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| XVIII Domingo Ordinario: ¿Ser como la hormiga? |
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En aquel tiempo, hallándose Jesús en medio de una multitud, un hombre le dijo: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. Pero Jesús le contestó: “Amigo, ¿quién me ha puesto como juez en la distribución de herencias?”
Y dirigiéndose a la multitud, dijo: “Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea”.
Después les propuso esta parábola: “Un hombre rico obtuvo una gran cosecha y se puso a pensar: '¿Qué haré, porque no tengo ya en dónde almacenar la cosecha? Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes para guardar ahí mi cosecha y todo lo que tengo. Entonces podré decirme: 'Ya tienes bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe y date a la buena vida'. Pero Dios le dijo: ‘¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes?’ Lo mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico de lo que vale ante Dios” (Lc 12, 13-21).
La poderosa hormiga
La curiosidad de los niños y su imaginación siempre van más allá de lo que aparentemente ven sus ojos, pero sus preguntas y sus reflexiones nos hacen cuestionarnos a nosotros mismos. Así un grupo de niños se detuvo ante un gran hormiguero. Primero fue el miedo y los cuidados para no ser picados por las hormigas, pero poco a poco fue venciendo la curiosidad y así pronto se enfrascaron en discusiones: “¿Cuánto crees que carga una hormiga?” fue una de tantas preguntas que suscitó la discusión. “Como tres veces su cuerpo… no, como veinte veces… unas son fuertes y pueden mucho, otras sólo son capataces que están mandando…”, sin mucha información científica pero con muchas opiniones y admiración al contemplar la fila de hormigas que llevaban su carga al hormiguero. “Si yo tuviera que llevar tamaño bultote sobre mis espaldas, me quebraba”, dijo un niño al contemplar la fuerza de una hormiguita llevando una enorme hoja… Y pensar que muchos hombres llevan sobre sus espaldas muchos más bultos y cargas que sólo su ambición les ha impuesto.
La avaricia
Grave debe ser el problema de la avaricia cuando Cristo expresa su preocupación y la severa advertencia de que debemos tener cuidado con este pecado. Y es que cuando el corazón se aficiona al dinero y a los bienes, no tiene saciedad. Ya decía San Bernardo que la avaricia es un continuo vivir en la miseria por el miedo a morir a causa de ella. O también, San Antonio de Padua cuando al contemplar el entierro de un hombre rico y avariento, exclamaba: “Sepultarán el cadáver de este hombre, pero no su corazón, porque su corazón estaba atado a sus bienes”. Con su parábola, y mucho más con su actitud, Jesús desenmascara el poder alienante y deshumanizador que puede tener la riqueza. Primeramente responde que Él no viene a repartir y con sus ejemplos nos enseña que viene a compartir. El riesgo de quien vive disfrutando de sus bienes es olvidar su condición de hijo de Dios Padre y de hermano de todas las personas. Su condena es ir cargando sobre sus hombros el pesado fardo que ha amasado pero que terminará oprimiéndole el corazón y pasará a otras manos. Como el burro del aguador que se muere de sed llevando sobre sus lomos los cántaros de agua. Si la riqueza no se comparte, corrompe el corazón, lo atrofia y lo hace infeliz.
Riqueza que causa pobreza
Las graves situaciones de pobreza que sufre toda la humanidad y en particular nuestra patria, está comprobado que no son por falta de recursos, sino por la mala distribución. Es estúpido y aberrante que un niño de la sierra de Chiapas muera de desnutrición y de hambre porque no se tienen unos cuantos pesos para darle la más indispensable de las medicinas, cuando a diario se desperdician millones de alimentos para “sostener el equilibrio del mercado”. La ambición y la avaricia de unos cuantos hacen carísimos o incosteables los productos que deberían estar en la mesa de todos. Pero cuando está primero el dinero y el negocio, se cierra el corazón al hermano. El dinero puede dar poder, fama, prestigio, seguridad, bienestar… y todo esto es un imponente atractivo para el corazón del hombre, pero en la medida que esclaviza a la persona, lo cierra a Dios Padre, hace que olvide su condición de hombre y de hermano, y lo lleva a romper la solidaridad con los otros. Dios no puede vivir en el corazón de un hombre dominado por el dinero. Jesús lo sabe muy bien porque ha vivido en Galilea, y su predicación la hace desde los pobres, desde los que no tienen nada. Y desde ahí se ven muy distintos los problemas y el hambre, a la forma que se miran cuando se predica y se habla con el estómago saciado y la mente oscurecida por el poder del dinero.
Desigualdades
El Continente latinoamericano produce suficientes alimentos para asegurar la alimentación adecuada de tres veces su población, y sin embargo no hemos logrado erradicar el hambre. Como se sabe, Latinoamérica y el Caribe tienen el discutible privilegio de ser la región más desigual del mundo. Los niveles de pobreza y desigualdad parecen profundizarse al mirar la producción de cada uno de los países, pues ponen en evidencia que la distribución y concentración de las riquezas van a parar a unas cuantas manos. Conjuntamente con esta exclusión socioeconómica se produce también la exclusión política y cultural. Los obispos en Aparecida, haciéndose eco de una situación angustiosa, proponían como solución la vida misma de Jesús: “Ante la idolatría de los bienes terrenales, Jesús presenta la vida en Dios como valor supremo… Ante el subjetivismo hedonista, Jesús propone entregar la vida para ganarla… Ante el individualismo, Jesús convoca a vivir y caminar juntos. La vida cristiana sólo se profundiza y se desarrolla en la comunión fraterna”. Nadie será verdaderamente feliz tragando a escondidas el pan escamoteado a los pobres. No puede ser discípulo de Jesús, quien cierra su corazón en la riqueza.
Jesús, pobre y feliz
Jesús, que no tiene dinero, ni posee bienes ni influencias, ha sido el más feliz de los humanos y desde lo profundo de su corazón nos enseña que en la riqueza no podremos encontrar la felicidad. Todo lo contrario a lo que nos proponen las grandes transnacionales que nos atiborran de mensajes descarados y mentirosos prometiendo felicidad con la posesión de nuevos productos. Adquirir el último modelo, poseer el aparato más sofisticado, vestir la marca de moda, se convierten en cadenas como señuelos de felicidad que nunca se alcanzan. No es la felicidad que vivió Jesús, ni es la felicidad que buscan vivir sus seguidores. Desde todos los tiempos es una tentación grande dejarse llevar por el placer incontrolado de tener todos los bienes y hay quienes parecen encontrar en este estilo de vida su propia personalidad. Van cargando con asombrosas cantidades de basura para encontrarse con las manos vacías. San Lucas es un crítico de la riqueza y nos descubre las grandes ataduras que hacen infeliz al corazón. Nos habla de la prioridad del Reino y nos descubre que la vida de una persona sólo tiene sentido si se hace rica ante Dios, cuando logra descubrir y vivir una escala de valores que responden a las urgencias del Reino.
Cada uno de nosotros este día debemos revisar nuestro corazón porque las riquezas y la ambición se pegan sin avisar. Descubramos nuestro corazón frente a Jesús y preguntémosle cómo lo ve Él.
Señor, concédenos un corazón sencillo, que no ambicione más allá de lo que necesitamos, que sepa agradecer lo que ya tenemos. Confesamos que sólo Tú eres nuestro verdadero tesoro y en tus manos amorosas queremos vivir confiados. Que no nos cansemos de vivir así, buscando primero y ante todo el Reino. Líbranos, Señor, de toda codicia. Padre, que tu Espíritu nos haga cada vez más parecidos a tu Hijo Jesús. Amén
+ Enrique Díaz Díaz
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| Actualizado ( Viernes, 30 de Julio de 2010 09:23 ) |


