entonces Jesús se enderezó y le preguntó: ‘Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?’. Ella le contestó: ‘Nadie, Señor’ y Jesús le dijo: ‘Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar’».
Este relato conserva el recuerdo de un episodio de Jesús y es una joya literaria y religiosa. La ley decreta pena de muerte para la adúltera (Lv 20, 10), pena de muerte por lapidación para la prometida o desposada infiel al hombre a quien legalmente pertenece aunque todavía no conviva con él (Dt 22, 21). También el profeta Ezequiel (16, 38-40) menciona la lapidación como pena normal para las adúlteras. En el plano simbólico, muchos textos del Antiguo Testamento presentan a Yavéh Dios como el esposo que perdona y reconcilia consigo a la esposa infiel representada por el pueblo de Israel o por las ciudades de Jerusalén o Samaria, que han caído en la idolatría y en conducta inmoral. Jesús actúa con misericordia, como su Padre Dios y, con su actitud serena y contundente, desenmascara las malas intenciones de los acusadores de la mujer y los confronta con sus propios pecados. Los escribas y fariseos, al ver descubierta su propia debilidad y pecado, optan por retirarse dejando sola a la mujer con Jesús. Entonces se entabla un bellísimo diálogo entre ellos: «¿Nadie te ha condenado?». «Nadie, Señor». «Yo tampoco te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar».
En el Nuevo Testamento, Jesús extiende al hombre lo que antes sólo valía para la mujer, es decir, la comisión del adulterio. Más aun, en el Sermón del Monte, condena el mirar con deseo a una mujer y lo califica de adulterio. Éste es uno de los vicios que impiden la entrada en el Reino de Dios, pero el mismo Dios lo perdona a quienes se arrepienten de corazón. La infidelidad en el matrimonio y la infidelidad religiosa se califican como adulterio y, por analogía, toda realidad que pierde su autenticidad se le llama «adulterada».
Dios perdone todas nuestras infidelidades, nos conceda el don de la fidelidad y nos otorgue un corazón misericordioso con quienes han fallado en su fidelidad a Dios, a su propia vocación y a su estado de vida.
+ Hipólito Reyes Larios
Arzobispo de Xalapa
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